Si la amistad te ha traido por aquí, eres bienvenido para compartir mis momentos de tranquilidad, aquellos que podré dedicar a este diario, sin guión, ni intención.
Y si es el azar lo que ha hecho que aterrices con un click en este blog, bienvenido también: si llegaste y encontraste algo que te sirva, mejor.

jueves, 28 de julio de 2022

BASURA MENTAL

 A veces echo de menos todas esas veces en que me he sentido mal y he sabido exactamente por qué. Al menos, en todas esas ocasiones, incluso en ésas en las que la solución no era algo tangible, tenía claro a qué podía achacar mi estado de ánimo. 

Este verano me estoy volviendo loca como nunca intentando definir precisamente mi estado de ánimo: ¿estoy triste, me siento sola o es que he llegado a tal punto que no necesito nada ni nadie para estar en paz? ¿Es eso, es que he encontrado la paz y serenidad que nunca he tenido? ¿Entonces, debería sentirme feliz? ¿Lo soy? 


Mientras trataba de echarme la siesta hoy, he creído atisbar por un momento el inicio a una respuesta para mí misma y me he levantado para ponerla en claro sobre papel (o lo que es lo mismo, la página en blanco de mi blog), pero a medida que escribo se me pierde la clarividencia que tuve hace un rato. En realidad, solo tengo sensaciones que bailan en mi mente y que producen ciertos efectos en mi ritmo cardiaco o en el modo en el que salivo y trato de darle a todo ello una forma, trato de materializarlo en palabras. Si siento esta necesidad es porque no estoy siendo feliz ahora, supongo, no sé, porque juro que no sé ya que se supone que es ser feliz o estar bien. 

Estar bien no puede ser no tener ganas de estar con nadie, en el sentido más amplio de la palabra, y no tener ganas de hacer nada, pero, al mismo tiempo sentir la falta de compañía y de llenar las horas con las típicas  experiencias que a todo el mundo le gusta disfrutar.  

Por un momento, como decía antes, he creído tener la respuesta a esa paradoja. Me ha venido a la cabeza la palabra "efímero" y luego la palabra "vacío". Y he hilado una frase entera para conectarlas: no me llena quedar con alguien porque la alegría que eso me da es efímera y luego me deja una sensación de vacío más real que la que siento en mi día a día. Ésa está ahí como parte de la rutina y se difumina entre el trabajo, la lectura, las horas de sueño y las horas de Netflix del día. Ésa es soportable, pero el agujero negro que sobreviene a unas horas de estar en compañía es inaguantable. 

El vacío que sobreviene al final del curso es implacable. El vacío que sobrevino al infructuoso resultado de mis oposiciones del año pasado ha sido y sigue siendo devastador. ¿Será eso? ¿Será que aquella "depresión" no fue superada y solo ha estado oculta por el devenir de los días de trabajo, con sus satisfacciones y decepciones normales y ahora que se hace parón vacacional se deja ver y sentir con toda su crudeza? ¿Realmente es eso? ¡No sé yo si es tan fácil! 

¡Necesitas un psicólogo! Tal vez, pero es que no sé ni por donde empezar porque siento que balbuceo cuando trato de contar algo, o que las explicaciones que doy no son más que mentiras, que lo que realmente es no es lo que cuento, o que no soy capaz de contar nada o que todo está demasiado enredado en mi interior que será imposible llegar a desenmarañar nada, o que todo es cuestión de que me doy demasiada importancia y que no debería, o yo qué sé. 

A veces siento que tengo envidia de mis mejores amigas por lo que tienen en sus vidas que yo no tengo y por eso me resulta insoportable la idea de estar con ellas. Y, cuando lo hago, en gran medida lo hago porque me obligo a hacerlo, porque lucho contra ese pálpito desbocado y me esfuerzo en el que creo que es el verdadero sentir que también tengo, que es el gran cariño que siento por ellas. Pero este verano me está costando más, mucho más, porque me pregunto, de manera inconsciente hasta ahora, si realmente yo las quiero, porque, cómo puedo decir que las quiero y sentir esta mierda? Creo que eso me hace sentir falsa. Y, en otros instantes, lo que pienso es que yo las he querido mucho más a ellas que ellas a mí y que, simplemente, al cambiar sus vidas con la llegada de sus parejas, me han colocado en un sitio diferente y eso ha sido una decepción porque yo no las he movido de donde estaban. En realidad no es que no me quieran, lo sé, vamos, si mi vida se hubiera desenvuelto a la par que la de ellas, ese movimiento hubiera estado sincronizado y todo hubiera encajado a la perfección, pero no ha sido así, por lo que he tenido que, primero soportar la decepción, luego, entender que la que está equivocada soy yo, que no hay un motivo real para ese sentimiento, que tal vez la que no sabe realmente querer soy yo...  Pero, en el fondo la clave está en la palabra encajar, es que es eso, que siento que ya no encajo. Y da igual, lo mire como lo mire, racionalizar no me está dando buen resultado porque el asunto sigue siendo que  NO deseo estar con ellas. Porque entonces la sensación de no encajar o que mi vida no está como debiera se hace muy muy fuerte. Tanto, como para que luego de pasar un "buen día" me quede tal desazón que me pase una semana entera  de la cama al sillón, y del sillón a la cama y planteándome toda esta porquería bajo los efectos de un subidón de helado y pizza. 

Hace más o menos eso, una semana, que alteré mi rutina de ejercicios matutinos, estudio, piscina y libro, por un día lleno de actividades con una de mis grandes amigas. ¿Disfruté del día? He tratado de analizarlo objetivamente porque necesito saber si me compensa o no. Luego me he preguntado también si debo buscar esa compensación, si es que me equivoco al verlo desde ese punto de vista... Sigo sin llegar a una conclusión. Solo puedo decir que ha habido ocasiones en mi vida que tras un evento he notado consecuencias adversas, pero que he tenido la sensación esa de decir: "que me quiten lo bailao", pero en estos momentos no me pasa con nada de lo que hago, porque nada de lo que hago está impreso de la ilusión con la que he vivido otros momentos. 

He dedicado este curso muchísimas horas a elaborar lo que yo he creído un gran material. Me ha ilusionado y he disfrutado de todas y cada una de las horas dedicadas a tal labor, pero lo cierto es que, pasado el curso, el valor de lo que he hecho es NINGUNO. No soy para mis alumnos la mejor profesora por eso, ni a nadie le importa un carajo lo que he hecho, ni siquiera a mí ahora, porque tengo serias dudas de si esa metodología supuestamente innovadora por la que he querido apostar realmente es efectiva. Quiero quedarme con que esas horas las disfruté y eso hago, pero lo cierto es que pensar en no haber causado un buen efecto en el aprendizaje de mi alumnado me martiriza. También me he dado cuenta de lo efímero que es el supuesto cariño de los alumnos. Y, a ver, ¿qué voy a pretender? Lo malo no es que sea así y saberlo, lo malo es que aún sabiéndolo y entendiéndolo me duela sin poder evitarlo. Algo no va bien en mí si necesito que el cariño de mis alumnos llenen "el vacío". Así,  ¿cómo no voy a quedar decepcionada? Pues nada, la revelación llega siempre a final de curso y sirve solo para que el agujero negro cobre fuerza.

Y, de la misma manera, haber apostado mi felicidad al resultado de lo que creía una plaza merecidísima, en la última convocatoria solo ha servido para agrandar el campo magnético de ese abismo. Recuerdo el dicho ése de "desafortunado en juegos afortunado en amores", pues es como si solo existiera la una o la otra posibilidad y haber creído que sacrificando todo lo demás por el estudio estaba claro que tenía que conseguirlo esta vez, sin embargo, he acabado con la sensación de que y a mí no me ha tocado ninguna de las dos posibilidades del Universo. Que no merezco nada y que nada de lo que me importa es lo que tengo. Pero es más todavía, porque sí que tengo la sesera suficiente como para saber que en mi Universo no hay solo dos componentes y que sería injusto no darme cuenta de todo lo que sí tengo, pero el problema es que, soy consciente de lo que tengo pero no soy capaz de sentir que sea suficiente para que me sienta de otra forma de la que me siento. Por tanto, debo sumar a mi insatisfacción y mi decepción, el hecho se saberme una ingrata. Y, por no querer serlo, me obligo a estar con mis amigas o con mi familia cuando me hace más daño que bien, porque, en el fondo, si no lo hiciera, ¿qué pasaría? Bueno, si no hiciera, al menos, lo mínimo que hago, supongo que, en más bien poco tiempo, caería en el olvido para todos. Entonces sí que me quedaría sola, que sería lo que merecería, por supuesto. A veces pienso que no merezco ni el cariño de mi madre, porque es la primera con la que no me comporto como en el fondo me gustaría comportarme y, precisamente por ser mi madre, es con la que me esfuerzo menos en no parecer una ingrata. Echo muchísimo de menos a mi padre y me odio por no aprovechar que mi madre sí está. ¿A qué espero, a que ya no esté para llorarla como le lloro a él? ¡Soy imbécil sin remedio!


¡Cuánta basura se puede acumular entre las neuronas! ¿Realmente quiero saberlo? Querer encontrar el inicio de toda esta cascada de sinsentidos me resulta insultante para tantos problemas reales que existen en el mundo. Cada vez que llego a este punto en mis reflexiones me avergüenzo tanto, tantísimo, de no considerarme una persona afortunada que me obligo a decir que lo soy. Me siento obligada a sentirme afortunada por lo que yo llamo "haber llegado a mi punto de tranquilidad". Lo malo es que para mantenerme ahí necesito no salirme de una rutina muy marcada y limitada (lease: la famosa zona de confort, que en mi caso es mi casa, con mis gatos y mi trabajo). Pero las vacaciones siempre llegan para joderlo todo. Así que, o me voy a un psicólogo o aprieto el culo y pienso que ya solo queda un mes para que empiece el nuevo curso... Lo segundo es más barato.


domingo, 24 de abril de 2022

LA LLAVE DEL COCHE

Dicen que para cada refrán hay un contrarefrán, por ejemplo, para "A quién madruga, Dios le ayuda" estaría "No por mucho madrugar, amanece más temprano". 
 En esta ocasión (y otras muchas por el estilo), me acojo al segundo... Decidan ustedes si no:



Hará como una semana, más o menos, fui con mi familia a comer. Como suele ser habitual, yo voy a casa de mi madre con mi coche y, una vez allí, nos juntamos todos en uno para ir donde sea. Esta vez, el coche usado para el desplazamiento fue el mío, pero cedí gustosamente a mi cuñado el manejo del vehículo. Así fue como pudo notar que a las ruedas de mi coche les faltaba presión y me lo comentó soltando un chascarrillo: "Oye, ¿en Benalmádena cuesta mucho el aire?". "Ja, ja (le contesté), si te digo la verdad, llevo días diciendo que tengo que parar en una gasolinera y es que no me da la vida, cuando me acuerdo no es el momento...".

Pues bien, esta mañana, por fin, era el momento. Domingo, me he levantado muy temprano, no estaba lloviendo... Me he dicho, "pues venga, te pones las mallas, coges agua y te vas a dar una buena caminata de dos horas por el paseo marítimo, pero antes, paras en la dichosa gasolinera y le pones aire a las ruedas, que un día de estos te pasa algo por dejada".

Pues me he puesto las mallas, he cogido el agua y he tirado para la gasolinera... 

Tenía 2 euros y la máquina funciona con monedas de uno, así que antes de proceder al ejercicio de agacharme, quitar los tapones de las válvulas y enganchar la manguera del aire, he pasado por la caja a que me cambiaran el dinero. No me imaginaba yo en ese momento que las amables chicas del turno iban a convertirse en "amigas del alma".

Vuelvo al coche, abro la puerta del copiloto que me quedaba más a mano de la máquina y en el acto más estúpido de todo lo que llevamos de año, echo la llave al asiento para que no me estorbara mientras inflaba las ruedas contra reloj (con un euro tienes 5 minutos de aire, que si lo piensas, tiene huevos que te cobren por el aire) y cierro sin más la puerta, quedando yo fuera con el euro en la mano. 

No he terminado de agacharme cuando, de repente, escucho, "clack, clack", el inconfundible sonido del cierre automático de mi coche. "¡Ay, no, no puede ser, si no le he dado a ningún lado! ¿Cómo puede cerrarse solo el coche?".

Pues sí, se me ha cerrado el coche con la llave dentro. La llave, el teléfono, el dinero, vaya, un completo.


Adiós al domingo tempranero que me iba a servir para hacer ejercicio y relajarme. Un calor súbito me ha subido desde las entrañas hasta la cabeza poniendo colorada mi cara y acelerando el corazón. Como yo soy una persona tranquila y serena, NO he entrado a la gasolinera hecha una histérica, ni me he puesto casi a lloriquear diciendo que tenía un GRAVE  problema, un PROBLEMA  muy gordo. Como soy tranquila y serena, simplemente me he tomado el incidente como lo más gracioso que podía pasarme en la buena mañana de domingo en la que, por madrugar, Dios me estaba ayudando. 

En fin, los que ya me conocen habrán apreciado el sarcasmo de mis anteriores frases. Lo cierto es que hecha un nervio le he contado a las chicas de la gasolinera lo que me había pasado y que, además, por haber dejado el teléfono también dentro del coche, no tenía a quién avisar, porque esto es una realidad: ¿Quién se aprende ya los números desde que tenemos la lista de contactos? Yo no.

Mis compañeras de fatiga que, por cierto, se merecen un cachito de cielo por calmarme y acompañarme los casi 90 minutos que ha durado la tragedia, se llaman Alicia y Virginia. Virginia ha sido la que estaba en la caja cuando he reaparecido con las manos en la cabeza advirtiendo del problema. A Alicia le he estropeado el desayuno, que en eso estaba cuando he llegado temblando por el espanto de mi torpeza.

Virginia me ha dicho que lo único que se le ocurría era romper un cristal, que ella tenía un "aparatejo" que servía para eso y que si quería me lo prestaba. Supongo que ésa hubiera sido la opción en caso de no haber podido solucionar la cosa de otra manera, pero supongo que, a pesar de mis nervios, el sentido común me estaba diciendo que le diera una oportunidad más a mis neuronas, que para algo estaban ahí arriba (concreto ubicación: me refiero al cerebro). O, tal vez, porque sé por experiencia que romper el cristal de un coche no es tan fácil como parece, que ya tuve otra como esta con mi antiguo Hyundai. (Supongo que se preguntarán "¿cómo habiéndole pasado algo así en el pasado se ha vuelto a dejar la llave dentro?". Bueno, la cosa fue diferente, el primer coche tenía pestillos de esos en barrote y, sin querer, le di justo cuando cerraba la puerta, en este caso, nunca pensé que pudiera pasar porque mi Toyota no tiene esa clase de pestillo y por tanto ese incidente era imposible que pasara, ¿vale? Lo que pasa, listillo/a es que , al parecer, el Toyota tiene un sistema de seguridad exquisito que si te dejas el coche abierto, al cabo de un rato, se cierra. Que ya les digo yo que esto para mí es nuevo, pero todos los días se aprende algo, supongo otra vez...).

Bien, Alicia seguía calmándome y diciendo por las dos que debíamos seguir pensando. A ver: si no me

acordaba de ningún teléfono (que yo sabía que en casa de mi madre había una copia de la llave del coche), podíamos llamar al seguro... Pues lo siento, pero con el bloqueo de la puerta también se bloqueó mi córtex frontal, que por más que me lo estaba estrujando no era capaz de acordarse de la compañía de seguro con la que tengo el contrato. Esto es bueno, ojo, eso significa que no he tenido que dar un parte desde hace muuuuchooooo tiempo. Así que, a una de las chicas se le ocurre que podemos llamar a la policía local, que pa eso están , pa atender al ciudadano, ¿no? 

Mientras que decidíamos llamar, una de las chicas (ya no me acuerdo cuál) dice que a lo mejor la policía puede dar con mi compañía de seguro. ¡¡Claro, seguro que sí!! Y, oye, aquello ya empezaba a pintar a solución, mejor que andar rompiendo el cristal, que es pan para hoy y hambre para mañana.

Efectivamente, la policía me proporciona el teléfono de mi compañía de seguro, la cual comprueban con el número de mi matrícula. Llamo a la compañía, informo del incidente y me advierten que mandan a la grúa, pero que si el sistema de seguridad de mi coche impide que el operario pueda abrirlo con las herramientas que suelen usar para tal fin, la otra opción es enviar un duplicado de la llave pero que esto puede excederse de lo que cubre el seguro tocándome realizar un copago que no sabía indicarme muy bien a cuánto ascendería. En ese momento, lo importante era abrir el coche, ya me preocuparía por el dinero, pero  les aseguro que me ha venido a la cabeza el chascarrillo de mi cuñado, "¿En Benalmádena cuesta mucho el aire?" Ja, ja.


El operario estaba ya de camino, tardaría unos 40 minutos. En el transcurso de ese rato, una patrulla de policía acude a la gasolinera para interesarse por el asunto tras la llamada realizada a la comisaría. Salgo con ellos hasta donde mi coche estaba aguardando el aire para sus ruedas y allí se quedan conmigo, ya bastante más tranquila, rememorando la estupidez supina que había cometido y mirando desde la ventanilla la llave y el teléfono encima del asiendo, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Se me ha antojado que entre los objetos de deseo estaba teniendo lugar una jocosa conversación mofándose de su propietaria, pero esto es tan solo mi mente fantasiosa que le da por ahí en este tipo de situaciones. 

Uno de los polis me comenta que lo de abrir la puerta va a ser bastante improbable, que el tiene un Toyota y bla, bla, bla. Así que ya me voy haciendo la idea de que habrá que romper el cristal y comenzamos a darle vueltas a ver qué cristal deberíamos romper para hacer el menos daño posible. Y, mientras estábamos en esto, el otro poli va y dice, "bueno, podemos ver si damos con el teléfono de tu hermana". Me preguntan si vive en Benalmádena, a lo cual contesto que no, y me dicen que si estuviera empadronada aquí sería fácil acceder a su teléfono. Entonces, digo, "bueno, pero vive en Málaga, entonces la policía de Málaga la puede localizar, ¿no?". El poli, que también ya es mi "amigo del alma", dice, "vamos a intentarlo". Toma los datos de mi hermana y los míos y llama a la Policía local de Málaga para hacer la petición. 

Los policías se quedan conmigo un rato más, pero tienen que ir a otro servicio, así que quedo a la espera de recibir noticias suyas si consiguen el teléfono de  mi hermana, a través del teléfono de la gasolinera. 

Ellos se van  y yo vuelvo junto con mis amigas a esperar al operario de la grúa del seguro o a la llamada de la policía. Seguimos riéndonos de mi suerte y contando anécdotas para echar el rato. De repente, suena el teléfono. Virginia lo coge y habla con alguien. Cuelga. Era mi hermana, que viene con las llaves de repuesto desde Málaga. 

¡Olé! ¡Qué felicidad! A continuación llega el operario y le tengo que explicar que mejor voy a esperar a la llave. Él me dice que si quiere me abre la puerta y me explica el mecanismo para hacerlo, pero, como es natural, eso va a suponer un daño al coche, así que le digo que espero y que, si por lo que sea, tuviera algún problema volvería a llamar a la compañía.

El tiempo de espera hasta que ha llegado mi hermana se me ha hecho infinito, pero, por fin, ha llegado con mi cuñado subidos en una pedazo de moto, que parecía que me estaba rescatando el llanero solitario. La pobre me cuenta el susto que se ha llevado al recibir la llamada de la policía de Málaga, realizada a instancias de la policía de Benalmádena, que claro, como no empiezan diciendo, "tranquila que no ha pasado nada grave...", pues nada, hasta que no le han detallado el motivo de la llamada, le iba a dar un síncope (bueno, menos que el mío al cerrárseme la puerta, que mi hermana sí es una persona tranquila y serena, sin sarcasmo).

La llave de repuesto, en un  pis pas, ha resuelto el entuerto. Y a mi cuñado, evidentemente, no he podido
por más que decirle que la culpa de todo es suya por haberme llamado la atención sobre la falta de presión de mis ruedas la semana anterior. Evidentemente, esto se lo he dicho entre risas, interprétese como una broma. Lo que si les he dicho en serio es que estoy muy agradecida de que hayan podido acudir a resolverme una vez más uno de mis pequeños desastres cotidianos. 

En realidad, estoy muy agradecida a ellos, a mis chicas gasolineras, a los polis y al operario de la grúa con el que también me he echado unas carcajaditas. Al final, ha sido una mañana muy divertida y, por supuesto, tras todo el lío, me he ido a andar disfrutando del sol y del mar. 

Así que, volviendo a los refranes y, teniendo en cuenta que si no hubiera madrugado, con toda seguridad hubiera dejado lo de poner aire para otro momento, ¿ustedes que opinan: el primero o el segundo?

Ahora que he terminado la historia con la cual llevo sonriendo todo el rato, yo ya no lo tengo tan claro como al principio...

Por cierto, por si alguien se lo está preguntando: Sí, las ruedas de mi coche ya tienen la presión adecuada. No se piensen que me iba a ir de allí sin ponerle el aire después de todo.

domingo, 20 de febrero de 2022

LA PESTE EN MÁLAGA

 

Ayer, asistí a una visita teatralizada sobre la Peste en Málaga. La epidemia de peste de 1637 fue la peor a la que se enfrentó la ciudad en su historia. De la mano de "Tierra malacitana" pudimos disfrutar de un rato muy agradable, recorriendo parte del casco antiguo (la antigua aduana, la catedral, el "carnero") mientras nos contaban, a su manera, lo que aconteció en el siglo XVII.

Es curioso atender a lo que supuso aquella epidemia viviendo actualmente esta pandemia de la que aún no nos libramos. Tal vez encontréis ciertos paralelismos, pero desde luego, lo que te das cuenta es de lo afortunados que somos de vivir en la época en la que vivimos, hasta cuando de pasar por una pandemia se refiere. Yersinia pestis, ésa fue la bacteria protagonista de "la muerte negra", transmitida por las pulgas de las ratas. Fue introducida en Málaga a través de las ratas que infestaban los barcos que traían el "trigo de mar", necesario por la falta de trigo ocasionado por las malas cosechas de aquel año. Pero, claro, eso entonces no se sabía. 

Muchas fueron las teorías que se dieron para explicar la causa de la epidemia y, en base a esas teorías, sin muchas o ninguna base científica, se tomaron medidas no siempre acertadas, sino todo lo contrario. La superstición, la religión y los intereses de las clases pudientes fueron el caldo de cultivo de las muertes y las injusticias. No quiero contarlo todo, aunque la historia está ahí para quien quiera conocerla, solo puedo recomendar que os apuntéis a una de estas visitas, porque vale la pena aprender de esta manera diferente uno de los episodios más terribles de nuestra ciudad.