Si la amistad te ha traido por aquí, eres bienvenido para compartir mis momentos de tranquilidad, aquellos que podré dedicar a este diario, sin guión, ni intención.
Y si es el azar lo que ha hecho que aterrices con un click en este blog, bienvenido también: si llegaste y encontraste algo que te sirva, mejor.

domingo, 4 de febrero de 2018

DÍAS MARRONES

Seguro que ya lo he dicho más de una vez: ¡Me encantan los días grises cuando yo también estoy gris! Creo que me hace sentir menos culpable por no sentirme bien. No pega nada sentirse dolida, engañada, decepcionada, cansada, abatida, ya ni indignada, me levanto porque no queda otra, no es blanco ni negro, es solo marrón, en un día soleado. Es como si hasta el sol te pegara una hostia en la cara y te dijera también que tú y solo tú eres el responsable de tu felicidad, así que, mueve el culo.

Sí, en un día de nubes que anuncuian agua es más fácil dejar de sentir que tienes que esforzarte 24 horas más en ser positivo y creer que todo va a ir bien porque solo si piensas así conseguirás que así sea. Debes repetirte este mantra, porque funciona... Claro que repetir este mantra supone grabar subliminarmente en tu mente que lo contrario también funciona, ¿no? Vaya, que de no hacerlo así, estás codenado a ser infeliz toda la vida. Pues ya adelanto  que no es cierto, ¿eh? Podéis pintar de rosa todos los elefantes que queráis, pero los elefantes son grises. Tarde o temprano se les va la pintura.

Mirad, llevo unos meses sin anotar nada por aquí. Me doy cuenta de que cada vez espacio más mi visitas a este lugar que soy yo misma. Hoy me he dado cuenta de que no he acudido antes a este refugio porque sé que algunos, no muchos, pero sí los suficientes, me leéis. Y, como sabía que lo que iba a salir de este teclado no era nada nuevo, más bien tema repetido en más ocasiones de las que quisiera, me he autocensurado para no aburriros, pero sobre todo porque al pensar en comentarios posteriores, no me apetecía pensar en leer mensajes condescendientes, ni de ánimo, ni, aún peor, de esos que empiezan por un "deberías". Hoy, sin embargo, estoy por fin escribiendo porque este lugar, antes que para nadie, es para mí. Y me hago gracia, llevo unos meses haciendo un curso de mindfulness y lo único que he aprendido es que si lo que estoy haciendo allí es mindfulness, yo llevo haciendo mindfulness toda mi vida: Atención plena, no huir de las emociones, dejarlas estar, ser conscientes de ellas, de las agradables y de las desagradables. Sobre todo de estas últimas, que hay que reconocerlas y etiquetarlas bien, ¿por qué están ahí?, sin juzgar, sin culpar. Y meditamos para llegar a esta conciencia plena sabiendo que el objetivo no va a ser solucionar todos nuestros problemas, solo vamos a ser concientes de ellos y, tal vez, solo tal vez, así seremos capaces de gestionarlos mejor. Digo que me hago gracia, porque esto ya lo hacía yo cuando escribía mis diarios. Y cuando escribo aquí. Meditar no es algo que solo se pueda hacer adoptando una postura X, y cerrando los ojos durante un tiempo Y. 

Así que, ya os lo digo: hoy estoy meditando. No escribo para nadie, así que, si me leéis, os recomiendo que lo dejéis en este instante, que no se diga que no advierto. Incluso he pensado en anular esas notificaciones automáticas que os llegan a algunos a vuestros correos, aunque, luego lo he dejado estar, porque, me da igual, es más, pienso publicar esto en facebook, igual que he publicado los posts alegres, y los de tremendo cabreo. Si seguís leyendo y os aburro u os parezco repetitiva es cosa vuestra. Yo, quiero y necesito desahogarme. Y éste, siempre ha sido mi medio.

Estoy muy triste y tengo miedo. Tengo una rueda de las emociones ante mí, y éstas serían las
emociones principales que me embargan. No obstante, la tristeza y el miedo abarcan muchas más emociones que trato de identificar. Es espeluznante, porque creo que las tengo todas, o casi:
me siento sola, deprimida y culpable; ansiosa e insegura. Y si concreto más usando esta rueda, podría decir que me siento melancólica, vulnerable, ignorada, avergonzada, apática; preocupada, inútil y agobiada. 
Es estupendo nuestro idioma, ¿verdad? Tenemos tantos adjetivos para expresarnos que abruma. ¡Qué desperdicio cuando luego usamos tan pocos! Aunque enumerar todas estas emociones es un ejercicio absurdo, si no damos el siguiente paso que es llegar a tomar conciencia del porqué. 

Aquí debo decir que el cursor lleva un rato parpadeando a la espera de mi siguiente palabra. Y es que releyendo la retahíla anterior, la culpabilidad, aparece remarcada en neón en mi mente. ¡Me siento culpable! ¡Tiene huevos!  Me enfrento una vez más al estrés de unas oposiciones, a la certeza casi absoluta de que no voy a aprobar porque no estoy estudiando como debiera, y a vertiginosa incertidumbre que esto supondrá en mi situación laboral; me enfrento al duelo de una ruptura sentimental, que ha sido más bien una bancarrota en mi autoestima; me enfrento a diario a un malestar físico, que sin ser grave, no deja de impedirme hacer mi vida satisfactoriamente. En fin, nada del otro mundo, ya véis, más o menos lo que nos pasa a muchos. Pero no por ser males de muchos, son menos males. No por haber cosas peores, éstas no son importantes. Pero sí: me siento culpable.

Puedo asegurar que es un buen ejercicio escribir sin tener una idea clara de a dónde quieres llegar. Es el caso de este post, ya dije que hoy estoy meditando y, ni más ni menos, esto es meditar: hacer un viajito en solitario hasta la cara oculta de tu yo. Y en el camino he visto mi soledad, he saludado a mis preocupaciones, a mi cansancio, a mi malestar físico, me he parado ante todos ellos y los comprendo. Pero luego, luego he llegado a la culpa. Ésa es la que me enfada, no la comprendo ni la quiero comprender. Así que supongo que es a ella a la que tengo que dedicar esta entrada.

Me siento culpable por haber permitido que me destrozara el corazón una y mil veces. Me siento culpable por desperdiciar todo ese tiempo. Me siento culpable por seguir estando atada por no poder olvidar. Por no disfrutar de la vida. Por no ser optimista. Por no tener fuerza de voluntad. Por no pintar elefantes de color de rosa. A veces creo que me siento culpable de existir.

¿Sabéis? Empatizar está muy bien. Es conectar con el dolor ajeno  (e incluso con el propio cuando tratas de mirarlo desde fuera), pero después de haber conectado la empatía no sirve para nada. PARA NADA. Si después no hay COMPASIÓN, la empatía no sirve para nada. Y, ¿sabéis otra cosa? No se puede ser compasivo si antes no lo somos con nosotros mismos. 

Que quede claro que la compasión no es condescendencia. La compasión es amor. La compasión no es lanzar un "deberías" con buenas intenciones. La compasión es acompañar y brindar amabilidad.  La compasión es decir que puedes sentir como sientes que no vas a ser juzgado. 

Y dado que, en este mundo de mensajes en redes sociales en las que colgamos sonrisas profident, ocultando la pestilencia de nuestra basura, y precisamente por esto no encuentro ni un ápice de compasión real, sino un machaque contínuo de una obligación de falsa felicidad, no veo más camino que el de ejercitarme en la autocompasión. Sobre todo porque en esta meditación dominical , me he dado de bruces con lo que más me pesa. Esa culpabilidad, de todo lo que contiene mi tristeza, es probablemente lo que más daño me está haciendo. Así que, ¡ya basta! 

Hoy voy a autocompadecerme: La autocompasión es abrazarse el cuerpo para sentir que merece ser abrazado, es permitirme sentir como siento porque todo pasa, pero ahora me toca vivir esto. ¡Y no pasa nada! Estoy triste y tengo motivos. No va a durar siempre, pero ahora estoy triste y no voy a escribir en positivo. Voy a dejar que las nubes descarguen todo lo que quieran desaguar y voy a ver belleza también en eso. Porque sé, que luego saldrá el sol, y el cielo se verá más limpio. Pero eso será luego.

Hoy voy a deciros que no me déis vuestras recetas. Que yo he visto que no os salen bien los bizcochos con ellas en más de una ocasión. Que me alegro por vosotros cuando os funcionan, a mí también me han funcionado a veces, pero otras no, así que no me hablésis excátedra. No me contéis lo que tengo que hacer para estar bien. No me hagáis sentir más culpa, que para eso me las basto yo solita. Si no os apetece, no vengáis, pero si venís, no me hagáis sentir culpable por no ser una buena compañía. No voy a esforzarme por fingir otro estado en mis momentos de ocio, ya bastante tengo con hacerlo cuando estoy en el trabajo. Si estando contigo sonrío, ponte un diez, te lo mereces, y te aseguro que mi yo más profundo te estará eternamente agradecido aunque no te lo diga. Pero si no me salen más que quejas o llanto, date otro diez, porque lo merecerás aún más por estar junto a mi queja y mi congoja sin venirte abajo ni acusarme de ser la responsable de mi felicidad, sino de recordarme que yo sé ser feliz y lo he sido muchas veces, y mi yo más profundo te lo agradecerá mil veces más.  
No hace falta que estés, me gustaría, pero no es justo llevar a nadie a una pesadilla que no es la suya, y no soy la obligación de nadie, así que, de verdad no te preocupes, te voy a querer igual. Puede que ya me hayas escuchado esto antes, pero es que es la pura verdad. Pero no voy a fingir por ninguno de vosotros, no voy a fingir en mi casa. En mi casa, yo me quito el maquillaje y me pongo el pijama. 

Estoy triste. Es lo que hay.


jueves, 19 de octubre de 2017

ESCRIBO



Escribo. Escribo aunque no tengo ganas de volver a manchar la página en blanco con mis miserias. Pero escribo. Aunque el cansancio de lo ya vivido demasiadas veces pese sobre la tinta que derramo. Escribo, queriendo que nadie me lea para no aburrir. Pero escribo porque no encuentro mejor consuelo, porque no quiero que mis lágrimas se pierdan en la lluvia, porque no quiero que el olvido atrape para siempre mis recuerdos, aunque desee cada día que el olvido llegue para darme paz. Porque cuando todo se ha roto ya hasta el punto de las astillas, cualquier movimiento provoca que se claven como alfileres y se quedan bajo la piel hiriendo aún un poco más. Así que el olvido se me antoja un buen viento que limpiase, que se las llevara volando y podría volver a moverme sin temor a pincharme otra vez. Pero escribo, porque ese huracán no viene, y aunque viniera, de algún modo no quiero, no debo olvidar. Porque quien olvida está condenado a repetir sus errores. Y yo me hastié de recaer en los míos. Tal vez nunca creí de verdad que lo fueran. Tal vez, siempre, en el fondo, pensé que no había sido un error y que la perseverancia sería recompensada en un acto de justicia divina o algo así. Pero no. Ya no se puede mirar más al fondo y me doy cuenta de que todo ha estado podrido siempre. No hay nada que salvar. Si acaso, debo salvarme yo, a pesar de que me dé miedo pensar que quizás tampoco ya pueda, que tal vez, a lo peor, es demasiado tarde y esas astillas no puedan extirparse, porque se metieron demasiado dentro.

Quisiera ser más generosa y desear con el corazón la felicidad de quien provoca mi más profundo sufrimiento. Sin embargo, a lo único que puedo aspirar es a que el mismo olvido que anhelo para sobrevivir, sirva para  llevarse los malos sentimientos que me inspira su recuerdo. Quisiera que no me atormentaran los pensamientos negros que le dedico, quisiera poder dejarlo estar sin más porque sé que esta negrura revierte sobre mí. Pero no soy tan fuerte, ni tan buena. Siempre traté de ser justa, y no encuentro justicia alguna en su bienestar a costa de mi tristeza. Lo más que puedo hacer es arrepentirme al momento de desearle algún mal; pero el deseo vuelve una y otra vez, al mismo tiempo que mi llanto. Ése que no remite, con el que despierto de madrugada, que me corta el aliento.

Escribo. Escribo y confieso que me siento avergonzada. Porque tengo toda la culpa de estar escribiendo una vez más esta historia. Porque desde el principio sabía que acabaría así, por más que lo haya querido interpretar de otra forma. Volver a leer un libro no hace que el final vaya a ser distinto. Pretenderlo es absurdo. Y así me siento: absurda. Casi sin derecho a quejarme porque volví a tomar el camino equivocado y lo justifiqué y me inventé razones que nunca debieron ser. 

Pero escribo. Porque después de confesar y castigarme, necesito perdonarme. Tal vez si lo hago, consiga también perdonarlo a él, aunque a él eso le importe poco. Escribo aunque divague, aunque haya ratos en los que no entienda para qué, ni entienda si quiera lo que escribo. Escribo porque me siento perdida y, tal vez, piense que entre líneas pueda encontrarme. O, tal vez, deseo crear un laberinto de letras donde esconderme por un tiempo, como siempre, mi refugio, mi trinchera de palabras donde poder calmar mis acongojados latidos.

domingo, 1 de octubre de 2017

BIENVENIDA, TIZA...

Aquí me hallo... con un nuevo bichito al que cuidar que en menos de veinticuatro horas ya me ha robado el corazón. Mi hermanita me mandó un enlace con la historia de tres hermanitos que se habían quedado sin mamá y que necesitaban familia urgente. Y, aunque no me he atrevido nunca a introducir otro gatete en casa siendo mi Gea tan "especialita", esta vez, y a pesar de que había que ir a por él a Sevilla, me he liado la manta a la cabeza y ya está aquí.

Por ahora en espacios separados. Gracias a mi nueva terraza, más funcional gracias a las cortinas de cristal que me he regalado hace nada, y mi bendita puerta mosquitera, los tengo a cada uno en un lugar hasta que Gea se adapte a su olor, a su presencia y, en definitiva, a la nueva situación de que ella no va a ser la única que requiera mi atención. Anoche estuvo tranquila, hoy ha bufado un poquito más, pero espero que en los próximos días sea posible la integración de Tiza, que se quede con nosotras y que sepa disfrutar de su nueva compañía. Si no, ya sabe la tía adoptiva que tendrá que hacerse cargo de este amor de cachorrito que no para de ronronear cuando lo tienes cerquita de tu piel.

No hay mucho más que decir, por ahora, solo quería darle la bienvenida a la familia también en este cuaderno de recuerdos del que ya será parte. Mañana haremos la visita oportuna al veterinario y poquito a poquito, a ver si todo sale bien.


martes, 5 de septiembre de 2017

UN ADELANTO

Una vez más, que ya va oliendo a tradición, adelanto el regalo de cumpleaños a mi amiga Rocío. Y es que, ¿para qué esperar al catorce de septiembre, si se puede echar un rato a gusto de comida en tu terracita ahora que todavía hace buen tiempo? No vaya a ser que nos llueva...

Así que, yo llevo la piedra de asar, el objeto de regalo de este añito, Pepe lleva un vinito, muy rico, por cierto, y los anfitriones nos ponen por delante una carne exquisita que degustamos a buen ritmo, sin pausa, pero sin prisa.

Piscina para echar un rato con los niños y, de paso, refrescarnos, y conversación amena y a gusto, en el ambiente cálido que siempre proporciona estar entre amigos de siempre, de esos ante los cuales no hay que ir guardando la compostura.

Yo cada vez valoro más estos sencillos instantes. Una felicidad sin pretensiones, tan solo un rato en el que la mente no se ocupa de todo lo demás que nos machaca por las noches. Casi una felicidad que no se nota, pero, ¡cuánta importancia tiene! Por esta razón, aunque sean solo unas pocas líneas en este blog, escritas en la sala de profesores de mi nuevo destino, donde hoy estoy desocupada,un poco sin saber dónde meterme, debía dejar constancia de este domingo cualquiera, que fue un domingo especial. Porque vale la pena pararse un poco a recordar que momentos felices tenemos más de los que pensamos, porque vale la pena pararse a no dejarlos pasar sin darle su sitio. Probablemente, cuanto más nos empeñamos en colocarlos adecuadamente en las estanterías principales de nuestro corazón, menos hueco quedará en ellas para los que nos atormentan. Tal vez, estoy casi segura, en eso consiste ser feliz de verdad.

Feliz cumpleaños adelantado, Rocío. Y gracias por estar en mi vida un año más.


jueves, 17 de agosto de 2017

STARLITE: BEN HARPER

A veces debería morderme la lengua antes de hablar... Mejor no me preguntéis. Hay personas a las que conoces desde hace años, pero a las que nunca llega a conocer del todo. Lo que falta de información, lo completas con tu imaginación, y, a veces, la imaginación juega malas pasadas. Probablemente porque en otras ocasiones te han decepcionado, probablemente porque te han herido en más ocasiones de las que sería
oportuno... La cuestión es que ayer metí la pata hasta el fondo... Hasta el fondo. No obstante, tuve la suerte de poder enderezar el camino. No, sin duda, por mis propios méritos, se lo voy a tener que agradecer a Ben Harper. A quien reprochaba en ese momento, tenía entradas para ir al concierto, me quería dar una sorpresa... Así que, por no perderlas, aguantó el chaparrón, supongo. Aunque también porque, a pesar de todo, voy a tener que empezar a creer más en un cariño real, aunque extraño, a aprender que no todos sentimos con las mismas directrices. En fin... no voy a pedirle perdón, porque no soy la única que debe aprender del otro. Sencillamente, daré gracias por poder expresar mis angustias, que mil veces prefiero quedar como una tonta y no llevar razón, que hacerme mala sangre con retorcidos pensamientos. Gracias porque dejó que el incómodo momento pasara y sin embargo,  no rechazó un sincero abrazo y mil besos que derramé en sus labios porque, aunque no estemos siempre de acuerdo en cómo, siempre estamos de acuerdo en queremos.
Arreglamos el día, y la noche fue sushi y luego el concierto. Fue un acústico increíble. A veces creía que eran caricias y no música lo que ese hombre arrancaba de su garganta. Y, de vez en cuando, una mano sobre la rodilla para recordarme que seguía a mi lado. No fue un sueño.


domingo, 23 de julio de 2017

PROGRAMANDO

Casi en el ecuador de mis vacaciones. Ésas tan largas que, "hay que ver de qué se quejan", tienen los
profesores... Bueno, yo no entro ya a discutir con nadie que me hable en estos términos. Pero, para los pocos de los que sí me importan ciertos comentarios, por lo que de cercanos y queridos son para mí, quisiera hoy decirles que estoy muuuuuuuyyyy feliz. Las dos primeras semanas de estas vacaciones las he pasado teniendo pesadillas a diario. Depertando en mitad de la noche con el corazón encogido por soñar vívidamente con ciertos alumnos del curso clausurado, o, aún peor, con alguna de las sinrazones que he tenido que soportar hasta el mismísimo último día. No llegaba a calmarme más que cuando pasados largos minutos me daba cuenta de que era julio, que no tenía que levantarme para conducir hora y media hasta el centro, que ya todo había acabado y que estaba sana y salva, sobreviviviente en mi cómoda y placentera cama.

Después de los primeros días de shock que supuso para mí adaptarme a la ruina estival, os juro que lloré un día entero, empecé a sentir, una vez más, esa maldita sensación de ansiedad que me ha acompañado a diario este curso. Y, ¿por qué? ¡Coño! ¡¿No estás ya libre?! Pues sí y no, corazones: el año que viene volveré a estar en año de oposiciones. Supuestamente saldrán un montón de plazas y "esta convocatoria es la tuya, ya verás". Así que sí, ya empieza a fraguarse el anticipo de lo que será un año de infarto. Ya me preocupa tener un buen destino que me permita dedicarme a prepararme el examen. Y no es que ponga el parche antes de que salga el grano, es que ya lo he vivido varias veces y sé lo que viene. Por eso, previendo el agobio de la falta de tiempo y en vista de que las cincunstancias de este curso me impidieron cumplir con mi objetivo de preparar la programación que habré de entregar a lo largo del mismo, ha sido este mes de julio el elegido para ponerme a trabajar en eso y tener, al menos, adelantado este trabajo. 

Puse el ordenador en la mesa. Saqué mis papeles. Descargué las leyes... Y me costó aún dos días sentarme, por fin, a enfrentarme ante la página en blanco de un nuevo documento Word: Programación Didáctica Lomce 1º ESO 2017/2018.

Incluso con el aire acondicionado puesto, sentí mi transpiración y como por momentos mi ritmo cardiaco se elevaba hasta hacerme dificultosa la respiración. Una especie de vértigo y la adrenalina corriendo por mis venas. No pude. Guardé el documento vacío y apagué el ordenador que percibía como la amenaza de un nuevo derrumbe emocional. 

Tras caminar dando vueltas por mi pequeño salón como un tigre encerrado en una jaula durante un tiempo indefinible, opté por la química: me tomé una pastilla de diazepam y eché cortinas y  cerré persianas para que la oscuridad fuera mi protectora, porque el sol radiante parecía burlarse de mí, pobre imbécil que desperdicia un día de verano torturándose así.

Me quedé dormida y volví a soñar. Pero esta vez vino, tal vez, aquella hada a rescatarme, aquella en la que quería creer cuando me disponía a crear esos cuentos que me mantuvieron cuerda durante el exilio al paro del año de los recortes. Entonces, cuando me encargaban un cuento, tomaba notas y, más tarde, me acostaba para que la inspiración me visitara de su mano. Y, aldespertar, las palabras salían solas, dibujando la historia tras el parpadeo del cursor intermitente. 

También fue así esta vez. Me desperté tranquila pero animada, con deseos de enfrentarme, por fin, al trabajo. Las ideas estaban y querían ser paridas de una vez. Así que, una palabra detrás de otra, mi programación empezó a escribirse y, lo que es más importante: ha hecho que mis pesadillas sobre lo vivido en mi fatídico destino de este curso hayan cesado. Conforme avanzaba en la labor, recordaba todos los buenos momentos que he pasado en otros lugares con mis alumnos, las actividades que pensaba y realizaba con ellos, lo que disfrutaba de ver que ellos también lo hacían. Supongo que se puede llamar "esperanza". Esperanza de volver a ser esa profesora. De querer serlo. 

Nunca pensé que la programación en julio sería mi terapia para recuperarme de la depresión por la que he pasado en el ámbito profesional. No sé qué me deparará el próximo curso. De hecho, ayer debían salir los destinos provisionales pero, cómo no, se retrasan hasta la próxima semana, aumentando así la zozobra que cada verano soportamos los interinos; pero, al menos, sé que no voy a empezar el curso con desánimo, sino ilusionada otra vez. Los que me queréis me decís, "este año va a ser bueno, que ya te toca", y yo deseo en lo más profundo que tengáis razón. 

La Programación está terminada. Estoy orgullosa y feliz de haber cumplido con el objetivo, y dispuesta a dar el sigueinte paso. Aún hay mucho que preparar de cara a esas oposiciones de carácter incierto, como todas. 

Ya veis, mis vacaciones de profesora, qué lujo, ¿eh? Pero, por supuesto que no me quejo, vivo mi realidad lo mejor que puedo, que es lo que hacemos todos. Sencillamente yo no me meto con lo bueno o malo que tengan las profesiones de los demás. Si lo he pasado mal, lo cuento porque es mi forma de no acabar con una úlcera, pero me agarro a lo que sea para inventarme la forma de volver a estar bien y de querer empezar una vez más con ganas, que a veces es lo que me ha dado miedo de no volver a tener. Doy gracias por estos dos meses de descanso, porque, aunque no lo sean en realidad del todo, sí me permiten reflexionar, pensar en mi salud y hacer algo por ella: por mí. Benditas las clases de espalda y las sesiones de fisio y quiromasaje que me he regalado, benditos los libros que estoy devorando en mis ratos de playa y piscina, benditos los pequeños eventos que he disfrutado y bendita la programación que ha sido culminada con el mejor broche de oro:

He recibido un mensaje de un antiguo compañero del instituto en que trabajé en 2012, en Paterna del Campo. Me decía, entre otras cosas, que este año se han graduado los alumnos que tuve allí de 1º ESO. Y en el discurso de graduación tuvieron unas palabras de recuerdo hacia mí, hacia las actividades que hicimos juntos. He sentido un profundo agradecimento .No podía tener mejor soplo de aliento.

martes, 2 de mayo de 2017

44 AÑAZOS

Na, tan solo un apunte para dejar algunas fotillos por aquí y que quede, como siempre, constancia de otro "day in my life". Bueno, más bien varios, porque como ya va siendo costumbre, aprovecho el largo fin de semana que supone mi cumpleaños, para encontrarme con diversas amistades. Cuando una ya ha vivido los añitos que ya ha vivido, lo normal es que el circulo de amistades se diversifique, así que ya no es tan fácil reunir en el mismo saco a todo el personal. Y, por otra parte, cada vez me apetece menos la masa, y sí las pequeñas reuniones en las que puedo disfrutar de cada uno un poquito mejor. De hecho, este cumpleaños a lo boda gitana (por los días de celebración, que no por lo boato), seguramente se prolongará incluso una semana más, porque hay por ahí previstos algunos encuentros con más amistades que no he tenido la oportunidad de ver estos días. Lo de siempre... es la excusa. Y realmente así lo vivo: excusa para encontrarme con gente a la que quiero. Que los regalillos están bien, en serio, pero lo que más agradezco es la compañía. En fin, como ya decía, no me alargo. Solo dejar esos flashes que inmortalizan estos ratillos.

Ratito en Sanlúcar, ratito de merienda en una tarde de lluvia y ratito de sol en la Cubana. 


Ratito de ¡¡¡¡queso!!!! en la Mafia se sienta a la mesa.



Algunos regalitos (los que se pueden enseñar 😀)