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sábado, 1 de septiembre de 2018

UNA AMIGA, LA TOSCANA Y VENECIA: UNA EXPERIENCIA “MUY PRECIOSÍSIMA… CLARAMENTE”

Hace ya casi un mes que partía para Italia. Probablemente debería haber publicado esto mucho antes, pero a la vuelta, el verano continuaba y un día por otro, nunca era el momento para ponerse a escribir. Ahora que llega septiembre, ya apetece más. Este post tiene como misión recordar los momentos vividos; sin embargo, lo empezaré del revés, dando gracias. Gracias María del Mar. Gracias por haber sido una compañera de viaje magnífica y, sobre todo, por haberte convertido en una de mis mejores amigas. Gracias por atesorar como yo la felicidad de los pequeños instantes que nos ha proporcionado nuestra estancia en Italia: desde las bellas imágenes que monumentos gloriosos han impregnado nuestras retinas hasta la sensación de trasportarnos en el tiempo callejeando por pueblos medievales; desde los sabores de quesos y vinos hasta el placer del agua fresca en las horas de calor; desde un paseo en góndola en Venecia hasta el placer del olor fresco de nuestra habitación de hotel; tu David
y mi caminata… lo mejor de lo vivido no estará en estas letras, es imposible, al menos para mí, plasmar aquí tanta felicidad, pero estoy segura de que tú lo comprenderás perfectamente. Desde el momento cero hasta unas lágrimas en aquel bar o aquella última noche en Bolonia. Ha sido un viaje ilusionante e inolvidable. Gracias, porque no habría sido igual con ninguna otra persona.
¿Recordamos un poco?

Pues venga, empecemos...








PRIMER DÍA
¡Menudo madrugón!  Cuatro y media de la madrugada. En mi caso, sin haber dormido absolutamente nada, emprendemos la marcha hacia el aeropuerto. Parecía que no iba a llegar el momento, pero, tras dejar el coche a buen recaudo, facturar las maletas y esperar desayunando, por fin llega la hora de embarcar.
Aterrizamos en Bolonia y desde allí todavía nos quedaba tomar el aerobús y un tren hasta Florencia, nuestro centro de operaciones. Tras descubrir gratamente que nuestro hotel era agradable y se ajustaba a lo que esperábamos, era un asunto de primera necesidad buscar un restaurante para hacer nuestra primera comida italiana, que eran ya cerca de las dos de la tarde.  Para el postre buscamos una de las mejores heladerías de Florencia, al pasar el puente de la Santa Trinidad. Ese día también cenamos estupendamente después de descansar merecidamente en el hotel un buen rato.
Nuestro primer paseo por la ciudad me produjo una gran impresión, pero no por lo hermosa que es, sino porque me sentía muy acogida, nada extraña allí. Al día siguiente fue nuestra excursión guiada por Florencia, momento para apreciar al detalle tanta grandeza.

SEGUNDO DÍA
Nuestra guía para la ruta por Florencia fue Simona, una chica muy agradable, profesora de inglés que se dedica a hacer de guía más por vocación que por otra cosa. Como nos dijo, es su pasión y su momento para ella. Se le notaba. El punto de encuentro fue la plaza de San Lorenzo, donde hay un mercadillo dedicado básicamente a la venta de artículos de piel, y donde al final, acabaríamos más adelante haciendo algunas comprillas y degustando queso y pan…, pero eso fue otro día, no adelantemos acontecimientos.
En la misma plaza, visitamos el templo de San Lorenzo, que posee una zona ajardinada. Simona nos contaba que le gusta mostrar este jardín a los turistas para que pudiéramos sentir el contraste del bullicio del mercado, con la paz que se palpa en el monasterio, que aún sirve como tal.
Cerca de allí, pudimos ver la primera casa de los Medicci cuando se instalaron en Florencia. Eran de las afueras, una familia de banqueros cuyo amor e interés por el arte hicieron de Florencia la maravilla que hoy podemos disfrutar.
Seguidamente, llegamos a  la plaza del Duomo donde nos impactó la catedral de Santa María del Fiore.  Una magnífica expresión del gótico florentino, cosa que a los franceses, al parecer, les extraña, ya que no se trata del concepto gótico al que ellos están acostumbrados, sino que es una reinterpretación de ese estilo arquitectónico que tiene su sello propio. Con mármol de tres colores distintos, provenientes de distintas partes del mundo, muy rica en detalles, francamente impresionante, como impresionante era la cola que había para entrar. Esto último no lo hicimos, aunque Simona nos dijo que la mayor parte de las obras de arte que había en la catedral ya no están allí, sino en un museo.
Luego, callejeamos por la parte medieval de la ciudad, para mí uno de los ratos más agradables de la
excursión, llegamos hasta otro mercado donde la curiosidad está en una figura de bronce que representa a un jabalí, aunque los florentinos le dan el nombre de “il Porcellino”, y según dicen trae suerte acariciar su morro y, además, si dejas caer una moneda desde su lengua y se cuela por la rejilla que hay en la base, significa que el regreso a Florencia está asegurado. Bueno…  la mía no coló, pero quién sabe si volveré en cualquier caso…
En el paseo dimos con un hotel, el Brunelesci, construido junto a una torre medieval que ahora forma parte del propio hotel y que nos ha resultado especialmente bonito, tras lo cual desembocamos en la plaza de la Signoria, donde está ubicado el ayuntamiento. Aquí pudimos contemplar distintas esculturas, un verdadero museo en la calle: la de Cosmo I, el primero de los Medici, un Neptuno, distintas representaciones mitológicas y religiosas como corresponde a una ciudad renacentista, que gustaba de los cásicos griegos,  y, por supuesto, una
réplica del David de Miguel Ángel, que más adelante pudiste contemplar en toda su real medida en la Galería de la Academia (pero no lloraste).
Abandonamos la plaza para sumergirnos de nuevo en el medievo y terminar en el Ponte Vechio, uno de los 17 que atraviesa el río Arno, aunque sin duda, el más especial, ya que fue el único que sobrevivió a los bombardeos de la segunda guerra mundial y que, además, tiene la peculiaridad de estar flanqueado por numerosas tiendas de joyería que prácticamente lo ocultan, en total 54 puestos que nuestra guía se molestó en contar un día.  En la otra orilla, caminamos hasta la plaza Piti, donde se encuentra el palacio Piti, que fue la última residencia de los Medici, que es de tal envergadura que el primer palacio parece una choza… y no lo era, ¿eh? Solo para visitar los jardines de esta última residencia se necesitan dos horas y media. Para hacernos una idea de la extensión… ¡Na, unas cuantas macetillas que tenían platadas!
Llegados a este punto, solo continuamos con Simona nosotras dos, y completamos la ruta, retrocediendo sobre nuestros pasos hasta llegar de nuevo a la otra orilla y finalizar en la plaza de la República, cerca de la catedral, con muchas tiendas de renombre y cafeterías con solera.
El resto del día fue tranquilo, volvimos a visitar la plaza de la Signoria para hacer fotos tranquilamente, comimos en una trattoria cutrecilla, pero con el encanto de la calle, descansamos y cenamos en el hotel, viendo como caía una granizada impresionante  y luego, cuando pasó la tormenta, nos dimos el lujo de tomarnos una copa de vino Chianti en el que se convirtió en nuestro bar en Florencia, el Colle Bereto, con muy buena música y para el que hay que tener también buen bolsillo…, pero un viaje es un viaje.

TERCER DÍA
Primera excursión fuera de Florencia: San Gimignano, Siena, Monteriggioni y Chianti.
Madrugamos para llegar al punto de encuentro con el resto del grupo y con la guía de esta excursión, que partía de Florencia. Resultó nuestra guía un absoluto desastre explicándose, pero nos proporcionó buenos motivos de sonrisas y, finalmente, acabamos cogiéndole cariño a este peculiar personaje que no paró de hablar durante los trayectos en el bus. De hecho, cuando ya no tuvo nada más que contarnos en el camino de regreso, se arrancó por Andrea Bocelli para ponerle la guinda al pastel.
La primera parada fue en San Gimignano. Un
pueblo medieval increíblemente bello (muy preciosísimo, como diría nuestra guía Tizziana). Paseamos por la calle de San Giovani, visitamos la torre en la que se ubica actualmente el ayuntamiento y nos deleitamos con las tiendecillas del lugar. Aquí compramos los típicos imanes de souvenirs para recordar nuestro viaje por la Toscana y también un “canolli” que estábamos obligadas a probar y que compartimos más tarde como postre de nuestra comida en Siena.
En Siena, comenzamos la visita con Tizziana, pero nos encontramos con la guía local en la Plaza del Campo. Es un impresionante abanico o concha rodeada de lugares para comer por doquier, que aún impresiona más por la cantidad de turistas allí concentrados.
Nuestra guía local se llamaba Helena y fue de agradecer que se explicara tan perfectamente. Por fin nos enteramos de que Siena, al ser una ciudad más antigua que Florencia, es básicamente gótica, aunque en su catedral podemos encontrar hasta cuatro estilos arquitectónicos y pictóricos, con obras de Miguel Ángel, Rafael y Bernini, entre otros.
Siena está dividida en 17 barrios que están representados por un animal. Nosotros visitamos el barrio del Águila. Cada barrio tiene su propia iglesia donde se bendice el caballo que participará en las famosas carreras que tienen lugar en la Plaza del Campo dos veces al año. El caballo literalmente entra en la iglesia para ser bendecido. No sé por qué, pero este hecho me emocionó sobremanera.  Los jinetes profesionales contratados por cada barrio montarán sin silla y competirán por el estandarte de seda pintado a mano por pintores de renombre y  cuyo motivo central es la virgen, ya que estas fiestas son de carácter religioso. Pudimos ver los estandartes ganados por el barrio del Águila en el museo en que se ha convertido la sacristía de la iglesia. Helena nos explicó el sistema de sorteo por el cual los barrios se convierten en participantes en las carreras ya que solo caben 10 caballos en el recorrido, por lo que no pueden participar los 17 barrios a la vez. Nos remarcó que en estas carreras el protagonista es el caballo, quien gana es el caballo, con o sin jinete: el primero en completar tres vueltas a la plaza.
Abandonamos Siena para hacer la siguiente parada en una fortificación donde respiramos un poco de paz después de una Siena abigarrada de turistas. Fue un paseo muy agradable por Monteriggioni. Aproveché para comprar unas bonitas postales pintadas y María del Mar para hacer las fotos de rigor que ahora ilustran este resumen.
Por último, para cerrar un día estupendo, nos dirigimos a una finca en la región del Chianti
donde degustamos tres maravillosos vinos, un aceite de oliva y otro de trufa y dos vinagres balsámicos maridados con productos locales que nos supieron a gloria (sobre todo el queso, mmmm).

CUARTO DÍA
Éste fue un día de “descanso” en Florencia. Por la mañana nos dedicamos a gestionar los billetes de tren para la excursión del día siguiente a Venecia y los de vuelta a Bolonia para el viaje de vuelta. Luego, volvimos  al mercado de San Lorenzo, a perdernos un buen rato entre los puestos
donde compramos los detalles para nuestras familias y amigos y alguna que otra cosilla para nosotras mismas. También compramos allí el queso y el pan con el que decidimos cenar esa noche en nuestra habitación de hotel: un picnic de lujo, he de decir. ¡Qué rico estaba! Pero antes, gastamos el día, como decía en volver a pasear por la que en estos días se ha convertido en nuestra ciudad, que así la hemos llegado a sentir. Volvimos al Ponte Vechio, volvimos a callejear por el medievo y volvimos a almorzar en el restaurante del primer día, el de “nuestro barrio”.
Por la tarde, tuvimos nuestro particular descanso de nosotras mismas, jejeje. Nos separamos para hacer actividades totalmente distintas. María de Mar visitó la galería de la Academia con el objetivo claro de ver al David de Miguel Ángel auténtico, que aunque la réplica era impresionante, no podía dejar pasar la oportunidad de estar junto al gigante de mármol que representa la perfección y la belleza del Renacentismo (aunque nosotras tenemos nuestras dudas acerca de las proporciones, todo hay que decirlo, ya podría el maestro Miguel Ángel haber sido algo más generoso con ciertas partes del marmóreo personaje).  Mientras tanto, yo me enfundé las mallas y me calcé las zapatillas de
deporte dispuesta a irme de caminata, tal y como suelo hacer en mi propio pueblo. Me fui alejando de la parte turística de la ciudad, escuchando música y a buen ritmo, confundiéndome con los florentinos. Por un rato ya no parecía una turista, sino una vecina más  inmersa en una rutina de lo más normal. Disfruté de ver a niños y abuelas en un parque, de ver trabajar a un mecánico en su taller, o de pescar en el río a unos cuantos jubilados.  Supongo que, en parte, hice un poco realidad un sueño que me ha perseguido durante todo el viaje: el de vivir algún tiempo fuera de los meses vacacionales en cada una de las ciudades y pueblos que me han encandilado para sentirlos más reales.
A mi vuelta, mi amiga ya estaba en el hotel. Nos duchamos, nos pusimos el pijama y arreglamos una especie de mesa en la cama donde dimos buena cuenta de las viandas adquiridas en la mañana.

QUINTO DÍA
Visitamos Venecia. Otro madrugón que mereció la pena. Al salir de la estación sentimos una gran emoción al pisar la ciudad de los canales. Desde el primer vistazo la belleza de esta peculiar ciudad nos cautivó. Venecia es para fotografiar cada uno de sus rincones. Y eso hicimos. Patearnos la ciudad, admirarnos de cada hueco, perdernos más de una vez entre callejuela y callejuela hasta llegar a la plaza de la Basílica de San Marco, comer ya desechas en un pequeño restaurante que nos pareció como estar en el interior de un barco, prometerle como mínimo un poema o una oración al “flatoril” que evitó una tragedia en mis tripas y, dicho sea de paso, el fracaso del día y preguntarnos más de una vez cómo pudo originarse la ciudad flotante.
En mi afán de salvarnos de la ignorancia, satisfacer nuestra curiosidad y culturizarnos un poco, me comprometí a buscar algo de información al respecto, ya que ese día no contábamos con guía que nos educara históricamente, así que a continuación, transcribo algunas partes de la historia de Venecia que he leído de un artículo del National Geographic.

Existen pocas ciudades como Venecia en cuyos orígenes se entremezclen tan intensamente hechos
reales, historias fantásticas y mitos creados artificialmente. De éstos, el más generalizado es el de su origen salvaje, la idea de que Venecia surgió de la nada, en un islote en medio de una laguna inhóspita donde hombres y mujeres habían buscado refugio frente a las invasiones de los pueblos bárbaros a partir del siglo V. Un relato tardío, elaborado en torno a 1400, situaba la fundación de Venecia en 421, once años después de la toma de Roma por el visigodo Alarico, e incluso determinaba el día, el 21 de marzo. El relato se basa, sin embargo, en un documento falsificado. En cambio, es cierto que en 452, al producirse la invasión de los hunos, fugitivos de tierra adentro se asentaron ya en la laguna veneciana. Pero esas gentes no descubrieron territorios desconocidos, sino que aquella zona pantanosa se trataba de un área bien integrada en el sistema administrativo del Imperio romano.

Lo que buscaban estos primeros inmigrantes era un refugio temporal a la espera de regresar a sus tierras de origen, pero se lo impidieron las posteriores invasiones, especialmente la de los lombardos, que ocuparon todo el norte de Italia a partir del año 568. Con ello, su estancia en la laguna se hizo permanente. En los siglos V y VI, la laguna acogió una serie de asentamientos marginales, pueblos de pescadores y construcciones fortificadas.
La vida de los habitantes de la laguna en estos años es vivamente evocada en una carta que Casiodoro, el principal ministro del rey ostrogodo Teodorico, les dirigió en 523 en un intento de asegurarse su lealtad: «Vivís como las aves marinas –les decía–, en hogares dispersos. La solidez del terreno sobre el que os asentáis sólo se sustenta sobre acacias y mimbreras, a pesar de lo cual no dudáis en enfrentar vuestro frágil baluarte a la saña del océano. Vuestras gentes cuentan con una inmensa riqueza en la pesca, suficiente para abastecerlas a todas. No hacéis distinciones entre ricos y pobres; vuestros alimentos son los mismos, y vuestras casas parecidas entre sí. Toda vuestra energía va a parar a vuestras salinas; en ellas reside vuestra prosperidad y capacidad para adquirir aquellas cosas de las que carecéis». Y al final Casiodoro les pedía: «Mostraos diligentes en la reparación de esas embarcaciones que, cual si se tratara de caballos, mantenéis amarradas junto a
las puertas de vuestros hogares…».

El nombre de Rialto deriva de la expresión latina Rivus Altus, que significa «río profundo», y hace referencia al canal más profundo de la laguna que bordeaba la isla: el actual Gran Canal. La isla, de tierras lodosas y muy vulnerable a las inundaciones a causa de su superficie completamente llana, había estado largo tiempo deshabitada, pero en el siglo VIII empezó su colonización. En uno de los islotes que la rodeaban, Olivolo, se erigió entre los años 775 y 776 el más antiguo de los obispados de la laguna, el de Castello, con

la iglesia de San Pietro. Tras el traslado a Rialto, el dux situó la sede de gobierno en su propia casa, antecedente del palacio ducal que surgiría siglos después en el mismo emplazamiento.
El último hecho crucial fue la llegada a Venecia, en 828, de las reliquias del apóstol san Marcos, que unos mercaderes venecianos habían traído desde Alejandría. Los restos se convirtieron enseguida en el símbolo religioso, político y militar de las comunidades de la laguna. Inmediatamente, por voluntad del dux, se inició la construcción de la basílica que debía custodiarlos.

El pequeño archipiélago que rodeaba Rialto se iba convirtiendo en el corazón del Ducado, y su carácter urbano se iba haciendo más evidente, distinguiéndolo de otros asentamientos menores de la laguna dispersos entre Grado y Cavarzere. Estaba cada vez más poblado, era la sede de los poderes de la provincia y allí se multiplicaban los edificios eclesiásticos. Aun así, sólo a principios del siglo X los venecianos tuvieron conciencia de que estaban creando una nueva ciudad. En 899, la laguna sufrió una nueva amenaza de invasión, esta vez por parte de los húngaros, y para la defensa se construyó una muralla entre Santa Maria del Giglio y la zona de Castello; además, se colocó una enorme cadena en la entrada del Gran Canal para cerrar el paso a las posibles embarcaciones enemigas. Según el cronista Giovanni Diacono, fue entonces cuando «el dux Pietro [Tribuno] comenzó a construir con sus súbditos una ciudad en Rialto». Este pasaje, en el que por primera vez se habla de una ciudad en la laguna, es la partida de nacimiento de Venecia.

El crecimiento urbano descansó en la unión de la isla de Rialto con los núcleos autónomos de las
islas que formaban el archipiélago rialtino: Dorsoduro, Spinalunga (actual Giudecca), Luprio y Olivolo (actual Castello). Un documento de la década de 870 explica que «algunos hombres obtuvieron el permiso de cultivar pantanos y de construir casas en la zona oriental [de Rialto]; y así la isla llamada Dorsoduro, por autorización ducal, se hizo idónea para residir en ella». Para habitar entre amplios espacios de aguas saladas y áreas hortícolas era necesario desecar el terreno y asegurar las casas con fundamentos en forma de gruesos pilotes de madera. Durante todo el siglo IX las residencias fueron muy modestas y sencillas, con predominio de la madera, la paja y las cañas de los pantanos. Son muy escasos los documentos (menos de una decena) que hablan de edificios con más de dos plantas y paredes de piedra durante los siglos XI y XII. A finales del siglo XII, los únicos palacios realmente destacables eran el del dux y el del patriarca de Grado.

Curiosamente, durante mucho tiempo no estuvo claro cuál era el nombre de la ciudad. En teoría, Venecia era la provincia y Rialto la ciudad, pero, como escribía un jurista en 1311, «los habitantes de esta ciudad pueden ser llamados indistintamente habitantes de Rialto y venecianos. Y ten presente que los de Chioggia o Murano o los del obispado de Torcello que quieren ir a la ciudad de Rialto no dicen que quieren ir a Rialto, sino a Venecia». Y mientras los notarios venecianos databan sus documentos «en Rialto», los extranjeros lo hacían «en Venecia», aunque unos y otros se referían a la misma ciudad. En cualquier caso, Rialto-Venecia era una ciudad en expansión: era la capital de un Estado cada vez más rico, poderoso y autónomo, incluso comparándolo con la capital bizantina, Constantinopla. Hacia el año Mil, la antigua provincia marginal ya era la primera potencia del alto Adriático; más adelante su papel se expandirá más allá del Adriático, por el Mediterráneo.

Su ascenso culminó en 1204, en la cuarta cruzada capitaneada por los venecianos y que terminó con el saqueo de Constantinopla y la supresión temporal del Imperio bizantino. Éste fue sustituido por un Imperio Latino de Oriente del que Venecia era señora en «una cuarta parte y media» (es decir, en tres octavos). Una Venecia rica y poderosa que adquirió en ese momento una dimensión imperial y cuyas estructuras urbanas también se transformaron. Gracias al saqueo de la conquistada Constantinopla llegaron en abundancia a la laguna materiales preciosos (y para una ciudad de agua, incluso las piedras lo son). Pensemos, por su valor simbólico, en los cuatro caballos de bronce que pasaron del hipódromo de Costantinopla a la fachada de San Marcos. Se abría una nueva etapa para la ciudad, convertida ya en una espléndida metrópoli, dispuesta para nuevas conquistas.


Creo que de todas las excursiones, ésta fue la más cansada. Llegamos al hotel casi creyendo que era un milagro sentir el aire acondicionado y el ya familiar olor de nuestra habitación. Hubo un retraso de dos horas en nuestro tren de regreso a Florencia. Entre eso, el increíble calor y todo lo que anduvimos ese día, sentarnos en nuestros asientos del tren por fin fue una auténtica bendición y llegar a “casa” el mayor placer que podamos recordar, jejeje. Pero, lo dicho, valió la pena, valió la pena, valió la pena.

 DÍA SEXTO

Excursión a Pissa y Luca. Otro madrugón que mereció la pena… “claramente”. Nuestro guía hasta Pisa fue Mateo. Gracias a Dios, un poco de calma tras el “huracán Tizziana”. Nos acompañó hasta el punto de encuentro con la guía local, Valeria, que resultó ser una chica bastante chistosa  y nos explicó de forma muy amena la historia de los edificios que se reúnen de una forma luminosa en una misma plaza: La Piazza del Miracoli. Admiramos el Baptisterio, la Catedral y la archifamosa Torre inclinada de Pisa, que realmente es un campanario de la catedral, claro que, por motivos obvios de seguridad, ya no tiene esa función. Hay fotos, pero nos resistimos a  hacer el “lila” sosteniendo o empujando la torre. Fue mucho más interesante hacer la foto a una gran ristra de turistas que intentaban tomar la pose. En fin… sin más comentarios. Además de estos tres edificios que son los que más llaman la atención, en la plaza se puede contemplar también los edificios del antiguo hospital y del cementerio, así que, como nos hizo ver Valeria, quedan reflejadas todas las etapas de la vida: nacimiento (baptisterio), vida (catedral), sufrimiento (hospital) y muerte (cementerio).
Tuvimos tiempo en Pisa de pasear, buscar un sitio para comer (el verde nos llamaba con desespero y
nos zampamos dos sendas ensaladas), y hacer algunas comprillas más (yo llevaba diciendo desde hacía ya dos días que no iba a comprar nada más, pero me atacó la fiebre del turista y me dejé llevar, ¡qué le iba a hacer!)
Luego, volvimos con Mateo al bus y nos trasladamos a Lucca. Nos encantó la paz que vivimos allí. Lucca aún no está tan explotada turísticamente y fue un descanso para nuestras emociones. No obstante, nuestro último guía (que me perdone, pero no recuerdo su nombre), nos mostró lo más relevante de su ciudad y sobre todo nos comentó muchos detalles curiosos de las construcciones, como las ventanas más bajas para los niños… Lucca destaca por sus murallas
caracterizadas por majestuosas puertas y baluartes, y allí estuvimos, paseando por ese casco antiguo, el Anfiteatro, la Torre de Guinigi y la Catedral de San Martín (en su fachada podemos encontrar la cabeza de Colón entre otros, curioso, ¿eh?). Terminamos la visita con la degustación del famoso Buccelato, el típico dulce de Lucca.  Tambien en Lucca hubo comprillas (una vez más, ¡qué le iba a hacer!)


 SÉPTIMO DÍA
Regreso a Bolonia. Para no ir estresadas, nuestro último día de viaje lo pasamos ya en Bolonia, desde
donde cogeríamos el vuelo de regreso a Málaga al día siguiente. Y esto nos brindó la oportunidad de pasear también por esta ciudad con gran tradición universitaria. Claro que, por esta razón,  en pleno agosto el número de habitantes debe verse reducido bastante. A mí me encantó ese paseo por sus calles antes de comer en el mercado de Mezzo. Disfrutamos de la tranquilidad de sus callejones y de la belleza de algunos rincones que, a priori, nos habían pasado desapercibidos. Comprobamos que la Torre de Pisa no es la única inclinada de Italia y nos tomamos un helado apaciblemente sentadas en la calle, antes de registrarnos en el hotel que nos alojaría esta última noche. De hecho, cansadas ya de toda la semana, decidimos relajarnos esa tarde en el hotel y no hicimos otra cosa más que tumbarnos en nuestras camas después de una refrescante ducha y permanecer fresquitas charlando de todo un poco bajo los efluvios del aire acondicionado. Sin entrar en detalles que no les importan a nadie, ya sabes, María del Mar, que la conversación me importó, que, si bien no me alegro de las lágrimillas, me siento orgullosa de que me las confíes y que hasta eso tiene un valor precioso (muy preciosísimo) en todo lo que significas para mí, así que, una y mil veces repetiría esos momentos, así como el resto de nuestra aventura juntas, no solo en Italia, sino desde que te conocí en Órgiva.
Aún quedaba la vuelta, mis nervios previos a coger un avión (discúlpame por ellos), el mal rato de tu maleta rota y de la llave de tu candado perdida… pero, finalmente, volvimos a ponerle buen cara al contratiempo y disfrutamos de una última comida a base de sushi y de mi regalo de cumpleaños para ti, que llevaba esperando ya algún tiempo. Sé que las manos de mi hermana hicieron su buen efecto y espero que disfrutaras de ese rato de relax, como yo he disfrutado de tu compañía esta maravillosa semana.

Ahora quedan las fotos, y estas palabras, y pronto haré algún montaje de vídeo que nos traiga nuevamente estos recuerdos… pero lo más importante es que queden ganas de seguir compartiendo instantes, más cortos o más largos, no importa, compartir vida. Aquí me tienes siempre: Cuenta conmigo. Un abrazo, amiga.

PD: Lo prometido es deuda y por eso aquí está mi particular homenaje al "flatoril":

Flatoril nuestro que estás en nuestro botiquín.
Santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu principio activo, 
así en las comidas como en las cenas.
El intestino nuestro que gasea cada día,
cuídalo hoy.
Perdona nuestros excesos
porque nosotros no perdonamos
las viandas que nos ofrecen.
Déjanos caer en la tentación,
pero líbranos del mal. AMEN.

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