Si la amistad te ha traido por aquí, eres bienvenido para compartir mis momentos de tranquilidad, aquellos que podré dedicar a este diario, sin guión, ni intención.
Y si es el azar lo que ha hecho que aterrices con un click en este blog, bienvenido también: si llegaste y encontraste algo que te sirva, mejor.

martes, 14 de marzo de 2023

CENSURADA

 


Son casi las seis de la mañana y llevo ya dando vueltas en mi cama y en mi cabeza, una vez más, sin poder conciliar el sueño. Escribo, como siempre aquí, para mi desahogo, para no volverme loca, porque no sé de qué otra manera acallar el orgullo herido por la injusticia que, una vez más, parece ser la ganadora en esta mierda de mundo.

La semana pasada, el innombrable del que quisiera  no acordarme, fue a interponer una queja contra mí a Delegación solicitando mediación en el asunto referente al alumno X por el que acabé grabando un podcast, que no quiso tener nunca otra intención mas que hacer autocrítica sobre las ocasiones en las que profesores y padres metemos la pata al gestionar conflictos con nuestros alumnos y/o hijos. Pretendía ser una reflexión con un mensaje positivo que no era más que asumir que todos podemos cometer errores y que pedir perdón nos hace ser mejores personas y tal vez, hacer que nuestro pequeño mundo, el único que podemos controlar, sea más amable. 

Pero el "compañero", al cual no nombro en ningún momento, come ajos y se pica. En vez de leer que lo primero que hago es empatizar con la situación que él vivió y en vez de tomar mi mensaje como una nueva oportunidad de pedir disculpas y quedar como un Dios, escucha con los ojos cegados por un ego que no le cabe en el cuerpo y lleno de rabia, que dudo que fuera de dolor,  toma la decisión de buscar la manera de HACERME DAÑO. 

Como digo, se ha tomado la molestia de interponer una queja a Delegación y ayer, lunes, para empezar bien la semanita, después de un fin de semana igual de "bueno" sabiendo que me esperaba esta visita, un inspector vino a "mediar" en la situación. Lo de mediar es un eufemismo, claro. Por si las comillas no lo dejan claro. 

No he tenido la oportunidad de saber en qué términos se ha redactado la queja por parte de mi compañero, tan solo creo que el señor inspector me ha leído, digamos, el final de la misma, en la que solicita la mediación y requiere que yo retire el podcast de las redes en las que estaba publicado.

A medida que pasan las horas, más me convenzo de que si yo tuviera acceso a ese escrito, podría ser yo la que tuviese razones para  ir a Delegación a interponer una queja o denuncia por injurias, pero claro, eso son elucubraciones mías...

Luego, el inspector tiene a bien escucharme y entiende que, efectivamente, nunca fue mi intención hacerle daño , incluso pude leerle una carta que una desconocida me ha hecho llegar a la antigua usanza, dejándola en mi buzón, en la que me da las gracias porque tras escuchar el podcast con su hijo, les sirvió para arreglar una mala convivencia que se había instalado entre ellos. La carta es emocionante, os lo juro, pero es tan solo una muestra de todos los comentarios que me han llegado acerca de mi podcast. En  ninguna de las notas que he recibido, ni de familiares, amigos, profesionales..., nadie, repito, nadie ha hecho referencia a la mala praxis de este tío; en todos los comentarios lo único que se me transmite es la valentía con la que yo hago MI AUTOCRÍTICA. Así de clara queda reflejada la intención de lo grabado en el podcast. Por tanto, el inspector concluye que no hay motivo de abrir ningún expediente contra mí, pero me "aconseja" que retire de todas formas el podcast, que ya el hecho de que él refleje en su informe que no ve motivos para la apertura de ese expediente, es una forma de no darle la razón a mi compañero. (El caramelito para que te calles la boca, niña, pero tu compi se lleva lo que quiere... o a lo mejor quería más: ¿echarme del centro?). 

Así pues, tras todo lo que expuse, y un poco cansadito ya de mí, supongo, el inspector me da unas opciones para proceder:

1ª_ que acepte retirar el podcast y así no hay motivo de abrir ningún expediente contra mí.

2ª_ que siga adelante y que sea lo que tenga que ser.

Os juro que si no fuera porque ya llevo un mes perdido de estudio, que no os olvidéis que este año estoy otra vez con la tortura de las oposiciones y porque, de hecho, al rellenar la instancia debo marcar una casilla en la que declaro que no tengo ningún expediente abierto que me separe de mi labor docente, me tiro de cabeza a la segunda opción. Pero aunque hasta el inspector me dice que tengo todas las de ganar  y ese expediente finalmente se cerraría a mi favor, no tengo la certeza absoluta y, por tanto, puedo hasta poner en peligro mi derecho a opositar. Esto al margen de que tirar para delante con el expediente  supone alargar el proceso y la tortura en la que me veo inmersa, perdiendo un tiempo que es oro para mí y  mantener un  nivel de ansiedad que ya no puedo controlar noche tras noche.

Así que obviamente, opto "voluntariamente" por retirar el podcast de las redes sociales sin contrapartida alguna para el profesor, tan solo, eso sí, con mi "recomendación"de pedirle disculpas al alumno delante del resto de la clase por la forma en la que redactó en parte que le supuso la expulsión (que ni siquiera ha podido constar como exigencia en lo que se suponía una negociación, que es lo que se entiende que es una mediación, ¿no?: llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes en pos de una mejora de la convivencia).  En realidad, también pedía que me pidiera disculpas a mí por haber llegado al punto de quejarse en Delegación, lo cual sí que es un ataque directo contra mí. Eso, que me perdonen, no tiene otra posible lectura. Pero esta petición ni consta como "recomendación", ¿para qué?, si todos los presentes sabíamos que no iba a acceder.  O sea, que ya está arreglada la convivencia, ¡ea!

 Ya no  podéis escuchar el podcast en Spotify, aunque veáis el enlace en facebook, y en instagram y twitter no he dejado ni el rastro del enlace siquiera. Pero resulta que un blog no es una red social y como lo que él individuo ha solicitado es la retirada del podcast de las redes, me he comprometido justo a eso. Pero ni el texto es un podcast, ni mi blog es una red social, así pues, el que quiera leerlo lo va a seguir teniendo aquí, al menos, hasta que, si se da cuenta, vuelva a tocarme las narices con otra queja en Delegación. 


Ahora, que para la próxima ya he aprendido algo. De la reunión de ayer salí llorando con una mezcla de sentimientos indefinida, supongo que, como decía al principio, herida en mi orgullo por darle lo que quería, sabiendo que no solo es que mi orgullo quede humillado sino que el suyo se va a acrecentar y que, por tanto, su actitud prepotente volverá a imponerse en su trato con los alumnos cada vez que le dé la gana. Inocentemente, pensé, que la tal "mediación" en la que se buscaba "el equilibrio" supondría que tras mi entrevista, habría otra con él en la que le pusieran algunos puntos sobre algunas íes, pero, sinceramente, NO ME LO CREO, porque entre otras cosas, cuando yo me fui de allí, su horario laboral ya había terminado, por lo que más bien creo que la tal "mediación" fue una pura pantomima en la que lo que se pretendía era quitarme las ganas de empezar una lucha, siendo, como es evidente, más fácil convencerme a mí de retirar el podcast, que a él de seguir encojonado y luchando, tal vez, por que me echen del centro. 

[...]

Escribo tras haber pasado ya al día después. De hecho, estoy a punto de irme a la cama a tratar de dormir de una bendita vez. Pero antes de hacerlo, sé que no lo conseguiré si no inserto en esta parte de mi discurso una RECTIFICACIÓN AL PÁRRAFO ANTERIOR, que por otra parte, el pensamiento que me llevó a escribirlo fue en gran medida el motivo que me desveló tan inoportunamente anoche, porque mi mente dolida y aturdida ya después de tantos días sin descanso, llegó a pensar que hasta  mi director y  el inspector me habían manipulado, que igual después se dieron una palmadita en la espalda diciendo lo bien que lo habían hecho, y tal vez, si eso, el director hablara otro día con el innombrable (entiéndase innombrable por un calificativo que no voy a escribir, pero lo dejo a vuestra elección y/o imaginación). Tal vez en esa conversación le dijera que ya estaba todo solucionado, que la imbécil  ésta que suscribe había colado por el aro y que puede seguir siendo el magnífico profesor que es. Igual ,lo celebraran con unas cañas el viernes a la salida.... Las malas noches tienen esto, que destilan las confusiones, aunque a veces los líquidos separados sean muy tóxicos. Anoche quería gritar porque en el fondo he sentido que se me ha sometido a la CENSURA,  pura y dura.

De hecho, el inspector me dio un consejo para la próxima vez que quiera expresarme libremente: "que ya que tengo el don de la palabra, que LO NOVELE". Vaya, como si estuviéramos de nuevo en la época franquista y tuviera que hacer canciones de revista.

 Tal vez en otra ocasión siga el consejo, porque me gustan los recursos literarios, pero HOY NO, HOY NO ME DA LA GANA. YO NO SOY LA QUE HA HECHO ALGO MALO, NI LA QUE HA TENIDO LA MALA LECHE DE CARGAR CONTRA UNA COMPAÑERA CON LA CLARA Y ÚNICA INTENCIÓN DE HACERLE DAÑO.

No obstante, esta vez, publico en este blog mío que es personal, al que poca gente se asoma porque a casi nadie le gusta leer tanto hoy en día y, en realidad es solo mi saco de gritos. El agujero negro que se traga toda mi angustia. Está desvinculado de mi blog profesional, o sea, desde aquí si se puede acceder a "En mi otra clase", pero no a la inversa. Y si publico este enlace será únicamente en facebook donde tan solo tengo amigos, pero vaya, ni ésa es la intención. 

Sin embargo, como decía, hoy es el día después y, aunque me sigo sintiendo destrozada y no me ha quedado más remedio que pedir cita a mi médico de cabecera porque me paso más tiempo del día llorando que con los ojos secos, debo decir, para no faltar a la verdad y porque me hacía falta una dosis, aunque sea pequeñita, de justicia que, cuando he llegado hoy al insti y he pasado por el despacho del director para decirle que ya he retirado religiosamente el podcast de las redes, me ha hecho sentar, me ha notado la cara de enfado, cosa que le he confirmado, pues en nada estoy de acuerdo en haber tenido que retirar mi grabación sin recibir si quiera a cambio una disculpa por el proceder del innombrable y a tenor de la única opción viable que tuve. Como digo, me ha hecho sentar, así que le he preguntado abiertamente sobre mi clarividencia nocturna sobre la NO  entrevista posterior con "la otra parte", pues, como ya he comentado,  comprobé que, por su horario, ya no estaría en el centro.

  Me he llevado una grata sorpresa al saber que, efectivamente, como sospechaba, aun a sabiendas de que el inspector estaba allí y tenía intención de hablar con ambos, al llegar el fin de su jornada, se dio el piro, sin preguntar si quiera por si le iban a reclamar su presencia. Pero le salió la huida cobarde como el tiro por la culata, porque le llamaron por teléfono y tuvo que dar media vuelta para cumplir con la entrevista. 

No voy a entrar en detalles, primero porque son largos y segundo, porque sigue siendo mi intención no cargar contra él más de lo debido, pero tras lo que me ha contado el director, me ha quedado claro que, a lo largo de la entrevista, se le fueron bajando los humos y aunque no va a consentir en pedirme las disculpas que merezco está dispuesto a redactar un escrito en el que se retractará de lo que dijo en Delegación, sean cuales fueran las barbaridades que se le ocurrieran. 

Bueno, el "dire" me ha dicho que conociéndole, es lo más parecido a una disculpa, aunque eso sí, aún sigue esperando que yo me disculpe con él (anotad el dato) de la misma forma que lo he injuriado, o sea grabando un nuevo podcast.  Claro que el inspector, al parecer, le hizo ver que ya estaba bien de tanta gilipollez de pedir lo que no corresponde (obviamente me he permitido una versión libre de las profesionales palabras que seguro tuvo el señor inspector, claro). 

Yo, de todas formas recelo de ese escrito, que por cierto no entregará en persona en Delegación, como si tuvo a bien hacer con su queja. Se le dará registro de entrada en la administración del centro y lo enviará el director para añadir al papeleo que ha generado este "issu", lo cual refleja la cobardía nuevamente de este pusilánime ser. Y como digo, recelo, porque no creo que lo haga movido por "disculparse" de alguna manera conmigo, sino porque prefiere eso antes de recibir una negativa a su petición por parte de la Inspección de abrirme un expediente. 

En fin, qué decir, sea como sea la cosa, a mí me da exactamente igual. Me conforma que ayer se removiera incómodo en la silla al darse cuenta de que, en caso de abrirse incluso ese expediente, no las iba a tener todas consigo, ni mucho menos. 

Esta entrada no la va a leer nadie, o casi nadie, y mucho menos ese inspector o mi director.  No es mi


deseo que traspase los muros de mi universo más íntimo, pero igual que gritaba hace menos de 24 horas una cosa, hoy también quiero a gritos DAR LAS GRACIAS  a ese inspector por haberme escuchado y haber empatizado conmigo aun sin dejar de salirse de su papel en ningún momento, porque hasta tuve dudas de que todo cuanto conté hubiera servido de algo. Y, sobre todo, gracias a mi "dire", porque a pesar de estar en una posición muy difícil, me ha apoyado como ha podido hasta el final y ha compartido mi dolor. Se lo dije en un mensaje, se lo dije ayer, en presencia del inspector y lo digo ahora también: Gracias por existir.

 Indudablemente su actuación en este caso podía haber sido mejor en algunos aspectos, pero tanto él como yo misma no podíamos ni imaginar que esto tomaría las dimensiones que ha llegado a tomar.

También tengo que agradecer el apoyo que he recibido de una compañera, Amanda, que, desde luego, me ha dado un motivo para echar de menos a alguien del centro en el caso de no trabajar ahí el curso que viene. Sinceramente, he dicho muchas veces que no no voy al trabajo para hacer amigos, pero, en el fondo, es infinitamente más agradable tener a alguien con quien poder compartir más que un hola en los cruces de pasillos. Saber que puedo contar con ella es una de las pocas cosas buenas que he sacado de todo esto. 

Por supuesto, no me puedo olvidar en este rosario de agradecimientos a mi compañero José Julio, que, aunque ya no trabaja en mi mismo centro, es un compañero de esos que se merecen las mayúsculas. Por cierto, para el que piense que tengo algo en contra de los matemáticos, José Julio lo es, pero de los buenos, coño. Siempre me das ímpetu, empuje y fuerza cuando hablo contigo, y ya son muchas las veces en las que lo has hecho, o sea que me arruinaré en cañas el día que me ponga a pagártelas. Además por partida doble, porque a tu mujer, Lidia, le debo las mismas por permitir que le robe su tiempo contigo con las largas charlas a las que te someto cuando te llamo (no son nunca llamadas de menos  de una hora, mon Dieu!).

Y, bueno, esta mañana he llamado al sindicato para que me explicaran si tengo o no derecho a saber los términos en los que se redactó la queja de las narices y me han explicado que la normativa dice que no. No lo veo ni medio normal, la verdad, pero es lo que hay, pero, al margen de esto, la llamada ha sido atendida por un compañero, Fernando, que también ha tenido que aguantarme un rato llorando y que, finalmente, me ha dicho que aunque no me conoce, si estuviera aquí me daría un abrazo. Gracias, Fernando. Lo he recibido igualmente. A lo mejor me paso algún día por la sede para dártelo en persona, caray.

Por último, quiero dar las gracias a mi familia, a mi madre, que no me quiere ni preguntar, para no molestarme pero que es la primera en preocuparse, y a mi hermana, claro.  Y, sobre todo, debo dar las gracias a mi amiga María del Mar, porque ésta si que me aguanta a diario. Mi compañera de piso telemática. Con la que no siempre estoy de acuerdo y con la que he discutido mucho al respecto de este asunto en varias ocasiones por no ver las cosas de la misma manera, pero que se atreve a decir lo que piensa y con la que me atrevo a decir lo que pienso sin temor a que esto rompa  lo que nos une, incluso cuando mi tono ha sido más alto de lo que debiera. Puede que a veces ni me comprenda o no la comprenda a ella, pero nos esforzamos en hacerlo y sobre todo, nos queremos. Eres "Mi Persona", citando a Anatomía de Grey. 

Y, ya está, aquí traslado lo que ya no existe en redes. Sigo sin incumplir los acuerdos a los que me comprometí. Pero esto ha formado parte de mi vida, me ha causado un dolor inmenso y no quiero olvidar lo que viví, ni cómo lo sentí, que en el fondo, esto es este blog también: ese diario "secreto" al que puedes volver para recordar aquello que de alguna manera te marcó. 


NI TÚ NI NADIE


De fondo estaba escuchando “Ni tú ni nadie” mientras mi cabeza andaba procesando hechos sucedidos recientemente que me han removido en lo más profundo. 

Ahora, repito en mi cabeza aquel estribillo que tantas veces, en fiestas, he coreado con amigos y desconocidos: “¡Qué difícil es pedir perdón!” Y hoy, me pregunto: ¿tan difícil es? Me lo pregunto a nivel personal, pero también como profesora: ¿Soy yo tan infalible que nunca debo pedir perdón a mis alumnos?

Ya seas un alumno, un compañero docente o un familiar, me gustaría que me acompañaras en esta reflexión. Bienvenidos a este capítulo del Guante Azul, “Ni tú ni nadie”.

Dar clase es cada vez más difícil, os lo aseguro. Aunque no va de esto este capítulo, debo decir esto de antemano. Y no por justificar nada, sino porque es una realidad. No obstante, la dificultad en las relaciones entre profesores y alumnos hoy en día es la misma que la que observo en el resto de relaciones personales. No sé qué nos pasa, qué se ha instalado en el mundo que la susceptibilidad está a la orden del día, en todo momento y en cualquier situación. Y lo que pasa en una clase es fiel reflejo de lo que acontece en la vida cotidiana. Es como un subsistema. Una minisociedad dentro de la gran sociedad.

Generalmente, como quiero pensar que les ocurre al resto de mis compañeros, gestiono bien mis clases, pero debo confesar que, a lo largo de los años, he acumulado no pocas ocasiones en las que no he tenido las mejores formas ni palabras con una clase en concreto para resolver algún conflicto. La paciencia tiene límites y los profesores no estamos hechos de un material diferente a cualquier otra persona,  lo mismo que ocurre con los padres. Así que, hay veces en la que la cosa se nos va de las manos y una vez toman ese rumbo que nunca hubieras deseado es difícil parar y volver a empezar desde la calma. Porque, por desgracia, no hay un interruptor mágico que de repente haga rebobinar y borrar ese instante en el que debiste optar por el camino de la serenidad, de la buena gestión. Cuando esto ocurre, te encuentras de pronto ante más de 30 alumnos y, o sigues hacia delante, o crees que te van a comer. 

Me ha pasado. Es lamentable y lo confieso avergonzada. pero luego, cuando te vas, cuando llega la quietud acompañada del malestar, de la culpabilidad de no haberlo hecho bien siendo tú el adulto, entonces, siempre acabo optando por lo que mi verdadero ser me dicta…

Llega el siguiente día, la hora de volver a entrar en esa clase y un poco vas temblando, la verdad, pero segura de hablar con el corazón, yo pido disculpas. Y en ese momento la paz me invade. Porque no importa que llevara todas las razones del mundo para abroncar a mis alumnos el día anterior, ni siquiera importa si alguno de ellos se comportara de manera impertinente, lo que importa es que mis razones se evaporaron cuando perdí las formas, sobre todo porque soy yo quien debo dar ejemplo de todo lo contrario. Por ese motivo, por encima de todas mis justificadas razones, yo pido disculpas con el orgullo que me hace saber que estoy haciendo lo correcto.

Me da igual que seas un alumno, o un colega o una madre o padre, ¿alguno de vosotros de verdad piensa que pedir perdón nos hace más débiles ante el otro? A mí, la vida me ha demostrado que no. A mí, mis años de profesión me han demostrado que la humanidad que transmite el que comete un error y lo siente y lo hace saber con humildad, gana el respeto de los alumnos de una forma que ninguna amenaza, castigo o sanción consigue. 

Nada te acerca más a otro que sentirte identificado con él. Y si en algo todos somos iguales es que inevitablemente todos cometemos errores, todos tomamos malas decisiones y todos gobernamos mal en algún momento de nuestras vidas nuestras interacciones sociales. Por eso, la catarsis que se produce ante una disculpa sincera es casi inmediata y, por supuesto, sanadora.

Me siento afortunada de ser una persona que, al contrario de lo que cantaba Alaska, no encuentro tanta dificultad en pedir disculpas. Creo que, como ya he dicho, es una cuestión de tener claro que hacerlo me hace mejor persona.

 Pero qué pasa con esos profes que no lo asumen así? Aunque están hechos de la misma pasta que cualquier otro tipo de persona a la hora de errar, no son cualquier tipo de persona a la hora de reconstruir los desastres. Ahí sí que hay que tener clara la esencia de nuestra vocación. Por lo tanto, entramos en un terreno de escombros peligrosos…

No importa cuál fue la discusión que se desmadró. Estoy segura de que probablemente tenías todas las razones de tu parte, pero todas las perdiste, cuando perdiste los modos.

Un alumno, inesperadamente, se alza enfadado, pero más tranquilo que el resto de compañeros que protestan ruidosamente ante tus propios ruidos. Quiere hacerse escuchar, lo exige tajante, pero sin violencia, sintiéndose seguro de que tiene derecho, como tú, de dar sus razones. Es corpulento, su voz es grave, su aspecto más maduro de lo que probablemente se espera para su edad. Tal vez lo que vive fuera de esas cuatro paredes otorguen a su mirada o a su gesto un talante que sencillamente impone. No hace falta que grite, ni que verbalice con palabras soeces. Tal vez hubiera sido más fácil lidiar con alguien que así lo hubiera hecho. Pero él, a pesar de la situación, solo hace uso del derecho que cree tener y se atreve incluso a exigir que te calmes y te dirijas a ellos con respeto.

Seguramente eso encienda aún más tu cohete interno que ya ha entrado en barrena e incapaz de volver atrás, justificas tus desprecios. En el uso de las palabras eres mejor, eso sí que juega a tu favor. Pero aunque trates de apelar a tu autoridad, hace rato que la perdiste delante de esos que ya no saben quién eres ni lo que estás haciendo. Te sientes amenazado por un gesto de ese chico, aunque tú mismo has levantado la mano tan solo un instante antes. Pero no eres tú el que retrocede, es él quien reconoce que los dos habéis hecho mal y trata de dar ese paso atrás. Te sientes amenazado, pero en realidad, aunque en ese momento no te das cuenta, la amenaza eres tú mismo. 

El alumno que se puso en pie, dando la cara por el resto, exige ir juntos a dirección. En ese momento, lo único que quiere es que otros adultos intervengan, medien, porque está claro que la discusión no va a llegar a ningún buen puerto.

Lo has interpretado todo muy mal. Decides que los gestos y las palabras del alumno han sido incorrectos, obviando que tus gestos y tus palabras fueron las primeras incorrectas. Decides que él, por ser el alumno, debía aguantar el chaparrón, los gritos, el desprecio que has mostrado ante unas calificaciones, que si bien no son ellos, son el malogrado fruto de un esfuerzo que, para ellos, duele más que para ti, por cierto. Decides, como digo, que tu huída hacia delante es que el alumno debería haber tolerado toda tu actuación, aunque jamás nosotros, como profesores, toleraríamos una actuación similar por parte de ellos. ¿No te das cuenta de cuánta hipocresía hay en todo esto?

Vuelvo atrás en mi relato. Yo he estado alguna vez en una situación parecida. Y la respuesta a la pregunta anterior es que no. No te das cuenta. No en ese momento. 

Pero luego… Luego sabes perfectamente que metiste la pata hasta el fondo y es ahí cuando debes elegir. porque se trata sencillamente de eso, de elegir. Si lo piensas, debería ser fácil elegir lo correcto, porque esos chavales han hecho justo lo que decimos que queremos conseguir con la educación, que sepan tener criterio propio, que defiendan sus ideas argumentando… ¡Joder, fuiste tú el que no estabas escuchando!

Ya os he contado cual es mi elección en esos lamentables casos. pero, como imaginaréis, no es el camino que eligió este profesor.

El alumno se enfrenta a una grave sanción por el parte redactado de lo ocurrido en el que el profesor le acusa de haberle amenazado y de haberse sentido humillado y vejado e incluso haber temido por su integridad física.

El alumno se siente frustrado porque sabe que eso no ha sido así, que ésa no ha sido su intención; para él es una burda mentira la que le va a llevar a una expulsión de un mes, que es lo que ha pedido el profesor, que puede llegar a costarle el curso. 

El alumno trata de dar su versión, aunque siente que es cosa perdida porque ante la palabra de un profesor la suya queda invalidada. Lo ha vivido así otras veces. Alega sin mucho acierto desde la rabia. 

Cuenta con el apoyo de toda su clase, pero sigue sintiendo que no tiene nada que hacer. Internamente toma la decisión de abandonar 2º de bachillerato a menos de dos trimestres para graduarse si, como teme, es expulsado un mes, pues se siente incapaz de conseguir superar las materias teniendo que faltar más de lo que ya debe faltar porque tiene que compaginar el estudio con un trabajo.

El alumno trata de buscar ayuda en otros profesores en los que confía, alguno hay. Incluso se acuerda de mí, que le di clase el año pasado. De hecho, a pesar de llevarnos bien desde el principio de curso, tuvo un enfrentamiento conmigo, aunque el desenlace de aquel capítulo fue muy diferente, porque los dos tuvimos a bien querer solucionarlo. En primer lugar, yo redacté un parte sin sesgar la parte en la que yo me equivoqué y eso condujo a asumir su responsabilidad en lo ocurrido, a pedirme disculpas y a darme la oportunidad de pedirlas yo también a él. De aquello surgió una conversación en la que él comprendió que no puede esperar que los profesores seamos telépatas, que debe pedir ayuda cuando la necesita, al menos, expresar lo que le pasa para que el otro pueda comprenderlo.

En otro momento, tal vez, este alumno no hubiera confiado en otros profesores ni hubiera buscado ayuda en ellos, pero quiero pensar que, gracias a lo que ocurrió el año pasado conmigo, en esta ocasión ha sido capaz de hacerlo. Tras los consejos recibidos por estos profesores, entre los que incluyo las largas charlas que él y yo hemos mantenido en los días posteriores al suceso, el alumno calma su rabia y hasta consigue encontrar la empatía que debía haber tenido otro en primer lugar para escribir una disculpa, la única que cree tener que dar.

Yo he podido leer esa carta, de hecho, me pidió ayuda para corregir su ortografía, alguna que otra coma y mejorar su redacción, aunque no he tocado en absoluto la esencia de lo que quería escribir. Son sus sentimientos de cabo a rabo. Me llenó de orgullo leerla, me ha llenado de orgullo que acudiera a mí y me llena de orgullo ver el hombre en el que se está convirtiendo. 

Iba a estar aquí hoy, leyendo en directo esa carta para compartirla con vosotros y para acompañarme en una tertulia posterior, con la intención de que todos aprendamos algo de esto que ha ocurrido y seamos capaces de mejorar, pero ya ha sido determinada su sanción. Aunque no es de un mes, lo cual indica que, a pesar de que él sienta lo contrario, las personas que han decidido el castigo, han tenido en cuenta que el profesor tampoco actuó correctamente, finalmente se va expulsado diez días. Creo que lo sabe y ya ha tomado la decisión.

No está, pero le prometí que seguiría adelante con este podcast con o sin él. Estoy retrasando la publicación de este capítulo, a la espera de que se comunique conmigo y me haga saber que estoy equivocada, que quiere compartir conmigo este rato de reflexión, que quiere leer su carta para vosotros, que volverá a las clases y le veré graduarse, pero ya lleva dos días sin aparecer por el centro. Tal vez no quiera ni recibir la expulsión formal, tal vez esto ha sido la gota que ha colmado su vaso y le esté sirviendo de excusa para irse lejos y dejar atrás todo un mundo del que su profesor no es consciente pero que, en gran medida, ha forjado su carácter, ha determinado que, una vez llegada una edad, ya no pueda admitir que alguien le grite más. Y si se marcha, es cierto que no será culpa de ese profesor, es su decisión. Este evento no es suficientemente importante para cargar con esa responsabilidad, pero, maldita sea, era un cordón a punto de deshilacharse y tal vez tuvimos la oportunidad de conseguir mantenerlo sujeto unos meses más. Porque si se va, ahora no, pero seguro que en no mucho tiempo se dará cuenta de la gran diferencia que supone tener o no su título. No importa que no tengas la idea de hacer una carrera universitaria, tal vez nunca lo necesites, pero la cuestión es no cerrarse puertas. Sé que tienes planes que en este momento te saben a libertad, que es lo único que deseas y, tal vez ahora ese papel no tenga importancia, pero la vida da demasiadas vueltas, como para no asegurarte lo más que puedas. ¡Y te queda tan poco!

En una parte anterior a mi relato, comentaba que cuando la clase se te va de las manos hay un momento en el que ya solo ves dos opciones: matar o morir (metafóricamente hablando), pero hay una tercera, una que nos dejó Aute en una hermosa canción con la que despediré mi capítulo de hoy: Entre morir o matar, prefiero AMAR. Ya sé que es imposible conocer las circunstancias de cada uno de nuestros alumnos, y cuanto más mayores se hacen, más difícil es porque se tornan más celosos de su intimidad, pero si tuviéramos siempre presente que tras cada alumno o alumna puede haber un hilo a punto de romperse, tal vez, solo tal vez, podríamos tener siempre más presente la opción de amar. De conjugar ese verbo cada vez que reñimos, que aconsejamos, que explicamos… Cada vez que hablamos. Y, sobre todo, cuando como humanos que somos, no lo hacemos del todo bien, debemos amar para poder rectificar. Porque, tal vez, de ese gesto dependa el futuro de esa persona.

No, ser profesor no es nada fácil, en momentos como este soy más consciente que nunca de la grandísima responsabilidad que tenemos. Ojalá fuéramos infalibles, ojalá los padres lo fueran, pero no lo somos, por eso a lo más que podemos aspirar es a ser humildes y tener más capacidad de comprensión. 

Esta semana, tras todo lo ocurrido con este alumno, tras todo lo que a mí me ha removido, he ido a un aula colindante a otra en la que yo imparto clases. No nos separa ni un verdadero tabique y son chicos muy ruidosos. Molestan mucho incluso cuando están con su profesor, así que hace relativamente poco, perdí los papeles y aporreé literalmente la puerta que nos separa, desesperada por no poder explicar a los míos. Importándome poco lo nada educado, ni educativo que fue ese gesto. Eso sin contar la falta de respeto que tuve con el compañero que allí se encontraba. Durante el fin de semana pasado tomé la decisión de que lo primero que haría al llegar el lunes sería ir a esa clase a pedir disculpas por mi gesto. Y puede que a ellos les dé igual, puede que no sirva para nada, tal vez, pero yo debía hacerlo, porque debo dar ese ejemplo. Porque no puedo dejar que aprendan que dar un porrazo es correcto y, si yo lo hago, ellos también se verán más tarde en el derecho. Creo que la idea ya está clara, pero por si acaso, lo diré de nuevo: Tengo clarísimo que volveré a equivocar el gesto en alguna ocasión, aunque tenga la firme intención de que no vuelva a ocurrirme, pero jamás, jamás dejaré de pedir perdón cuando, desbordada por las circunstancias, no sea capaz de controlar mis emociones. Lo que pasa en un momento de calentón es inevitable, lo que haces después es lo que marca la diferencia.

Todo cuanto os he contado lo he contado desde mi punto de vista como profesora, pero se puede aplicar en cualquier relación con otra persona. Da igual si tratamos de la relación entre padres e hijos, entre amigos, entre pareja… Da igual quién inicie una disputa o quién la acabe o quién lo haga peor. La cuestión es que, cuando la tormenta pasa, todos deberíamos ser capaces de mostrar generosidad y disculparnos por la parte que nos toca. Incluso si pensamos que no erramos en nada, os aseguro que la otra parte pensará que sí, así que disculparse por la percepción que pudiste causar ya es construir un puente para el perdón.

¡Cómo me hubiera gustado charlar contigo sobre estas cosas, Sulayman! Escuchar tu carta y hablar luego de percepción, de prejuicios, de construir, de lo que te hubiera gustado cambiar, de lo que te hubiera gustado que tu profesor cambiara, de qué te gustaría que los que nos escuchen tomaran nota. Desde luego, este podcast se hubiera enriquecido mucho con tu presencia. Sin embargo, no estás aquí a mi lado y me deja un sabor amargo el fin de este capítulo porque siento que tu ausencia es un fracaso de mi labor como profesora. Espero que tus sueños se hagan realidad a pesar de lo que decidas ahora, espero que sea lo que sea que hagas en este mundo seas sobre todo feliz. Sabes que, cuando quieras, tienes en mí a una amiga que te respeta. Gracias por haberme mostrado un poquito de tu corazón. 

Amigos, debo despedirme ya. Podéis encontrar éste y otros capítulos del Guante Azul en mi blog Enmiotraclase.wordpress.com. Aunque, sinceramente, me basta con que escuchéis éste y sirva para remover vuestras conciencias. Si al terminar os acordáis de alguien con quien estéis en malos términos y decidís dar el paso para disculparos y construir ese puente que os acerque, yo habré hecho algo bueno y Sulayman habrá ganado. Si os ha tocado un poquito esta historia, compartidla, difundidla. Entre morir o matar, prefiero amar…


sábado, 4 de marzo de 2023

ATRAPADA EN LAS SOMBRAS


            De verdad que lamento llegar últimamente a este espacio con una queja, un dolor o una tristeza. Os confieso que hay un capítulo de mi historia que deseo contar, que me quema en las entrañas y es de pura felicidad, pero aún no ha llegado. Por momentos pienso que está ya casi a punto de suceder y, al momento siguiente, lo veo tan inalcanzable que me hundo todavía más en mis profundidades, con todas estas otras historias que también componen mi vida que “me perturban, angustian o atormentan”, como diría aquélla… Por fortuna, sigo teniendo esto, que muchos creen que es un don, que es contar con las palabras para calmar mi alma, así que, por mucho que me pese que la gran mayoría de cachitos de mi existencia que os comparto no sean alegrías, agradezco la existencia de éste, mi espacio, para gritar al vacío, tanto si se me oye, como si no. Creo que hacerlo, además de liberarme, me sirve para encontrar al final la esperanza que necesito para seguir adelante, y con este fin último, mis manos y mi voz hoy van a contar en “Día a día” y en “Batiburrillo”, este capítulo al que he llamado “Atrapada en las sombras” y al que te doy la bienvenida. 

         Esta historia comienza con un whatsapp de alguien que me pidió su ayuda. Lo que le pasaba y la ayuda que le presté ahora ya no importa. De todo ello ya hablé en otro momento y en otro lugar parecido a éste y con certeza tuvo la difusión necesaria, que no es lo que espero en este caso. Pero aprovecho la ocasión para dar las gracias a todo aquél que, por azar o cualquier otro misterioso algoritmo internauta, acabe leyendo u oyendo esto y participara en aquella difusión. 

         En realidad, hoy de lo que vengo a hablar es de la repercusión personal que ha supuesto y supone para mí todo lo que ha removido esta situación, al margen de lo profesional o además de en lo profesional. Me encuentro ante el silencio para darme cuenta de todo…

         Hacía tiempo que no me sentía útil. Hacía tiempo que no me sentía necesitada y poder hacer algo por alguien, al que además tienes cierto cariño, te da un subidón de dopamina, como si de una droga se hubiera tratado. Joder, empezando por el final, yo creo que estoy bajo los efectos del síndrome de abstinencia tras el paso de la ola de euforia. Aunque bueno, no es tan sencillo como eso. No soy una yonqui del “buensamaritanismo” precisamente, así que hay más bajo esta manta.

         No me arrepiento de nada y lo volvería a hacer todo igual, pero debo reconocer que llevo un mes de resaca emocional que me ha desconcertado, que me ha desviado de mi foco y que me ha hecho y me hace llorar sin aparentes motivos en más ocasiones de las que puedo contar con los dedos de todas mis extremidades. Así que, naturalmente, a veces me pregunto si ha merecido la pena todo este asunto. 

         He comenzado diciendo que volvería a repetir todo lo que he hecho, así que la respuesta a la pregunta anterior, es obvia. Pero indudablemente si hoy por hoy no me encuentro bien al respecto es por algo y eso es lo que necesito ordenar en mi mente, como casi siempre hago cuando recurro al cursor parpadeante de un documento en blanco.

         Las listas de cotejo mentales no me son suficientes, debo verlas impresas para aclararme, así que voy a ello y, me dirigiré expresamente a ti, porque, de alguna manera es la forma en la que necesito hacerlo: 
                     •En primer lugar, removiste los cimientos de mi yo profesional, me di cuenta más que nunca de mi mala praxis en ocasiones y me sentí avergonzada. A pesar de todo, esa reflexión, esa autocrítica que provocaste que ocurriera de manera colateral , es positiva porque me ha servido para ser mejor en mi labor y tardaré en olvidar lo que ya sabía, pero que vas dejando a un lado con el devenir de los años de profesión, aunque sea, tal vez, lo más importante de nuestra labor como educadores.

                     •Luego, sentí tu agradecimiento. Un bálsamo. Un masaje relajante para una mente aturdida y me dejé invadir por esa agradable sensación. Pero los efectos de los masajes y los bálsamos son efímeros. Los dolores vuelven al poco, acompañados de revelaciones sobre lo que realmente los provocan. Vi un vacío infinito que hace tiempo que no quiero mirar. Tan enfocada estoy en el objetivo de conseguir esa plaza que parece que nunca va a llegar que, poco a poco, he renunciado a cada vez más cosas, a cosas que son las que realmente importan en la vida. Me he aislado en el convencimiento de que, solo poniendo todo mi empeño en esto lo conseguiré, de que el sacrificio es lo que me llevará al éxito. Pero, ¿de qué sirve el éxito si cuando lo consiga no te queda ya nadie para compartirlo? ¿Es que pienso que mi vida comenzará entonces? Tal vez para alguien de 19 años sea así, pero para alguien que ya roza los 50, lo único que siento es que he desperdiciado demasiados momentos de felicidad plena por creer que no debía permitírmelos hasta no conseguir mi meta. Me siento sola. Ésa es la pura realidad y te sigo en redes y leo algunas de tus reflexiones y siento vértigo al ver lo que te estás autoimponiendo. Deseo que no pase mucho tiempo hasta conseguir tus objetivos, pero eso no lo puedes saber y, en ocasiones, las notas que publicas, me dan miedo porque se encaminan peligrosamente al mismo sendero que yo he seguido. 

                 •Pasamos una tarde larguísima hablando y hacía ni me acuerdo del tiempo que no pasaba una tarde así: dejando a un lado todo por escuchar a otro ser humano, por escucharte a ti, por compartir, entre canciones, tus pensamientos, tus ideas y mis recuerdos. Me sentí una chiquilla, liviana, sin lastres, tan solo disfrutando de la compañía de un amigo. Fue un regalo aquella tarde, de veras. Pero luego que pasara, cuando ya te llevé a casa y volví a mi verdadero mundo, me di de bruces con la realidad que te contaba antes: la soledad. Porque además, por más que te ofreciera sin reservas mi amistad, tú nunca podrás ser mi amigo. No, al menos, en una relación de igualdad. Tal y como te dije, aquí me tendrás siempre si me necesitas, pero yo no puedo contar contigo de la misma manera. Y eso es una realidad que, de alguna forma, me ha hecho sentir vieja y no ha sido una sensación muy agradable…

                 •En los últimos cuatro años no me he permitido ninguna nueva ilusión, no he permitido que nadie entrara en mi corazón para revolverlo y hacer que latiera por lo que de verdad importa. Me he refugiado en mi trabajo, me he ilusionado con el autoaprendizaje y la creación, que realmente son cuestiones que me fascinan, pero también me he engañado a mí misma pretendiendo que esas ilusiones podían llenar lo que solo otros seres humanos y lo que compartes con ellos pueden llenar. Aquella tarde que compartí contigo me mostró la falta que me hace llenar mi vida de más momentos así y fíjate lo sencillo que fue: rooibos, frutos secos, una playlist estupenda y una copa de vino que animó mi espíritu de esa manera que solo la buena compañía extrae del vino. Sin embargo, eso tan simple es lo que llevo negándome todo este tiempo. Y, la situación que nos ha llevado a compartir ese momento, ha revelado esta carencia. No me arrepiento de haber vivido ese regalo, pero sé que no volverá a repetirse porque, como te decía antes, nuestra amistad es un espejismo y sería una necia si esperase lo contrario. 

                 •Y, bueno, en definitiva, todo lo que ha acontecido desde aquel whatsapp tuyo, ha abierto una herida que ahora sangra en el peor de los momentos. Porque justo ahora no puedo ponerle remedio, porque justo ahora no puedo salirme del camino que tomé, a tan pocos meses de enfrentarme a los exámenes. Pero lo cierto es que la sangre está manando con tal ímpetu que me deja sin fuerzas. Y daría lo que fuera por una mano amiga que me sirviera una copa de vino y que me ayudara a recuperarlas con una tarde compartida cargada de buenos sentimientos, sin hacerme sentir después que no era una falsa ilusión, pero no existe esa persona ahora, al menos, no cerca, no que pueda hacer lo que hiciste tú sin querer. 


         Pero aunque no existe esa mano, necesito las fuerzas para llegar al final, por eso, recurro a esta terapia personal. Reconocer lo que me está haciendo mal es el primer paso para poder dejarlo atrás, al menos, aplazarlo hasta un momento en el que pueda enfocarme en ello para solucionarlo. Necesito mis fuerzas para salir de las sombras, para darme cuenta de que ya he andado el camino, al mirar atrás y que del lodo nacen las flores más altas. 


        Voy a avanzar, porque retroceder no es una opción. Y avanzar en este momento supone dejar en el recuerdo la revolución que has provocado pasando por mi vida. Solo quiero, antes de hacerlo, dejarte mi ejemplo como consejo: por favor, persigue tus sueños, pero no dejes que tus sueños pisoteen tu corazón, no te conviertas en una isla pensando que sin más tierra podrás crecer. No pierdas tu humanidad en pos de un objetivo material, porque la felicidad no está hecha de sustancia tangible alguna. No la pospongas. Por favor no la pospongas.  

           Me voy a despedir ya, amigos. Espero haber conseguido, contando en voz alta mis pensamientos, cerrar este capítulo de mi historia para poder volver a centrarme plenamente en esta carrera de fondo que son mis oposiciones. Es, en cierto modo, una despedida de esa persona a la que me dirijo deseando que consiga todo lo que se proponga, pero sin olvidarse de cuidar su corazón. También es una declaración de intenciones que me hago a mí misma. Tras esta convocatoria no dejaré que nunca más algo material sea tan importante como para robarme la felicidad del amor y la amistad. Espero poder contarlo así en próximos capítulos en Batiburrillo. Os dejo con Lodo de Xoel López, que ha inspirado el título de éste. Un abrazo.


jueves, 28 de julio de 2022

BASURA MENTAL

 A veces echo de menos todas esas veces en que me he sentido mal y he sabido exactamente por qué. Al menos, en todas esas ocasiones, incluso en ésas en las que la solución no era algo tangible, tenía claro a qué podía achacar mi estado de ánimo. 

Este verano me estoy volviendo loca como nunca intentando definir precisamente mi estado de ánimo: ¿estoy triste, me siento sola o es que he llegado a tal punto que no necesito nada ni nadie para estar en paz? ¿Es eso, es que he encontrado la paz y serenidad que nunca he tenido? ¿Entonces, debería sentirme feliz? ¿Lo soy? 


Mientras trataba de echarme la siesta hoy, he creído atisbar por un momento el inicio a una respuesta para mí misma y me he levantado para ponerla en claro sobre papel (o lo que es lo mismo, la página en blanco de mi blog), pero a medida que escribo se me pierde la clarividencia que tuve hace un rato. En realidad, solo tengo sensaciones que bailan en mi mente y que producen ciertos efectos en mi ritmo cardiaco o en el modo en el que salivo y trato de darle a todo ello una forma, trato de materializarlo en palabras. Si siento esta necesidad es porque no estoy siendo feliz ahora, supongo, no sé, porque juro que no sé ya que se supone que es ser feliz o estar bien. 

Estar bien no puede ser no tener ganas de estar con nadie, en el sentido más amplio de la palabra, y no tener ganas de hacer nada, pero, al mismo tiempo sentir la falta de compañía y de llenar las horas con las típicas  experiencias que a todo el mundo le gusta disfrutar.  

Por un momento, como decía antes, he creído tener la respuesta a esa paradoja. Me ha venido a la cabeza la palabra "efímero" y luego la palabra "vacío". Y he hilado una frase entera para conectarlas: no me llena quedar con alguien porque la alegría que eso me da es efímera y luego me deja una sensación de vacío más real que la que siento en mi día a día. Ésa está ahí como parte de la rutina y se difumina entre el trabajo, la lectura, las horas de sueño y las horas de Netflix del día. Ésa es soportable, pero el agujero negro que sobreviene a unas horas de estar en compañía es inaguantable. 

El vacío que sobreviene al final del curso es implacable. El vacío que sobrevino al infructuoso resultado de mis oposiciones del año pasado ha sido y sigue siendo devastador. ¿Será eso? ¿Será que aquella "depresión" no fue superada y solo ha estado oculta por el devenir de los días de trabajo, con sus satisfacciones y decepciones normales y ahora que se hace parón vacacional se deja ver y sentir con toda su crudeza? ¿Realmente es eso? ¡No sé yo si es tan fácil! 

¡Necesitas un psicólogo! Tal vez, pero es que no sé ni por donde empezar porque siento que balbuceo cuando trato de contar algo, o que las explicaciones que doy no son más que mentiras, que lo que realmente es no es lo que cuento, o que no soy capaz de contar nada o que todo está demasiado enredado en mi interior que será imposible llegar a desenmarañar nada, o que todo es cuestión de que me doy demasiada importancia y que no debería, o yo qué sé. 

A veces siento que tengo envidia de mis mejores amigas por lo que tienen en sus vidas que yo no tengo y por eso me resulta insoportable la idea de estar con ellas. Y, cuando lo hago, en gran medida lo hago porque me obligo a hacerlo, porque lucho contra ese pálpito desbocado y me esfuerzo en el que creo que es el verdadero sentir que también tengo, que es el gran cariño que siento por ellas. Pero este verano me está costando más, mucho más, porque me pregunto, de manera inconsciente hasta ahora, si realmente yo las quiero, porque, cómo puedo decir que las quiero y sentir esta mierda? Creo que eso me hace sentir falsa. Y, en otros instantes, lo que pienso es que yo las he querido mucho más a ellas que ellas a mí y que, simplemente, al cambiar sus vidas con la llegada de sus parejas, me han colocado en un sitio diferente y eso ha sido una decepción porque yo no las he movido de donde estaban. En realidad no es que no me quieran, lo sé, vamos, si mi vida se hubiera desenvuelto a la par que la de ellas, ese movimiento hubiera estado sincronizado y todo hubiera encajado a la perfección, pero no ha sido así, por lo que he tenido que, primero soportar la decepción, luego, entender que la que está equivocada soy yo, que no hay un motivo real para ese sentimiento, que tal vez la que no sabe realmente querer soy yo...  Pero, en el fondo la clave está en la palabra encajar, es que es eso, que siento que ya no encajo. Y da igual, lo mire como lo mire, racionalizar no me está dando buen resultado porque el asunto sigue siendo que  NO deseo estar con ellas. Porque entonces la sensación de no encajar o que mi vida no está como debiera se hace muy muy fuerte. Tanto, como para que luego de pasar un "buen día" me quede tal desazón que me pase una semana entera  de la cama al sillón, y del sillón a la cama y planteándome toda esta porquería bajo los efectos de un subidón de helado y pizza. 

Hace más o menos eso, una semana, que alteré mi rutina de ejercicios matutinos, estudio, piscina y libro, por un día lleno de actividades con una de mis grandes amigas. ¿Disfruté del día? He tratado de analizarlo objetivamente porque necesito saber si me compensa o no. Luego me he preguntado también si debo buscar esa compensación, si es que me equivoco al verlo desde ese punto de vista... Sigo sin llegar a una conclusión. Solo puedo decir que ha habido ocasiones en mi vida que tras un evento he notado consecuencias adversas, pero que he tenido la sensación esa de decir: "que me quiten lo bailao", pero en estos momentos no me pasa con nada de lo que hago, porque nada de lo que hago está impreso de la ilusión con la que he vivido otros momentos. 

He dedicado este curso muchísimas horas a elaborar lo que yo he creído un gran material. Me ha ilusionado y he disfrutado de todas y cada una de las horas dedicadas a tal labor, pero lo cierto es que, pasado el curso, el valor de lo que he hecho es NINGUNO. No soy para mis alumnos la mejor profesora por eso, ni a nadie le importa un carajo lo que he hecho, ni siquiera a mí ahora, porque tengo serias dudas de si esa metodología supuestamente innovadora por la que he querido apostar realmente es efectiva. Quiero quedarme con que esas horas las disfruté y eso hago, pero lo cierto es que pensar en no haber causado un buen efecto en el aprendizaje de mi alumnado me martiriza. También me he dado cuenta de lo efímero que es el supuesto cariño de los alumnos. Y, a ver, ¿qué voy a pretender? Lo malo no es que sea así y saberlo, lo malo es que aún sabiéndolo y entendiéndolo me duela sin poder evitarlo. Algo no va bien en mí si necesito que el cariño de mis alumnos llenen "el vacío". Así,  ¿cómo no voy a quedar decepcionada? Pues nada, la revelación llega siempre a final de curso y sirve solo para que el agujero negro cobre fuerza.

Y, de la misma manera, haber apostado mi felicidad al resultado de lo que creía una plaza merecidísima, en la última convocatoria solo ha servido para agrandar el campo magnético de ese abismo. Recuerdo el dicho ése de "desafortunado en juegos afortunado en amores", pues es como si solo existiera la una o la otra posibilidad y haber creído que sacrificando todo lo demás por el estudio estaba claro que tenía que conseguirlo esta vez, sin embargo, he acabado con la sensación de que y a mí no me ha tocado ninguna de las dos posibilidades del Universo. Que no merezco nada y que nada de lo que me importa es lo que tengo. Pero es más todavía, porque sí que tengo la sesera suficiente como para saber que en mi Universo no hay solo dos componentes y que sería injusto no darme cuenta de todo lo que sí tengo, pero el problema es que, soy consciente de lo que tengo pero no soy capaz de sentir que sea suficiente para que me sienta de otra forma de la que me siento. Por tanto, debo sumar a mi insatisfacción y mi decepción, el hecho se saberme una ingrata. Y, por no querer serlo, me obligo a estar con mis amigas o con mi familia cuando me hace más daño que bien, porque, en el fondo, si no lo hiciera, ¿qué pasaría? Bueno, si no hiciera, al menos, lo mínimo que hago, supongo que, en más bien poco tiempo, caería en el olvido para todos. Entonces sí que me quedaría sola, que sería lo que merecería, por supuesto. A veces pienso que no merezco ni el cariño de mi madre, porque es la primera con la que no me comporto como en el fondo me gustaría comportarme y, precisamente por ser mi madre, es con la que me esfuerzo menos en no parecer una ingrata. Echo muchísimo de menos a mi padre y me odio por no aprovechar que mi madre sí está. ¿A qué espero, a que ya no esté para llorarla como le lloro a él? ¡Soy imbécil sin remedio!


¡Cuánta basura se puede acumular entre las neuronas! ¿Realmente quiero saberlo? Querer encontrar el inicio de toda esta cascada de sinsentidos me resulta insultante para tantos problemas reales que existen en el mundo. Cada vez que llego a este punto en mis reflexiones me avergüenzo tanto, tantísimo, de no considerarme una persona afortunada que me obligo a decir que lo soy. Me siento obligada a sentirme afortunada por lo que yo llamo "haber llegado a mi punto de tranquilidad". Lo malo es que para mantenerme ahí necesito no salirme de una rutina muy marcada y limitada (lease: la famosa zona de confort, que en mi caso es mi casa, con mis gatos y mi trabajo). Pero las vacaciones siempre llegan para joderlo todo. Así que, o me voy a un psicólogo o aprieto el culo y pienso que ya solo queda un mes para que empiece el nuevo curso... Lo segundo es más barato.


domingo, 24 de abril de 2022

LA LLAVE DEL COCHE

Dicen que para cada refrán hay un contrarefrán, por ejemplo, para "A quién madruga, Dios le ayuda" estaría "No por mucho madrugar, amanece más temprano". 
 En esta ocasión (y otras muchas por el estilo), me acojo al segundo... Decidan ustedes si no:



Hará como una semana, más o menos, fui con mi familia a comer. Como suele ser habitual, yo voy a casa de mi madre con mi coche y, una vez allí, nos juntamos todos en uno para ir donde sea. Esta vez, el coche usado para el desplazamiento fue el mío, pero cedí gustosamente a mi cuñado el manejo del vehículo. Así fue como pudo notar que a las ruedas de mi coche les faltaba presión y me lo comentó soltando un chascarrillo: "Oye, ¿en Benalmádena cuesta mucho el aire?". "Ja, ja (le contesté), si te digo la verdad, llevo días diciendo que tengo que parar en una gasolinera y es que no me da la vida, cuando me acuerdo no es el momento...".

Pues bien, esta mañana, por fin, era el momento. Domingo, me he levantado muy temprano, no estaba lloviendo... Me he dicho, "pues venga, te pones las mallas, coges agua y te vas a dar una buena caminata de dos horas por el paseo marítimo, pero antes, paras en la dichosa gasolinera y le pones aire a las ruedas, que un día de estos te pasa algo por dejada".

Pues me he puesto las mallas, he cogido el agua y he tirado para la gasolinera... 

Tenía 2 euros y la máquina funciona con monedas de uno, así que antes de proceder al ejercicio de agacharme, quitar los tapones de las válvulas y enganchar la manguera del aire, he pasado por la caja a que me cambiaran el dinero. No me imaginaba yo en ese momento que las amables chicas del turno iban a convertirse en "amigas del alma".

Vuelvo al coche, abro la puerta del copiloto que me quedaba más a mano de la máquina y en el acto más estúpido de todo lo que llevamos de año, echo la llave al asiento para que no me estorbara mientras inflaba las ruedas contra reloj (con un euro tienes 5 minutos de aire, que si lo piensas, tiene huevos que te cobren por el aire) y cierro sin más la puerta, quedando yo fuera con el euro en la mano. 

No he terminado de agacharme cuando, de repente, escucho, "clack, clack", el inconfundible sonido del cierre automático de mi coche. "¡Ay, no, no puede ser, si no le he dado a ningún lado! ¿Cómo puede cerrarse solo el coche?".

Pues sí, se me ha cerrado el coche con la llave dentro. La llave, el teléfono, el dinero, vaya, un completo.


Adiós al domingo tempranero que me iba a servir para hacer ejercicio y relajarme. Un calor súbito me ha subido desde las entrañas hasta la cabeza poniendo colorada mi cara y acelerando el corazón. Como yo soy una persona tranquila y serena, NO he entrado a la gasolinera hecha una histérica, ni me he puesto casi a lloriquear diciendo que tenía un GRAVE  problema, un PROBLEMA  muy gordo. Como soy tranquila y serena, simplemente me he tomado el incidente como lo más gracioso que podía pasarme en la buena mañana de domingo en la que, por madrugar, Dios me estaba ayudando. 

En fin, los que ya me conocen habrán apreciado el sarcasmo de mis anteriores frases. Lo cierto es que hecha un nervio le he contado a las chicas de la gasolinera lo que me había pasado y que, además, por haber dejado el teléfono también dentro del coche, no tenía a quién avisar, porque esto es una realidad: ¿Quién se aprende ya los números desde que tenemos la lista de contactos? Yo no.

Mis compañeras de fatiga que, por cierto, se merecen un cachito de cielo por calmarme y acompañarme los casi 90 minutos que ha durado la tragedia, se llaman Alicia y Virginia. Virginia ha sido la que estaba en la caja cuando he reaparecido con las manos en la cabeza advirtiendo del problema. A Alicia le he estropeado el desayuno, que en eso estaba cuando he llegado temblando por el espanto de mi torpeza.

Virginia me ha dicho que lo único que se le ocurría era romper un cristal, que ella tenía un "aparatejo" que servía para eso y que si quería me lo prestaba. Supongo que ésa hubiera sido la opción en caso de no haber podido solucionar la cosa de otra manera, pero supongo que, a pesar de mis nervios, el sentido común me estaba diciendo que le diera una oportunidad más a mis neuronas, que para algo estaban ahí arriba (concreto ubicación: me refiero al cerebro). O, tal vez, porque sé por experiencia que romper el cristal de un coche no es tan fácil como parece, que ya tuve otra como esta con mi antiguo Hyundai. (Supongo que se preguntarán "¿cómo habiéndole pasado algo así en el pasado se ha vuelto a dejar la llave dentro?". Bueno, la cosa fue diferente, el primer coche tenía pestillos de esos en barrote y, sin querer, le di justo cuando cerraba la puerta, en este caso, nunca pensé que pudiera pasar porque mi Toyota no tiene esa clase de pestillo y por tanto ese incidente era imposible que pasara, ¿vale? Lo que pasa, listillo/a es que , al parecer, el Toyota tiene un sistema de seguridad exquisito que si te dejas el coche abierto, al cabo de un rato, se cierra. Que ya les digo yo que esto para mí es nuevo, pero todos los días se aprende algo, supongo otra vez...).

Bien, Alicia seguía calmándome y diciendo por las dos que debíamos seguir pensando. A ver: si no me

acordaba de ningún teléfono (que yo sabía que en casa de mi madre había una copia de la llave del coche), podíamos llamar al seguro... Pues lo siento, pero con el bloqueo de la puerta también se bloqueó mi córtex frontal, que por más que me lo estaba estrujando no era capaz de acordarse de la compañía de seguro con la que tengo el contrato. Esto es bueno, ojo, eso significa que no he tenido que dar un parte desde hace muuuuchooooo tiempo. Así que, a una de las chicas se le ocurre que podemos llamar a la policía local, que pa eso están , pa atender al ciudadano, ¿no? 

Mientras que decidíamos llamar, una de las chicas (ya no me acuerdo cuál) dice que a lo mejor la policía puede dar con mi compañía de seguro. ¡¡Claro, seguro que sí!! Y, oye, aquello ya empezaba a pintar a solución, mejor que andar rompiendo el cristal, que es pan para hoy y hambre para mañana.

Efectivamente, la policía me proporciona el teléfono de mi compañía de seguro, la cual comprueban con el número de mi matrícula. Llamo a la compañía, informo del incidente y me advierten que mandan a la grúa, pero que si el sistema de seguridad de mi coche impide que el operario pueda abrirlo con las herramientas que suelen usar para tal fin, la otra opción es enviar un duplicado de la llave pero que esto puede excederse de lo que cubre el seguro tocándome realizar un copago que no sabía indicarme muy bien a cuánto ascendería. En ese momento, lo importante era abrir el coche, ya me preocuparía por el dinero, pero  les aseguro que me ha venido a la cabeza el chascarrillo de mi cuñado, "¿En Benalmádena cuesta mucho el aire?" Ja, ja.


El operario estaba ya de camino, tardaría unos 40 minutos. En el transcurso de ese rato, una patrulla de policía acude a la gasolinera para interesarse por el asunto tras la llamada realizada a la comisaría. Salgo con ellos hasta donde mi coche estaba aguardando el aire para sus ruedas y allí se quedan conmigo, ya bastante más tranquila, rememorando la estupidez supina que había cometido y mirando desde la ventanilla la llave y el teléfono encima del asiendo, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Se me ha antojado que entre los objetos de deseo estaba teniendo lugar una jocosa conversación mofándose de su propietaria, pero esto es tan solo mi mente fantasiosa que le da por ahí en este tipo de situaciones. 

Uno de los polis me comenta que lo de abrir la puerta va a ser bastante improbable, que el tiene un Toyota y bla, bla, bla. Así que ya me voy haciendo la idea de que habrá que romper el cristal y comenzamos a darle vueltas a ver qué cristal deberíamos romper para hacer el menos daño posible. Y, mientras estábamos en esto, el otro poli va y dice, "bueno, podemos ver si damos con el teléfono de tu hermana". Me preguntan si vive en Benalmádena, a lo cual contesto que no, y me dicen que si estuviera empadronada aquí sería fácil acceder a su teléfono. Entonces, digo, "bueno, pero vive en Málaga, entonces la policía de Málaga la puede localizar, ¿no?". El poli, que también ya es mi "amigo del alma", dice, "vamos a intentarlo". Toma los datos de mi hermana y los míos y llama a la Policía local de Málaga para hacer la petición. 

Los policías se quedan conmigo un rato más, pero tienen que ir a otro servicio, así que quedo a la espera de recibir noticias suyas si consiguen el teléfono de  mi hermana, a través del teléfono de la gasolinera. 

Ellos se van  y yo vuelvo junto con mis amigas a esperar al operario de la grúa del seguro o a la llamada de la policía. Seguimos riéndonos de mi suerte y contando anécdotas para echar el rato. De repente, suena el teléfono. Virginia lo coge y habla con alguien. Cuelga. Era mi hermana, que viene con las llaves de repuesto desde Málaga. 

¡Olé! ¡Qué felicidad! A continuación llega el operario y le tengo que explicar que mejor voy a esperar a la llave. Él me dice que si quiere me abre la puerta y me explica el mecanismo para hacerlo, pero, como es natural, eso va a suponer un daño al coche, así que le digo que espero y que, si por lo que sea, tuviera algún problema volvería a llamar a la compañía.

El tiempo de espera hasta que ha llegado mi hermana se me ha hecho infinito, pero, por fin, ha llegado con mi cuñado subidos en una pedazo de moto, que parecía que me estaba rescatando el llanero solitario. La pobre me cuenta el susto que se ha llevado al recibir la llamada de la policía de Málaga, realizada a instancias de la policía de Benalmádena, que claro, como no empiezan diciendo, "tranquila que no ha pasado nada grave...", pues nada, hasta que no le han detallado el motivo de la llamada, le iba a dar un síncope (bueno, menos que el mío al cerrárseme la puerta, que mi hermana sí es una persona tranquila y serena, sin sarcasmo).

La llave de repuesto, en un  pis pas, ha resuelto el entuerto. Y a mi cuñado, evidentemente, no he podido
por más que decirle que la culpa de todo es suya por haberme llamado la atención sobre la falta de presión de mis ruedas la semana anterior. Evidentemente, esto se lo he dicho entre risas, interprétese como una broma. Lo que si les he dicho en serio es que estoy muy agradecida de que hayan podido acudir a resolverme una vez más uno de mis pequeños desastres cotidianos. 

En realidad, estoy muy agradecida a ellos, a mis chicas gasolineras, a los polis y al operario de la grúa con el que también me he echado unas carcajaditas. Al final, ha sido una mañana muy divertida y, por supuesto, tras todo el lío, me he ido a andar disfrutando del sol y del mar. 

Así que, volviendo a los refranes y, teniendo en cuenta que si no hubiera madrugado, con toda seguridad hubiera dejado lo de poner aire para otro momento, ¿ustedes que opinan: el primero o el segundo?

Ahora que he terminado la historia con la cual llevo sonriendo todo el rato, yo ya no lo tengo tan claro como al principio...

Por cierto, por si alguien se lo está preguntando: Sí, las ruedas de mi coche ya tienen la presión adecuada. No se piensen que me iba a ir de allí sin ponerle el aire después de todo.

domingo, 20 de febrero de 2022

LA PESTE EN MÁLAGA

 

Ayer, asistí a una visita teatralizada sobre la Peste en Málaga. La epidemia de peste de 1637 fue la peor a la que se enfrentó la ciudad en su historia. De la mano de "Tierra malacitana" pudimos disfrutar de un rato muy agradable, recorriendo parte del casco antiguo (la antigua aduana, la catedral, el "carnero") mientras nos contaban, a su manera, lo que aconteció en el siglo XVII.

Es curioso atender a lo que supuso aquella epidemia viviendo actualmente esta pandemia de la que aún no nos libramos. Tal vez encontréis ciertos paralelismos, pero desde luego, lo que te das cuenta es de lo afortunados que somos de vivir en la época en la que vivimos, hasta cuando de pasar por una pandemia se refiere. Yersinia pestis, ésa fue la bacteria protagonista de "la muerte negra", transmitida por las pulgas de las ratas. Fue introducida en Málaga a través de las ratas que infestaban los barcos que traían el "trigo de mar", necesario por la falta de trigo ocasionado por las malas cosechas de aquel año. Pero, claro, eso entonces no se sabía. 

Muchas fueron las teorías que se dieron para explicar la causa de la epidemia y, en base a esas teorías, sin muchas o ninguna base científica, se tomaron medidas no siempre acertadas, sino todo lo contrario. La superstición, la religión y los intereses de las clases pudientes fueron el caldo de cultivo de las muertes y las injusticias. No quiero contarlo todo, aunque la historia está ahí para quien quiera conocerla, solo puedo recomendar que os apuntéis a una de estas visitas, porque vale la pena aprender de esta manera diferente uno de los episodios más terribles de nuestra ciudad. 



viernes, 31 de diciembre de 2021

Y DE NUEVO VUELVE EL MAR

     Quedan menos de cinco horas para que "nos den las uvas". Estoy esperando a mi madre que se viene esta noche conmigo y después de poner al día mi blog de aula y desearle feliz entrada de año a mis alumnos no podía dejar de entrar aquí a hacer lo propio. 

    No voy a escribir esta vez "un quijote" como siempre me pasa porque tengo "cosillas" que preparar y se me echa el tiempo encima, tan solo desear lo que creo que todos deseamos, a ver si a fuerza de desearlo todos a la vez lo conseguimos, sería genial: mi primera uva, enero, es que no lleguemos a febrero sufriendo aún esta maldita pandemia. Que la vida vuelva a ser la de antes, va  a ser imposible, sobre todo si me paro a pensar en todos aquellos que hoy tienen que lamentar alguna pérdida por esta enfermedad, pero, al menos, que volvamos a despertar sin que haya más noticias en las que nos den cuenta de aún más desgracias.

    Los que me conocéis, ya sabéis de sobra cuál será el deseo de otras de mis uvas, como es natural, pero ni lo voy a mencionar porque la incertidumbre de los nuevos cambios que se avecinan ya han conseguido subirme la tensión durante unos días e incluso me fastidió las ganas de Noche Buena, así que hoy, ahí se queda...

    Y las demás, pues sinceramente, lo único que verdaderamente deseo es que mi corazón siga sintiéndose tan afortunado de contar con tanto amor, que a veces lo damos por sentado, pero no está mal, de vez en cuando, pararse a valorar que nada más lejos de la realidad y que debemos apreciar más este hecho. En este sentido, aunque muchas veces digamos que la familia es lo primero, creo que es lo primero que sufre de esta tendencia nuestra de dar por sentado que van a estar ahí, así que entono el mea culpa y dedico este post en el que pretendo hacer un poco de minfulness y tomar conciencia de la gran suerte que tengo. 

Y, bueno, a parte de esto, hoy me siento especialmente agradecida de la visita que recibí ayer de manera algo inesperada de mi amiga Mª del Mar. Puedo decir, sin lugar a dudas, que esa visita ha sido mi mejor regalo esta Navidad. Ella sabe porqué.

Al levantarme ayer, me fui a caminar antes de que ella llegara y el día amaneció tan espectacular en el mar que me acordé de los paseítos en barco, así que decidí regalarle uno de esos ratitos sobre la sal. Fue una horita muy agradable en su compañía y creo que lancé por la borda algunas estúpidas preocupaciones que me han angustiado últimamente. Amiga, GRACIAS.



 ¡¡¡FELIZ 2022 A TODOS LOS QUE 

ME QUEREIS!!!



domingo, 19 de diciembre de 2021

DESENMARAÑANDO LA MARAÑA

DESENMARAÑAR: Aclarar un asunto difícil de entender, enredado u oscuro. 

 Y el cursor parpadea un buen rato esperando que las palabras justas, y en este caso cobra especial importancia lo de "justas", se abran camino desde el corazón hasta las manos que las teclean... Nuevo parpadeo que me acucia... Vamos allá.

Supongo que lo primero es pedirte disculpas por tener que venir a éste, digamos "disco duro externo", para reordenar los sentimientos que se enredan últimamanete como la hiedra entre mis prolongaciones neuronales. Estoy segura de que lo correcto sería sentarme frente a ti y conversar sobre lo que pasa, pero definir lo que pasa no es fácil, para empezar y, por otro lado, me da miedo que, el no disponer del tiempo que me permite el monólogo de un post, haga que mis palabras se tiñan del sentimiento inadecuado y expresen una intención equivocada. ¿Qué cómo sería posible esto si fuera sincera? Oye, pues sí, tienes razón, pero, no; es que, cuando hay sentimientos encontrados es lo que pasa y encontrar el equilibrio entre ellos es un asunto harto complicado. Por lo menos, para mí. 

 No estoy triste. No estoy enfadada. No siento envidia. No estoy decepcionada. No siento angustia. No me siento sola. 

 Tal vez empezar aclarando esto ya es un gran paso. Al menos te dará una idea (y a mí) del tono con el que lato en este instante. Pero me desvelo a menudo últimamente porque sé que no puedo, como tal vez pretendía, no hablar de la "nueva normalidad" en la que me encuentro, o nos encontramos. 

 Siento desconexión. 

 ¡Hostias, qué pedazo de musa invisible me acaba de soplar en el oído! Creo que no hay una palabra mejor para definir lo que brutalmente ha estado zarandeándome en el centro de este huracán emocional. Es esto: desconexión. 

 Tú y yo conectamos un buen día y durante mucho tiempo ha habido un flujo ininterrumpido de energía que retroalimentaba las dos baterías que éramos las dos. No ha importado nunca la distancia física, era una conexión inalámbrica super potente. A veces, cuando llamo la atención a algunos alumnos charlatanes, les digo "pero, chiquillos, ¿si os veis a todas horas, qué os queda por contaros? ¿No podéis callaros un ratito?" Luego, sonrío para mis adentros porque sé perfectamente lo estúpido de esta pregunta. ¡Claro que siempre hay de lo que hablar cuando se comparte tanto a diario! 

Precisamente cuando compartes a diario es cuando no dejas de tener necesidad de contar. De contar con esa persona en cada instante que vives, y cuando no estás con ella, la piensas en lo que haces y te dices, "luego se lo cuento", o, todavía mejor, le envías un mensaje o una foto para hacerla presente en ese momento, para que eso que has hecho o has dicho o has visto, sea también en su compañía. Cuando existe esa conexión, a veces, no llamas por teléfono un día, pero solo porque sabes que si llamas vas a estar al menos una hora hablando porque, aunque el día anterior ya hablasteis una hora, volverá a ocurrir igual, pero hoy tienes que hacer y no debes perder esa hora, pero si eso, cuando termine, llamo... Sin duda, sabes de qué te hablo.

 Lo curioso es que pasa lo mismo en sentido inverso. Cuando se espacian los contactos, poco a poco te acostumbras a no contarlo todo, porque, en realidad, qué era lo que contabas, cada instante, cada chorrada. Es eso de que si no te lo cuento en el momento después ya pierde su gracia, o su rabia, o su tristeza o su importancia. Porque la mayoría de las cosas que nos ocurren, con el filtro del tiempo, son banales. La pasión está en el instante, no en el resumen semanal. 

Podría sentirme mal porque, a pesar de que, como una rutina impuesta, no faltas en llamarme, al menos, una vez a la semana, la desconexión de la que te hablo ha venido provocada por tu parte, pero no puedo sentirme mal porque lo comprendo y porque, mira, se ha hecho realidad aquello que deseé para ti hace ya algunos años:
Sigo pensando igual.

 Aunque tal vez Órgiva solo fue el escenario. Lo que nos unió realmente es que teníamos algo profundo en común: Un corazón dañado de forma parecida. Luego, además, las dos compartimos la profesión y, desgraciadamente, la agonía de las oposiciones, pero, sabes tan bien como yo que fue lo otro lo que encendió el interruptor. A partir de ahí se activaron muchos otros circuitos, nos conocimos de verdad, nos empezamos a querer y eso ya no tiene vuelta a atrás. Somos AMIGAS, así, con mayúsculas, de ésas que se tienen pocas, de ésas que seguro sabes que van a estar ahí cuando realmente haga falta. Cuando realmente haga falta... 

 No lo dudes. Yo no lo dudo.

 Pero, lo cierto es que en este momento no te hago falta. Supongo que tus instantes, aquéllas chorradas del día a día de las que hablaba antes, los compartes con quien ahora ocupa tu corazón y no puedo más que alegrarme infinitamente porque has conseguido eso que tanto has anhelado. Supongo que, una vez compartido el instante con esa persona, no cabe repetir la hazaña conmigo, y menos a través de un teléfono. Por primera vez la distancia desluce nuestra compañía. O tal vez ocurriría igual aun viviendo cerca. No sé por qué pasa, pero pasa. Y yo he aprendido a asumir que esto es así. Como muy acertadamente me dijiste no hace mucho un día que estaba de "bajoncillo" sin darte cuenta, lo que necesito es encontrar a alguien en mi misma situación. Pero yo ya te encontré a ti. Aunque, efectivamente, ya no estás en mi misma situación. Tú ya no puedes ser la persona que está al otro lado de mis momentos, con la que comparto todo. Tengo la sensación de que te sientes culpable por dejar de serlo y aquí estoy, escribiendo esto para que sepas que no tienes que sentirte culpable de nada. Debes vivir tu historia como la sientas. No la manches con sentimientos de abandono. Pero no manches tampoco nuestra amistad con obligaciones autoimpuestas nacidas de ese estúpido sentimiento de culpa. No me llames una vez por semana como parte de una rutina en tu horario: "cumplir con amigas". Llámame cuando quieras, para lo que quieras, pero no así, que tal vez no sea tu intención, pero es lo que parece. Solo llámame cuando te nazca, cuando verdaderamente te nazca. 

 Yo estoy bien. Tal vez mi corazón no ha sanado gracias al amor de alguien a quien me hubiera gustado conocer, pero ha sanado encontrando una paz en mí misma que no creía posible. He aprendido a aceptar los cambios negativos para mí de una manera más amable. Y para mí, no lo voy a negar,ha sido un cambio negativo que dejes de contar conmigo a diario y tener que dejar de contar contigo como lo hacía hasta hace bien poco, pero estoy en proceso de acostumbrame.  Tal vez por eso, y no por otra cosa, aunque me nazca, no levanto el teléfono últimamente. Pero es que ni tú puedes responderme como antes, ni yo quiero sentirme ridícula esperando la misma respuesta, así que deberás concederme un tiempo para que ser yo la que llame y notar que no es un buen momento no me suponga un mini-drama, que es lo que ocurre si cuelgas o me emplazas a otro momento. Tampoco puedo forzarme a estar en la "misma situación" que tú para sentir que podemos compartir dicha situación, cosa que en algún momento se me ha pasado por la cabeza y hasta he hecho infructuosos intentos. No sé si alguna vez ése será mi camino pero, sin acritud, no deseo una pareja en mi vida que pueda destruir lo que he conseguido y no tengo muy claro que sean tan fuertes los cimientos de mi edificio emocional aún. Lo que sí tengo claro más que nunca es que para que eso no suceda, de existir un camino en pareja para mí, me lo encontraré sin más, no buscándolo por motivos equivocados. 

 Sencillamente, desde la paz de la que te hablaba, he comprendido que no te necesito. Ni a ti, ni a otras personas a las que quiero y con las que me ha pasado algo parecido. No os necesito a ninguno, precisamente porque sé que es tan fuerte a estas alturas el amor que hemos forjado que, si REALMENTE te necesitara, sencillamente, estarías.

 
A veces, observo a mi gato cuando duerme junto a mí. Lo siento tan a gusto con su cabeza acoplada en el hueco entre mi barbilla y mi clavícula que me da mucha pena moverme cuando siento la necesidad, por no romper ese momento. Pero, tarde o temprano, la necesidad gana y cambio de postura perturbando la suya. Protesta. Luego, sin más, oye que le llamo y, a veces viene en seguida, otras, hasta se va de la cama y vuelve más tarde, pero siempre me busca y, a tientas, consigue adaptar su cuerpo a un nuevo espacio, pero junto a mí. Y vuelve a ronronear tan a gusto como antes. Cada hora, cada noche. Un gato da muchas lecciones así, sin saberlo.

 Me parece que la amistad hace lo mismo, se va adaptando a los nuevos huecos. Solo hay que confiar en que siempre estará ahí, junto a ti.

 En este blog tan íntimo que solo yo leo como no lo publique en el "face" hay varias entradas dedicadas a ti por varios motivos y, aunque todas ellas podrían haber sido conversaciones, este lugar es mi memoria. Además de una forma para mí más sencilla de expresar lo que de otro modo seguramente no conseguiría con acierto, es una forma de no olvidar una vida, una forma de querer y por eso tú estás en él. Espero que así lo entiendas. Espero que así me entiendas. Un abrazo, siempre.