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domingo, 20 de agosto de 2023

EL "NUMBER ONE" DE LA FELICIDAD

 Ayer leí un artículo de estos que últimamente te encuentras por todas las RRSS hablando sobre las  cinco claves de la felicidad. A mí este tipo de psicología enlatada que pretende solucionarte la vida haciéndote una lista como si de los mandamientos divinos se tratara, me enfada sobremanera, pero como volvía a estar insomne, me picó la curiosidad sobre cuál sería esta vez el TOP TEN, bueno, TOP FIVE, que todavía tiene más mérito, de la FELICIDAD.


¿Te apetece saber cuál de ellas es la “número uno”?  Quédate conmigo. Hoy en BATIBURRILLO y  en DÍA A DÍA, "EL NUMBER ONE DE LA FELICIDAD".



Debo decir que el artículo tenía más razón que un santo. Claro que no decía nada que no fuera tan obvio que me parezca a mí relevante como para ser motivo de interesante lectura. No obstante, no es mi intención destriparlo. Critico las listas que pretenden ser una receta infalible para conseguir la felicidad porque, la mayoría de las veces, se convierten en sí mismas en un motivo de infelicidad. A menudo, casi de manera inconsciente, el lector interpreta la lista como los criterios de un examen y, conforme lee y observa que no  cumple alguno de esos ítems, va quitándose puntos hasta darse cuenta de que está suspenso en felicidad, así que, lo más probable es que finalice la lectura más desanimado de lo que empezó. O sea, más lejos aún de esa ansiada felicidad.


Pero dejando un poco de lado mi crítica a las listas lowcost, me voy a quedar con o que a mí me pareció el mejor de los consejos para ser feliz: “No hagas aquello que no quieras hacer de corazón”.  Mmmmmm, claro que sí, elemental, querido Watson.

Justamente llevo todo el verano sufriendo una ansiedad que no correspondía con el estado de felicidad en el que debería estar sumida tras haber obtenido mi plaza y el motivo no es otro que incumplir este gran mandamiento.  Pero, vamos a ver, alma de cántaro, ¿es que de verdad se puede no hacer cosas que no quieres hacer?


Que conste que, como ya he dicho, estoy totalmente de acuerdo con las claves de ese artículo, pero es que me parece una utopía. Sobre todo, porque se enfrenta a otra de las claves de la felicidad que propone el mismo artículo, que es socializar. Desde mi punto de vista y sobre todo desde mi experiencia, ser un ser sociable y no hacer cosas que no deseas realmente de corazón son dos trenes enfrentados en la misma vía a toda leche: una catástrofe inevitable.

Cuando eres consciente de que te hace falta crear vínculos con otras personas para sentirte bien, también compras el paquete de hacer cosas a veces por esas personas que no te apetecen demasiado o incluso nada; y si descubres que cuantos menos gestos para cumplir con los deseos de otros, mejor estás, también deberás asumir que eso implica tener cada vez menos vínculos con otros.  Bueno, también está la opción de ser un “jeta”, que supongo yo que realmente es la verdadera clave, pero que como no queda bien, no lo dicen así en los articulitos estos: me refiero a ése o ésa que se las da de peazo amigo/amiga, que sin haberse pringao en nada aparece en el último momento y su sola presencia ya le vale la medalla porque, como era casi imposible que estuviera allí, estarlo ya es motivo de agradecimiento infinito, pero la fiesta ya estaba montada, la mudanza ya estaba hecha o el regalo ya se había ido a comprar por otros… No sé si me explico. ¿Tú conoces a alguien así? ¡Yo seah!


Como yo suspendí en primero de jeta y me quedé repitiendo el curso hasta que me echaron por imposible de esa escuela, resulta que, según el artículo que me ha hecho tanto reír esta madrugada, yo jamás de los jamases seré feliz. Pero como no me da la gana de que me echen de la escuela de la felicidad, mejor escribo al respecto, que es mi modo de mandar a la mierda lo que fastidia. Y mirad, esto sí que es un GRANDÍSIMO CONSEJO PARA SER FELIZ: MANDA A LA MIERDA ALGO DE VEZ EN CUANDO,  que sienta de cojones.


Por más que, poco a poco, he ido reduciendo el número de personas por las que renunciaría a hacer SOLO lo que me salga del corazón en cada momento, nunca consigo dejar el marcador a cero. Siempre hay, afortunadamente, alguien en tu vida que merece que no solo hagas lo que te nace, sino que también haces no que no te nace desde un principio, porque te nace hacerlo por ser ese alguien quien es. 

Pero, ojo, una cosa es eso, que con relativa facilidad encajas porque sabes que te hace feliz el mismo esfuerzo, ya que, repito, esa persona es de tus elegidos que lo merecen, y otra es caer en trampas. Sí, sí, en trampas….Os voy a contar una historia.


 Érase una vez una chica, como tú o como yo, que cada vez es más feliz porque a lo largo de su vida, ha ido superando etapas, consiguiendo con mucho esfuerzo lo que ha creído que realmente deseaba. Por el camino se dio cuenta de que su definición de felicidad era su paz. Conseguir aquello que le reportaba paz en cualquier aspecto vital, era ir por el camino correcto. De hecho, puede decirse que vio claramente un buen día que la felicidad no era su meta, sino que la felicidad era recorrer ese camino de baldosas amarillas limpio de obstáculos que ocultaran esos dorados adoquines. 

Por esta razón, no de la noche a la mañana, pero sí con el devenir de los tiempos, fue dándose cuenta de que debía de desprenderse de deseos materiales que no hacían más que generarle ansiedad. Se dio cuenta de que lo que la hacía infeliz no era no tener ese objeto de deseo, sino el desearlo y no poder tenerlo. Se empezó a preguntar sobre la necesidad real de aquellos objetos y al realizar un análisis honesto, pudo llegar a la conclusión de que, la mayor parte de las veces, sino todas, la única necesidad que observaba no surgía hasta que no se comparaba con otros que los tenían.  

Cuando fue consciente de esto, dejó de desear con tanta avidez esos objetos. De repente, barrer esos deseos de su camino de baldosas, no solo le daba paz, sino que, para colmo, le reportaba  poder: el poder de estar por encima de banalidades a las que otros están esclavizados. Se sentía en paz, libre y poderosa.

Luego que hizo la primera limpieza de objetos, aprendió que barrer es un trabajo que nunca debe dar por hecho. Siempre iban a volver a asaltar su camino dorado mercachifles tratando de venderle necesidades que no tenía, pero cuando el barrer de una buena mañana se convirtió en un hábito, le resultaba más fácil no dejarse encandilar.

Luego tuvo que aprender a hacer una limpieza más difícil: la de la gente. Al principio creía que cuanta más gente estuviera con ella en su perfecto camino de oro, más felicidad tendría, pero se dio cuenta de que mucha de esa gente, lo único que hacía era ensuciar su sendero. Que no sabía muy bien cómo lo hacían pero que, en las partes llanas, siempre estaban, pero, en las cuestas, cuando necesitó ayuda para subirlas, por más que miraba, siempre se le perdían la mayoría.

Así que, pensándolo bien, se dijo que no perdía nada por dejar de esforzarse en ayudar a esa gente a subir sus cuestas. Lo más que podía pasar era que dejaran de estar presentes en las rutas gozosas. Y así fue, con el paso del tiempo, se dio cuenta de que estaba bastante más sola incluso en los tramos donde antes habría estado su camino lleno de gente para celebrar sus logros. 

Aunque, curiosamente, no se sintió más sola. Lo que ocurrió fue que pudo dedicar más tiempo de calidad a disfrutar con la gente que quedaba para celebrar. Eran celebraciones menos ruidosas, pero se escuchaba mejor la música. Y, por otra parte, eran menos las veces que tenía que apartarse de su camino para ayudar en las cuestas de los otros.  Y, por si fuera eso poco, se sintió más poderosa aún al jactarse del valor de las personas que aún quedaban en su vida. Así que comprendió que esa limpieza también había sido útil: más en paz, más libre, más poderosa y más, mucho más feliz.


Como ya hizo con los objetos, analizó la verdadera necesidad que tenía de cada una de las personas que había querido tener a su lado. Entendió que el amor no es un acto incondicional, como le habían tratado de meter en la cabeza: que el amor de uno se lo tienen que merecer, no es algo que se regale sin más.

 Sobre todo aprendió que el amor, bien entendido, empieza por uno mismo y que por esa razón, si aceptas que te traten mal en respuesta al amor que tratas de dar, solo consigues devaluarte y te desmerecerán. Así que no, dejó de medirse por el amor que creía poder ofrecer, para empezar a dedicarse el amor que creía merecer así misma. Tan solo tuvo que limpiar cada mañana bien su espejo, hasta ver en el reflejo su prioridad: su paz.


Pero, como ya os he contado, tras su selección natural, afortunadamente aquella chica contaba con personas que nunca se habían ocultado en las partes duras del camino, que se congratulaban de sus logros y estaban dispuestas a celebrarlos con ella y que respondían a su amor con el mismo amor. Por esas personas, le nacía hacer cosas hermosas, pero también haría lo que no le apeteciera si lo requerían. Tan solo por hacerlas felices. Porque si algo les hiciera felices, también compartiría esa felicidad, así pues, aunque no hubiera muchas personas de esa clase en su vida, no fallaría. 

No obstante, recientemente se ha dado cuenta de algo que lo complica todo si no se anda con cuidado. Alguna de esas personas, tienen en sus propios caminos muchos obstáculos que no han barrido y, sobre todo, mucha gente ruidosa de la que no ha aprendido a desprenderse, de la clase jeta.  La clase jeta tiene una gran habilidad como ya he contado de desaparecer en las cuestas, pero también tienen otra habilidad aún más interesante, es de quinto de jeta, por lo menos, que es hacer que alguien que ha seleccionado en su camino a esa persona en común, crea que debe ayudar en esa parte de la cuesta soportando la carga de dos, aunque esa carga sea una necesidad generada de manera superflua por la jeta. 

Sé que os hecho un lío con tanta metáfora, pero vaya, os lo simplifico: la jeta de turno tiene la ocurrencia de hacer algo que cree que su amiga X, a la que llama del alma, necesita, cuando en realidad, no lo necesita en absoluto. La jeta se lo cuenta a la amiga Y, sabiendo que, para esta última, es imposible decir que no si se trata de cubrir una necesidad de la amiga X , a la que ella tiene como una de sus pocas personas preferentes. Como consecuencia, la amiga Y se hace cargo de todo, sin recibir ya más ningún apoyo de la jeta, que plácidamente esperará al último momento para aparecer y llevarse el amor y agradecimiento de la amiga X por haber cubierto una necesidad que ni siquiera sabía que tenía.  


Lo que ocurre es que la amiga Y, esta vez, ha tenido que pararse a analizar la situación porque la paz de su camino de baldosas amarillas se estaba poniendo en grave peligro. Ha vuelto a sentir una ansiedad que no le correspondía y teniendo ya el buen hábito que tiene, ha llegado a la conclusión de que este no es uno de esos momentos en los que le corresponde a ella desviarse de su camino para ayudar en ninguna cuesta de nadie, es más, cree que efectivamente, ya lo ha hecho, de otras maneras en este trance; pero, cargar con los antojos propuestos por la jeta, no. Eso, si esta persona quiere, que lo haga ella. Hoy se ha dado cuenta de que incluso puede colaborar porque pudiera resultar agradable para la amiga X, pero una cosa es colaborar y otra cargarse ella con el trabajo de las dos, así que, considerando que en nada ayuda a X si ella siente ansiedad, ha decidido no dejarse llevar por los subterfugios de jeta. Esta vez, si tan amiga de alma es, que se lo curre ella solita.  Que no es a jeta a quien tiene que ayudar, que es y siempre será a X.

¿Qué cómo termina esta historia? Pues no lo sé, en ello estamos. Esta madrugada que, como digo, he llegado al punto álgido de ansiedad de este verano, he salido a caminar a las tres de la mañana, desesperada por no poder dormir y, durante las dos horas que he estado calmando a base de cardio mi cabeza, he llegado a la conclusión de que mi ansiedad estaba provocada por haberme creado la obligación de hacer por alguien algo que no me nace del corazón, y que esta ocasión sí es una de las que perfectamente puedo, Y DEBO, no hacerlo. Porque ese alguien no lo necesita, ni me lo ha pedido y porque, aunque pudiera ser de su agrado, es otra persona quien lo ha ideado, pero que luego, se ha quitado de en medio, así pues, lo lógico es que, si le nace a ella, que lo trabaje ella. Que yo con gusto me sumaré a lo que organice, pero no seré yo quien se cargue con más estrés, que, para colmo, me hace parecer que tengo afán de protagonismo, que incluso así lo ha insinuado. 

Por lo pronto, le he escrito para informarle que rehúso seguir organizando sus ideas por la ansiedad que el poco apoyo recibido me está generando, y que delego en ella, que para algo fue su ocurrencia inicialmente. 

Han pasado más de diez horas y no tengo el gusto de que ni si siquiera se haya dignado a contestarme, así pues, me ratifico en mi decisión y en la percepción que de esta persona, como graduada en "jetalandia", ya me he hecho.


martes, 14 de marzo de 2023

CENSURADA

 


Son casi las seis de la mañana y llevo ya dando vueltas en mi cama y en mi cabeza, una vez más, sin poder conciliar el sueño. Escribo, como siempre aquí, para mi desahogo, para no volverme loca, porque no sé de qué otra manera acallar el orgullo herido por la injusticia que, una vez más, parece ser la ganadora en esta mierda de mundo.

La semana pasada, el innombrable del que quisiera  no acordarme, fue a interponer una queja contra mí a Delegación solicitando mediación en el asunto referente al alumno X por el que acabé grabando un podcast, que no quiso tener nunca otra intención mas que hacer autocrítica sobre las ocasiones en las que profesores y padres metemos la pata al gestionar conflictos con nuestros alumnos y/o hijos. Pretendía ser una reflexión con un mensaje positivo que no era más que asumir que todos podemos cometer errores y que pedir perdón nos hace ser mejores personas y tal vez, hacer que nuestro pequeño mundo, el único que podemos controlar, sea más amable. 

Pero el "compañero", al cual no nombro en ningún momento, come ajos y se pica. En vez de leer que lo primero que hago es empatizar con la situación que él vivió y en vez de tomar mi mensaje como una nueva oportunidad de pedir disculpas y quedar como un Dios, escucha con los ojos cegados por un ego que no le cabe en el cuerpo y lleno de rabia, que dudo que fuera de dolor,  toma la decisión de buscar la manera de HACERME DAÑO. 

Como digo, se ha tomado la molestia de interponer una queja a Delegación y ayer, lunes, para empezar bien la semanita, después de un fin de semana igual de "bueno" sabiendo que me esperaba esta visita, un inspector vino a "mediar" en la situación. Lo de mediar es un eufemismo, claro. Por si las comillas no lo dejan claro. 

No he tenido la oportunidad de saber en qué términos se ha redactado la queja por parte de mi compañero, tan solo creo que el señor inspector me ha leído, digamos, el final de la misma, en la que solicita la mediación y requiere que yo retire el podcast de las redes en las que estaba publicado.

A medida que pasan las horas, más me convenzo de que si yo tuviera acceso a ese escrito, podría ser yo la que tuviese razones para  ir a Delegación a interponer una queja o denuncia por injurias, pero claro, eso son elucubraciones mías...

Luego, el inspector tiene a bien escucharme y entiende que, efectivamente, nunca fue mi intención hacerle daño , incluso pude leerle una carta que una desconocida me ha hecho llegar a la antigua usanza, dejándola en mi buzón, en la que me da las gracias porque tras escuchar el podcast con su hijo, les sirvió para arreglar una mala convivencia que se había instalado entre ellos. La carta es emocionante, os lo juro, pero es tan solo una muestra de todos los comentarios que me han llegado acerca de mi podcast. En  ninguna de las notas que he recibido, ni de familiares, amigos, profesionales..., nadie, repito, nadie ha hecho referencia a la mala praxis de este tío; en todos los comentarios lo único que se me transmite es la valentía con la que yo hago MI AUTOCRÍTICA. Así de clara queda reflejada la intención de lo grabado en el podcast. Por tanto, el inspector concluye que no hay motivo de abrir ningún expediente contra mí, pero me "aconseja" que retire de todas formas el podcast, que ya el hecho de que él refleje en su informe que no ve motivos para la apertura de ese expediente, es una forma de no darle la razón a mi compañero. (El caramelito para que te calles la boca, niña, pero tu compi se lleva lo que quiere... o a lo mejor quería más: ¿echarme del centro?). 

Así pues, tras todo lo que expuse, y un poco cansadito ya de mí, supongo, el inspector me da unas opciones para proceder:

1ª_ que acepte retirar el podcast y así no hay motivo de abrir ningún expediente contra mí.

2ª_ que siga adelante y que sea lo que tenga que ser.

Os juro que si no fuera porque ya llevo un mes perdido de estudio, que no os olvidéis que este año estoy otra vez con la tortura de las oposiciones y porque, de hecho, al rellenar la instancia debo marcar una casilla en la que declaro que no tengo ningún expediente abierto que me separe de mi labor docente, me tiro de cabeza a la segunda opción. Pero aunque hasta el inspector me dice que tengo todas las de ganar  y ese expediente finalmente se cerraría a mi favor, no tengo la certeza absoluta y, por tanto, puedo hasta poner en peligro mi derecho a opositar. Esto al margen de que tirar para delante con el expediente  supone alargar el proceso y la tortura en la que me veo inmersa, perdiendo un tiempo que es oro para mí y  mantener un  nivel de ansiedad que ya no puedo controlar noche tras noche.

Así que obviamente, opto "voluntariamente" por retirar el podcast de las redes sociales sin contrapartida alguna para el profesor, tan solo, eso sí, con mi "recomendación"de pedirle disculpas al alumno delante del resto de la clase por la forma en la que redactó en parte que le supuso la expulsión (que ni siquiera ha podido constar como exigencia en lo que se suponía una negociación, que es lo que se entiende que es una mediación, ¿no?: llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes en pos de una mejora de la convivencia).  En realidad, también pedía que me pidiera disculpas a mí por haber llegado al punto de quejarse en Delegación, lo cual sí que es un ataque directo contra mí. Eso, que me perdonen, no tiene otra posible lectura. Pero esta petición ni consta como "recomendación", ¿para qué?, si todos los presentes sabíamos que no iba a acceder.  O sea, que ya está arreglada la convivencia, ¡ea!

 Ya no  podéis escuchar el podcast en Spotify, aunque veáis el enlace en facebook, y en instagram y twitter no he dejado ni el rastro del enlace siquiera. Pero resulta que un blog no es una red social y como lo que él individuo ha solicitado es la retirada del podcast de las redes, me he comprometido justo a eso. Pero ni el texto es un podcast, ni mi blog es una red social, así pues, el que quiera leerlo lo va a seguir teniendo aquí, al menos, hasta que, si se da cuenta, vuelva a tocarme las narices con otra queja en Delegación. 


Ahora, que para la próxima ya he aprendido algo. De la reunión de ayer salí llorando con una mezcla de sentimientos indefinida, supongo que, como decía al principio, herida en mi orgullo por darle lo que quería, sabiendo que no solo es que mi orgullo quede humillado sino que el suyo se va a acrecentar y que, por tanto, su actitud prepotente volverá a imponerse en su trato con los alumnos cada vez que le dé la gana. Inocentemente, pensé, que la tal "mediación" en la que se buscaba "el equilibrio" supondría que tras mi entrevista, habría otra con él en la que le pusieran algunos puntos sobre algunas íes, pero, sinceramente, NO ME LO CREO, porque entre otras cosas, cuando yo me fui de allí, su horario laboral ya había terminado, por lo que más bien creo que la tal "mediación" fue una pura pantomima en la que lo que se pretendía era quitarme las ganas de empezar una lucha, siendo, como es evidente, más fácil convencerme a mí de retirar el podcast, que a él de seguir encojonado y luchando, tal vez, por que me echen del centro. 

[...]

Escribo tras haber pasado ya al día después. De hecho, estoy a punto de irme a la cama a tratar de dormir de una bendita vez. Pero antes de hacerlo, sé que no lo conseguiré si no inserto en esta parte de mi discurso una RECTIFICACIÓN AL PÁRRAFO ANTERIOR, que por otra parte, el pensamiento que me llevó a escribirlo fue en gran medida el motivo que me desveló tan inoportunamente anoche, porque mi mente dolida y aturdida ya después de tantos días sin descanso, llegó a pensar que hasta  mi director y  el inspector me habían manipulado, que igual después se dieron una palmadita en la espalda diciendo lo bien que lo habían hecho, y tal vez, si eso, el director hablara otro día con el innombrable (entiéndase innombrable por un calificativo que no voy a escribir, pero lo dejo a vuestra elección y/o imaginación). Tal vez en esa conversación le dijera que ya estaba todo solucionado, que la imbécil  ésta que suscribe había colado por el aro y que puede seguir siendo el magnífico profesor que es. Igual ,lo celebraran con unas cañas el viernes a la salida.... Las malas noches tienen esto, que destilan las confusiones, aunque a veces los líquidos separados sean muy tóxicos. Anoche quería gritar porque en el fondo he sentido que se me ha sometido a la CENSURA,  pura y dura.

De hecho, el inspector me dio un consejo para la próxima vez que quiera expresarme libremente: "que ya que tengo el don de la palabra, que LO NOVELE". Vaya, como si estuviéramos de nuevo en la época franquista y tuviera que hacer canciones de revista.

 Tal vez en otra ocasión siga el consejo, porque me gustan los recursos literarios, pero HOY NO, HOY NO ME DA LA GANA. YO NO SOY LA QUE HA HECHO ALGO MALO, NI LA QUE HA TENIDO LA MALA LECHE DE CARGAR CONTRA UNA COMPAÑERA CON LA CLARA Y ÚNICA INTENCIÓN DE HACERLE DAÑO.

No obstante, esta vez, publico en este blog mío que es personal, al que poca gente se asoma porque a casi nadie le gusta leer tanto hoy en día y, en realidad es solo mi saco de gritos. El agujero negro que se traga toda mi angustia. Está desvinculado de mi blog profesional, o sea, desde aquí si se puede acceder a "En mi otra clase", pero no a la inversa. Y si publico este enlace será únicamente en facebook donde tan solo tengo amigos, pero vaya, ni ésa es la intención. 

Sin embargo, como decía, hoy es el día después y, aunque me sigo sintiendo destrozada y no me ha quedado más remedio que pedir cita a mi médico de cabecera porque me paso más tiempo del día llorando que con los ojos secos, debo decir, para no faltar a la verdad y porque me hacía falta una dosis, aunque sea pequeñita, de justicia que, cuando he llegado hoy al insti y he pasado por el despacho del director para decirle que ya he retirado religiosamente el podcast de las redes, me ha hecho sentar, me ha notado la cara de enfado, cosa que le he confirmado, pues en nada estoy de acuerdo en haber tenido que retirar mi grabación sin recibir si quiera a cambio una disculpa por el proceder del innombrable y a tenor de la única opción viable que tuve. Como digo, me ha hecho sentar, así que le he preguntado abiertamente sobre mi clarividencia nocturna sobre la NO  entrevista posterior con "la otra parte", pues, como ya he comentado,  comprobé que, por su horario, ya no estaría en el centro.

  Me he llevado una grata sorpresa al saber que, efectivamente, como sospechaba, aun a sabiendas de que el inspector estaba allí y tenía intención de hablar con ambos, al llegar el fin de su jornada, se dio el piro, sin preguntar si quiera por si le iban a reclamar su presencia. Pero le salió la huida cobarde como el tiro por la culata, porque le llamaron por teléfono y tuvo que dar media vuelta para cumplir con la entrevista. 

No voy a entrar en detalles, primero porque son largos y segundo, porque sigue siendo mi intención no cargar contra él más de lo debido, pero tras lo que me ha contado el director, me ha quedado claro que, a lo largo de la entrevista, se le fueron bajando los humos y aunque no va a consentir en pedirme las disculpas que merezco está dispuesto a redactar un escrito en el que se retractará de lo que dijo en Delegación, sean cuales fueran las barbaridades que se le ocurrieran. 

Bueno, el "dire" me ha dicho que conociéndole, es lo más parecido a una disculpa, aunque eso sí, aún sigue esperando que yo me disculpe con él (anotad el dato) de la misma forma que lo he injuriado, o sea grabando un nuevo podcast.  Claro que el inspector, al parecer, le hizo ver que ya estaba bien de tanta gilipollez de pedir lo que no corresponde (obviamente me he permitido una versión libre de las profesionales palabras que seguro tuvo el señor inspector, claro). 

Yo, de todas formas recelo de ese escrito, que por cierto no entregará en persona en Delegación, como si tuvo a bien hacer con su queja. Se le dará registro de entrada en la administración del centro y lo enviará el director para añadir al papeleo que ha generado este "issu", lo cual refleja la cobardía nuevamente de este pusilánime ser. Y como digo, recelo, porque no creo que lo haga movido por "disculparse" de alguna manera conmigo, sino porque prefiere eso antes de recibir una negativa a su petición por parte de la Inspección de abrirme un expediente. 

En fin, qué decir, sea como sea la cosa, a mí me da exactamente igual. Me conforma que ayer se removiera incómodo en la silla al darse cuenta de que, en caso de abrirse incluso ese expediente, no las iba a tener todas consigo, ni mucho menos. 

Esta entrada no la va a leer nadie, o casi nadie, y mucho menos ese inspector o mi director.  No es mi


deseo que traspase los muros de mi universo más íntimo, pero igual que gritaba hace menos de 24 horas una cosa, hoy también quiero a gritos DAR LAS GRACIAS  a ese inspector por haberme escuchado y haber empatizado conmigo aun sin dejar de salirse de su papel en ningún momento, porque hasta tuve dudas de que todo cuanto conté hubiera servido de algo. Y, sobre todo, gracias a mi "dire", porque a pesar de estar en una posición muy difícil, me ha apoyado como ha podido hasta el final y ha compartido mi dolor. Se lo dije en un mensaje, se lo dije ayer, en presencia del inspector y lo digo ahora también: Gracias por existir.

 Indudablemente su actuación en este caso podía haber sido mejor en algunos aspectos, pero tanto él como yo misma no podíamos ni imaginar que esto tomaría las dimensiones que ha llegado a tomar.

También tengo que agradecer el apoyo que he recibido de una compañera, Amanda, que, desde luego, me ha dado un motivo para echar de menos a alguien del centro en el caso de no trabajar ahí el curso que viene. Sinceramente, he dicho muchas veces que no no voy al trabajo para hacer amigos, pero, en el fondo, es infinitamente más agradable tener a alguien con quien poder compartir más que un hola en los cruces de pasillos. Saber que puedo contar con ella es una de las pocas cosas buenas que he sacado de todo esto. 

Por supuesto, no me puedo olvidar en este rosario de agradecimientos a mi compañero José Julio, que, aunque ya no trabaja en mi mismo centro, es un compañero de esos que se merecen las mayúsculas. Por cierto, para el que piense que tengo algo en contra de los matemáticos, José Julio lo es, pero de los buenos, coño. Siempre me das ímpetu, empuje y fuerza cuando hablo contigo, y ya son muchas las veces en las que lo has hecho, o sea que me arruinaré en cañas el día que me ponga a pagártelas. Además por partida doble, porque a tu mujer, Lidia, le debo las mismas por permitir que le robe su tiempo contigo con las largas charlas a las que te someto cuando te llamo (no son nunca llamadas de menos  de una hora, mon Dieu!).

Y, bueno, esta mañana he llamado al sindicato para que me explicaran si tengo o no derecho a saber los términos en los que se redactó la queja de las narices y me han explicado que la normativa dice que no. No lo veo ni medio normal, la verdad, pero es lo que hay, pero, al margen de esto, la llamada ha sido atendida por un compañero, Fernando, que también ha tenido que aguantarme un rato llorando y que, finalmente, me ha dicho que aunque no me conoce, si estuviera aquí me daría un abrazo. Gracias, Fernando. Lo he recibido igualmente. A lo mejor me paso algún día por la sede para dártelo en persona, caray.

Por último, quiero dar las gracias a mi familia, a mi madre, que no me quiere ni preguntar, para no molestarme pero que es la primera en preocuparse, y a mi hermana, claro.  Y, sobre todo, debo dar las gracias a mi amiga María del Mar, porque ésta si que me aguanta a diario. Mi compañera de piso telemática. Con la que no siempre estoy de acuerdo y con la que he discutido mucho al respecto de este asunto en varias ocasiones por no ver las cosas de la misma manera, pero que se atreve a decir lo que piensa y con la que me atrevo a decir lo que pienso sin temor a que esto rompa  lo que nos une, incluso cuando mi tono ha sido más alto de lo que debiera. Puede que a veces ni me comprenda o no la comprenda a ella, pero nos esforzamos en hacerlo y sobre todo, nos queremos. Eres "Mi Persona", citando a Anatomía de Grey. 

Y, ya está, aquí traslado lo que ya no existe en redes. Sigo sin incumplir los acuerdos a los que me comprometí. Pero esto ha formado parte de mi vida, me ha causado un dolor inmenso y no quiero olvidar lo que viví, ni cómo lo sentí, que en el fondo, esto es este blog también: ese diario "secreto" al que puedes volver para recordar aquello que de alguna manera te marcó. 


NI TÚ NI NADIE


De fondo estaba escuchando “Ni tú ni nadie” mientras mi cabeza andaba procesando hechos sucedidos recientemente que me han removido en lo más profundo. 

Ahora, repito en mi cabeza aquel estribillo que tantas veces, en fiestas, he coreado con amigos y desconocidos: “¡Qué difícil es pedir perdón!” Y hoy, me pregunto: ¿tan difícil es? Me lo pregunto a nivel personal, pero también como profesora: ¿Soy yo tan infalible que nunca debo pedir perdón a mis alumnos?

Ya seas un alumno, un compañero docente o un familiar, me gustaría que me acompañaras en esta reflexión. Bienvenidos a este capítulo del Guante Azul, “Ni tú ni nadie”.

Dar clase es cada vez más difícil, os lo aseguro. Aunque no va de esto este capítulo, debo decir esto de antemano. Y no por justificar nada, sino porque es una realidad. No obstante, la dificultad en las relaciones entre profesores y alumnos hoy en día es la misma que la que observo en el resto de relaciones personales. No sé qué nos pasa, qué se ha instalado en el mundo que la susceptibilidad está a la orden del día, en todo momento y en cualquier situación. Y lo que pasa en una clase es fiel reflejo de lo que acontece en la vida cotidiana. Es como un subsistema. Una minisociedad dentro de la gran sociedad.

Generalmente, como quiero pensar que les ocurre al resto de mis compañeros, gestiono bien mis clases, pero debo confesar que, a lo largo de los años, he acumulado no pocas ocasiones en las que no he tenido las mejores formas ni palabras con una clase en concreto para resolver algún conflicto. La paciencia tiene límites y los profesores no estamos hechos de un material diferente a cualquier otra persona,  lo mismo que ocurre con los padres. Así que, hay veces en la que la cosa se nos va de las manos y una vez toman ese rumbo que nunca hubieras deseado es difícil parar y volver a empezar desde la calma. Porque, por desgracia, no hay un interruptor mágico que de repente haga rebobinar y borrar ese instante en el que debiste optar por el camino de la serenidad, de la buena gestión. Cuando esto ocurre, te encuentras de pronto ante más de 30 alumnos y, o sigues hacia delante, o crees que te van a comer. 

Me ha pasado. Es lamentable y lo confieso avergonzada. pero luego, cuando te vas, cuando llega la quietud acompañada del malestar, de la culpabilidad de no haberlo hecho bien siendo tú el adulto, entonces, siempre acabo optando por lo que mi verdadero ser me dicta…

Llega el siguiente día, la hora de volver a entrar en esa clase y un poco vas temblando, la verdad, pero segura de hablar con el corazón, yo pido disculpas. Y en ese momento la paz me invade. Porque no importa que llevara todas las razones del mundo para abroncar a mis alumnos el día anterior, ni siquiera importa si alguno de ellos se comportara de manera impertinente, lo que importa es que mis razones se evaporaron cuando perdí las formas, sobre todo porque soy yo quien debo dar ejemplo de todo lo contrario. Por ese motivo, por encima de todas mis justificadas razones, yo pido disculpas con el orgullo que me hace saber que estoy haciendo lo correcto.

Me da igual que seas un alumno, o un colega o una madre o padre, ¿alguno de vosotros de verdad piensa que pedir perdón nos hace más débiles ante el otro? A mí, la vida me ha demostrado que no. A mí, mis años de profesión me han demostrado que la humanidad que transmite el que comete un error y lo siente y lo hace saber con humildad, gana el respeto de los alumnos de una forma que ninguna amenaza, castigo o sanción consigue. 

Nada te acerca más a otro que sentirte identificado con él. Y si en algo todos somos iguales es que inevitablemente todos cometemos errores, todos tomamos malas decisiones y todos gobernamos mal en algún momento de nuestras vidas nuestras interacciones sociales. Por eso, la catarsis que se produce ante una disculpa sincera es casi inmediata y, por supuesto, sanadora.

Me siento afortunada de ser una persona que, al contrario de lo que cantaba Alaska, no encuentro tanta dificultad en pedir disculpas. Creo que, como ya he dicho, es una cuestión de tener claro que hacerlo me hace mejor persona.

 Pero qué pasa con esos profes que no lo asumen así? Aunque están hechos de la misma pasta que cualquier otro tipo de persona a la hora de errar, no son cualquier tipo de persona a la hora de reconstruir los desastres. Ahí sí que hay que tener clara la esencia de nuestra vocación. Por lo tanto, entramos en un terreno de escombros peligrosos…

No importa cuál fue la discusión que se desmadró. Estoy segura de que probablemente tenías todas las razones de tu parte, pero todas las perdiste, cuando perdiste los modos.

Un alumno, inesperadamente, se alza enfadado, pero más tranquilo que el resto de compañeros que protestan ruidosamente ante tus propios ruidos. Quiere hacerse escuchar, lo exige tajante, pero sin violencia, sintiéndose seguro de que tiene derecho, como tú, de dar sus razones. Es corpulento, su voz es grave, su aspecto más maduro de lo que probablemente se espera para su edad. Tal vez lo que vive fuera de esas cuatro paredes otorguen a su mirada o a su gesto un talante que sencillamente impone. No hace falta que grite, ni que verbalice con palabras soeces. Tal vez hubiera sido más fácil lidiar con alguien que así lo hubiera hecho. Pero él, a pesar de la situación, solo hace uso del derecho que cree tener y se atreve incluso a exigir que te calmes y te dirijas a ellos con respeto.

Seguramente eso encienda aún más tu cohete interno que ya ha entrado en barrena e incapaz de volver atrás, justificas tus desprecios. En el uso de las palabras eres mejor, eso sí que juega a tu favor. Pero aunque trates de apelar a tu autoridad, hace rato que la perdiste delante de esos que ya no saben quién eres ni lo que estás haciendo. Te sientes amenazado por un gesto de ese chico, aunque tú mismo has levantado la mano tan solo un instante antes. Pero no eres tú el que retrocede, es él quien reconoce que los dos habéis hecho mal y trata de dar ese paso atrás. Te sientes amenazado, pero en realidad, aunque en ese momento no te das cuenta, la amenaza eres tú mismo. 

El alumno que se puso en pie, dando la cara por el resto, exige ir juntos a dirección. En ese momento, lo único que quiere es que otros adultos intervengan, medien, porque está claro que la discusión no va a llegar a ningún buen puerto.

Lo has interpretado todo muy mal. Decides que los gestos y las palabras del alumno han sido incorrectos, obviando que tus gestos y tus palabras fueron las primeras incorrectas. Decides que él, por ser el alumno, debía aguantar el chaparrón, los gritos, el desprecio que has mostrado ante unas calificaciones, que si bien no son ellos, son el malogrado fruto de un esfuerzo que, para ellos, duele más que para ti, por cierto. Decides, como digo, que tu huída hacia delante es que el alumno debería haber tolerado toda tu actuación, aunque jamás nosotros, como profesores, toleraríamos una actuación similar por parte de ellos. ¿No te das cuenta de cuánta hipocresía hay en todo esto?

Vuelvo atrás en mi relato. Yo he estado alguna vez en una situación parecida. Y la respuesta a la pregunta anterior es que no. No te das cuenta. No en ese momento. 

Pero luego… Luego sabes perfectamente que metiste la pata hasta el fondo y es ahí cuando debes elegir. porque se trata sencillamente de eso, de elegir. Si lo piensas, debería ser fácil elegir lo correcto, porque esos chavales han hecho justo lo que decimos que queremos conseguir con la educación, que sepan tener criterio propio, que defiendan sus ideas argumentando… ¡Joder, fuiste tú el que no estabas escuchando!

Ya os he contado cual es mi elección en esos lamentables casos. pero, como imaginaréis, no es el camino que eligió este profesor.

El alumno se enfrenta a una grave sanción por el parte redactado de lo ocurrido en el que el profesor le acusa de haberle amenazado y de haberse sentido humillado y vejado e incluso haber temido por su integridad física.

El alumno se siente frustrado porque sabe que eso no ha sido así, que ésa no ha sido su intención; para él es una burda mentira la que le va a llevar a una expulsión de un mes, que es lo que ha pedido el profesor, que puede llegar a costarle el curso. 

El alumno trata de dar su versión, aunque siente que es cosa perdida porque ante la palabra de un profesor la suya queda invalidada. Lo ha vivido así otras veces. Alega sin mucho acierto desde la rabia. 

Cuenta con el apoyo de toda su clase, pero sigue sintiendo que no tiene nada que hacer. Internamente toma la decisión de abandonar 2º de bachillerato a menos de dos trimestres para graduarse si, como teme, es expulsado un mes, pues se siente incapaz de conseguir superar las materias teniendo que faltar más de lo que ya debe faltar porque tiene que compaginar el estudio con un trabajo.

El alumno trata de buscar ayuda en otros profesores en los que confía, alguno hay. Incluso se acuerda de mí, que le di clase el año pasado. De hecho, a pesar de llevarnos bien desde el principio de curso, tuvo un enfrentamiento conmigo, aunque el desenlace de aquel capítulo fue muy diferente, porque los dos tuvimos a bien querer solucionarlo. En primer lugar, yo redacté un parte sin sesgar la parte en la que yo me equivoqué y eso condujo a asumir su responsabilidad en lo ocurrido, a pedirme disculpas y a darme la oportunidad de pedirlas yo también a él. De aquello surgió una conversación en la que él comprendió que no puede esperar que los profesores seamos telépatas, que debe pedir ayuda cuando la necesita, al menos, expresar lo que le pasa para que el otro pueda comprenderlo.

En otro momento, tal vez, este alumno no hubiera confiado en otros profesores ni hubiera buscado ayuda en ellos, pero quiero pensar que, gracias a lo que ocurrió el año pasado conmigo, en esta ocasión ha sido capaz de hacerlo. Tras los consejos recibidos por estos profesores, entre los que incluyo las largas charlas que él y yo hemos mantenido en los días posteriores al suceso, el alumno calma su rabia y hasta consigue encontrar la empatía que debía haber tenido otro en primer lugar para escribir una disculpa, la única que cree tener que dar.

Yo he podido leer esa carta, de hecho, me pidió ayuda para corregir su ortografía, alguna que otra coma y mejorar su redacción, aunque no he tocado en absoluto la esencia de lo que quería escribir. Son sus sentimientos de cabo a rabo. Me llenó de orgullo leerla, me ha llenado de orgullo que acudiera a mí y me llena de orgullo ver el hombre en el que se está convirtiendo. 

Iba a estar aquí hoy, leyendo en directo esa carta para compartirla con vosotros y para acompañarme en una tertulia posterior, con la intención de que todos aprendamos algo de esto que ha ocurrido y seamos capaces de mejorar, pero ya ha sido determinada su sanción. Aunque no es de un mes, lo cual indica que, a pesar de que él sienta lo contrario, las personas que han decidido el castigo, han tenido en cuenta que el profesor tampoco actuó correctamente, finalmente se va expulsado diez días. Creo que lo sabe y ya ha tomado la decisión.

No está, pero le prometí que seguiría adelante con este podcast con o sin él. Estoy retrasando la publicación de este capítulo, a la espera de que se comunique conmigo y me haga saber que estoy equivocada, que quiere compartir conmigo este rato de reflexión, que quiere leer su carta para vosotros, que volverá a las clases y le veré graduarse, pero ya lleva dos días sin aparecer por el centro. Tal vez no quiera ni recibir la expulsión formal, tal vez esto ha sido la gota que ha colmado su vaso y le esté sirviendo de excusa para irse lejos y dejar atrás todo un mundo del que su profesor no es consciente pero que, en gran medida, ha forjado su carácter, ha determinado que, una vez llegada una edad, ya no pueda admitir que alguien le grite más. Y si se marcha, es cierto que no será culpa de ese profesor, es su decisión. Este evento no es suficientemente importante para cargar con esa responsabilidad, pero, maldita sea, era un cordón a punto de deshilacharse y tal vez tuvimos la oportunidad de conseguir mantenerlo sujeto unos meses más. Porque si se va, ahora no, pero seguro que en no mucho tiempo se dará cuenta de la gran diferencia que supone tener o no su título. No importa que no tengas la idea de hacer una carrera universitaria, tal vez nunca lo necesites, pero la cuestión es no cerrarse puertas. Sé que tienes planes que en este momento te saben a libertad, que es lo único que deseas y, tal vez ahora ese papel no tenga importancia, pero la vida da demasiadas vueltas, como para no asegurarte lo más que puedas. ¡Y te queda tan poco!

En una parte anterior a mi relato, comentaba que cuando la clase se te va de las manos hay un momento en el que ya solo ves dos opciones: matar o morir (metafóricamente hablando), pero hay una tercera, una que nos dejó Aute en una hermosa canción con la que despediré mi capítulo de hoy: Entre morir o matar, prefiero AMAR. Ya sé que es imposible conocer las circunstancias de cada uno de nuestros alumnos, y cuanto más mayores se hacen, más difícil es porque se tornan más celosos de su intimidad, pero si tuviéramos siempre presente que tras cada alumno o alumna puede haber un hilo a punto de romperse, tal vez, solo tal vez, podríamos tener siempre más presente la opción de amar. De conjugar ese verbo cada vez que reñimos, que aconsejamos, que explicamos… Cada vez que hablamos. Y, sobre todo, cuando como humanos que somos, no lo hacemos del todo bien, debemos amar para poder rectificar. Porque, tal vez, de ese gesto dependa el futuro de esa persona.

No, ser profesor no es nada fácil, en momentos como este soy más consciente que nunca de la grandísima responsabilidad que tenemos. Ojalá fuéramos infalibles, ojalá los padres lo fueran, pero no lo somos, por eso a lo más que podemos aspirar es a ser humildes y tener más capacidad de comprensión. 

Esta semana, tras todo lo ocurrido con este alumno, tras todo lo que a mí me ha removido, he ido a un aula colindante a otra en la que yo imparto clases. No nos separa ni un verdadero tabique y son chicos muy ruidosos. Molestan mucho incluso cuando están con su profesor, así que hace relativamente poco, perdí los papeles y aporreé literalmente la puerta que nos separa, desesperada por no poder explicar a los míos. Importándome poco lo nada educado, ni educativo que fue ese gesto. Eso sin contar la falta de respeto que tuve con el compañero que allí se encontraba. Durante el fin de semana pasado tomé la decisión de que lo primero que haría al llegar el lunes sería ir a esa clase a pedir disculpas por mi gesto. Y puede que a ellos les dé igual, puede que no sirva para nada, tal vez, pero yo debía hacerlo, porque debo dar ese ejemplo. Porque no puedo dejar que aprendan que dar un porrazo es correcto y, si yo lo hago, ellos también se verán más tarde en el derecho. Creo que la idea ya está clara, pero por si acaso, lo diré de nuevo: Tengo clarísimo que volveré a equivocar el gesto en alguna ocasión, aunque tenga la firme intención de que no vuelva a ocurrirme, pero jamás, jamás dejaré de pedir perdón cuando, desbordada por las circunstancias, no sea capaz de controlar mis emociones. Lo que pasa en un momento de calentón es inevitable, lo que haces después es lo que marca la diferencia.

Todo cuanto os he contado lo he contado desde mi punto de vista como profesora, pero se puede aplicar en cualquier relación con otra persona. Da igual si tratamos de la relación entre padres e hijos, entre amigos, entre pareja… Da igual quién inicie una disputa o quién la acabe o quién lo haga peor. La cuestión es que, cuando la tormenta pasa, todos deberíamos ser capaces de mostrar generosidad y disculparnos por la parte que nos toca. Incluso si pensamos que no erramos en nada, os aseguro que la otra parte pensará que sí, así que disculparse por la percepción que pudiste causar ya es construir un puente para el perdón.

¡Cómo me hubiera gustado charlar contigo sobre estas cosas, Sulayman! Escuchar tu carta y hablar luego de percepción, de prejuicios, de construir, de lo que te hubiera gustado cambiar, de lo que te hubiera gustado que tu profesor cambiara, de qué te gustaría que los que nos escuchen tomaran nota. Desde luego, este podcast se hubiera enriquecido mucho con tu presencia. Sin embargo, no estás aquí a mi lado y me deja un sabor amargo el fin de este capítulo porque siento que tu ausencia es un fracaso de mi labor como profesora. Espero que tus sueños se hagan realidad a pesar de lo que decidas ahora, espero que sea lo que sea que hagas en este mundo seas sobre todo feliz. Sabes que, cuando quieras, tienes en mí a una amiga que te respeta. Gracias por haberme mostrado un poquito de tu corazón. 

Amigos, debo despedirme ya. Podéis encontrar éste y otros capítulos del Guante Azul en mi blog Enmiotraclase.wordpress.com. Aunque, sinceramente, me basta con que escuchéis éste y sirva para remover vuestras conciencias. Si al terminar os acordáis de alguien con quien estéis en malos términos y decidís dar el paso para disculparos y construir ese puente que os acerque, yo habré hecho algo bueno y Sulayman habrá ganado. Si os ha tocado un poquito esta historia, compartidla, difundidla. Entre morir o matar, prefiero amar…


domingo, 29 de marzo de 2020

MIS DÍAS DE CORONAVIRUS: décimoquinto día

Esta segunda semana de confinamiento ha estado centrada, para mí, en las noticias referentes a las oposiciones. Si la anterior  semana vi cómo mi nivel de ansiedad subía por culpa de todo lo que el trabajo a través de las vías digitales con los niños y con los padres está suponiendo, esta semana he subido y bajado como en una montaña rusa entre dos estados de ánimo, la ansiedad absoluta y la depresión posterior cuando mi cuerpo no tolera más adrenalina en sangre.

El lunes, habiendo reflexionado sobre cómo he de tomarme las cosas con los niños y padres de un modo más relajado para que esto no me sobrepase, habiendo cambiado mi filosofía con respecto a la importancia en este momento tienen que mis alumnos envíen sus tareas de manera adecuada y habiendo llegado a la conclusión de que me tiene que importar bastante menos cómo lleguen y tan solo quedarme con que me muestren su interés por trabajar, sea de la manera que sea..., me levanté tranquila, descansada y hasta feliz. Aunque esta sensación duró bien poco. 

El sábado anterior dimos nuestra primera clase online en la academia. Nuestro preparador ha hecho todo lo posible por estar a la altura y nosotros, que no somos niños, nos adaptamos lo mejor que pudimos y agradecimos su esfuerzo, pero también comentamos que, al igual que nosotros tenemos que adaptarnos a esta solución para las clases sin tener culpa de nada, la academia debería también adaptarse a estas circunstancias, a pesar de no ser tampoco culpables, pero no nos parece justo pagar el precio tan alto de las clases que recibimos cuando está muy claro que la calidad no es la misma. Primero, porque nuestro preparador no está preparado para dar una clase online con la misma soltura que una clase presencial; segundo, porque la calidad de la conexión en estos momentos no es la óptima; y tercero, porque no todos nosotros tenemos en casa los instrumentos necesarios para llevar a cabo con éxito la clase. Entendimos que era de lo más lógico escribir a la academia para solicitar un ajuste de los precios mientras que la situación no cambie y me comprometí a escribir esa carta y a enviarla, cosa que hice el lunes al levantarme. 

Poco después recibí un mail en el que se me decía que a lo largo de la mañana me llamaría el director. Así fue. Pero no sé muy bien para qué me llamó. Tan solo me dejó decir "buenos días". Después de esto, tan solo habló él, en un tono bastante desagradable, dando una y otra vez las razones, o mejor dicho, la única razón que tuvo a bien a darme para rechazar nuestra solicitud. En cualquier caso, la negativa no fue en ningún momento algo que me afectara. Ya contábamos con ella, pero las formas de este señor fueron indescriptibles. El no dejarme intervenir, el hablar como una locomotora para evitar que pudiera tener una conversación y el hacer que finalmente tuviera que gritarle para, tan solo poder acabar el monólogo sin sentido que repetía como una cotorra, hizo que me fuera subiendo el ritmo cardíaco hasta que me faltó el aire. 

Tuve la lucidez de grabar la conversación a partir del minuto 15 de escucha obligada y pude enviar este audio a mis compañeros para que fueran conscientes de lo que había pasado, lo cual estuvo bien porque, al menos, ellos pudieron empatizar conmigo e hicieron que me sintiera un poco mejor, pero lo cierto es que me rompió el día. Después de todo esto tuve que seguir estudiando, pero ya podréis imaginar de qué manera...

En realidad, toda la semana ha sido un caos en cuanto a seguir mi rutina de estudio, porque hemos estado pendientes de noticias sobre si se van a llevar a cabo la oposiciones o no este año. Han tenido dos reuniones, miércoles y jueves, y no han sido capaces de tomar una decisión en firme que nos quite esta incertidumbre de encima y que nos permita decidir si seguimos estudiando ahora o no, si dedicamos todas estas horas de encierro a la exclusiva tarea de trabajar y estudiar, o si es mejor que aparque las oposiciones para realizar otras actividades que nos permitan desconectar un poco de este encierro. Por Dios, han aplazado hasta el año que viene hasta los juegos olímpicos, y, sin embargo, no han podido tomar una decisión clara acerca de la convocatoria de oposiciones. Aunque todo apunta a que serán aplazadas hasta el 2021, lo cierto es que aún estamos a la espera de que eso sea oficial. Me parece vergonzoso, aunque no me coge de sorpresa que este retraso en la toma de decisiones firmes se realice a ritmo de caracol. Es a lo que estoy acostumbrada desde el 2008, cuando, por primera vez, decidí opositar y quedé, desde entonces, en manos de un sistema que se aleja mucho de ser transparente y que tenga en cuenta la salud mental de los opositores. 

De lo que me he dado cuenta desde entonces es que las oposiciones son un negocio que mueve
mucho dinero, para empezar el de las putas academias. En la que estoy ahora mismo, no han sido capaces de aliviar nuestra situación actual, pero eso sí, ya se han adelantado a la comunicación oficial del aplazamiento para hacernos ofertas para el curso que viene:

  • El que siga con las clases hasta finalizar el curso, aunque sea con esta mierda de clases online al mismo precio desorbitado de 160 euros, el curso que viene podrá optar a unas clases especiales de 2 horas semanales por 100 euros (ni siquiera han dividido por dos el precio).

  • El que decida cortar la formación y reanudar el curso que viene, lo hará al precio especial de antiguo alumno de 145 euros.
Lo de abaratar los dos meses que nos quedan era inviable, claro, pero ya se frotan las manos con la idea de que el curso que viene tendrán el doble de alumnos, los nuevos y los pobres desgraciados que hemos echado el dinero a la basura este curso. Lo de rebajar era inviable porque, ya veis, son un negocio nuevo, que no se pueden permitir asumir estos ajustes, ¿verdad? No lo creo. Simplemente, más bien creo que es un negocio que se mantiene desde hace años porque jamás van a anteponer la humanidad al dinero. 
Mi idea es terminar de una buena vez el curso y el año que viene, si es que me apunto a alguna academia, buscarme otra para no pagarle a ésta en la que me han mostrado tan poca buena voluntad. Pero, claro, cuando me pongo a pensar, las demás no son mejores, ya descarté la primera en la que estuve por otros motivos que no voy a contar ahora, pero que me parecieron igual de faltos de vergüenza. Así que, lo que trataré será de utilizar el material que ya tengo y montármelo por mi cuenta, a ser posible, con la ayuda de mis compañeros de penas, que sí que nos hemos demostrado desde el principio, que, a pesar de competir por las mismas miserables plazas, estamos dispuestos a ayudarnos en todo lo que podamos los unos a los otros. 

Pero la realidad en estos momentos es que ya mi fuerza de voluntad para continuar estudiando se ha venido abajo. No sé si remontaré y la semana que entra mañana conseguiré dedicarle tiempo a esto, aunque no sea con el ritmo que llevaba, porque si no lo consigo, sé que olvidaré gran parte de lo que he conseguido refrescar este año, con lo que no me quedará más remedio que agachar la cabeza y apuntarme de nuevo a la academia. En eso estoy, en sacar de nuevo ganas y elaborar una nueva rutina, más laxa, pero que me sirva para no dejar del todo el estudio y no olvidar todo lo que me he esforzado durante estos meses en re-aprender.

En fin, éste es un poco el resumen de lo más relevante de la semana en lo que a mis preocupaciones se refiere. Luego está el resto del mundo, empezando por el mundo más cercano a mí, que es mi familia. No quiero pensar, pero pienso, y me preocupa cómo todo esto afecta económicamente a la ya precaria situación económica de mis hermanos. No consigo nada con preocuparme, lo sé, pero, por más que quiero seguir los consejos de mi madre acerca de andar, andar y no pensar en cuánto queda, sino en dar el siguiente paso, no puedo evitar todo el tiempo dejarme llevar por mi conducta mental de siempre. Es demasiado sobre-esfuerzo hacer lo posible por cambiar mi modo de sentir las cosas aun a sabiendas de que mejoraría mi estado de ánimo. Hay días que lo veo con una claridad meridiana y me resulta hasta absurdo no sentir así en otros momentos, pero otros días me levanto con la losa de la preocupación sobre el pecho y no consigo respirar sin sentir que me falta el aire. Y esos días, flagelarme por no conseguir permanecer en equilibrio y con confianza tan solo es una carga más, así que, nuevamente llego a la conclusión de que los días hay que pasarlos como llegan. Esta semana no ha sido la mejor, pero, tal vez mañana sea mejor. Tan solo soy capaz de llegar a este nivel de sosiego. 


sábado, 21 de marzo de 2020

MIS DÍAS DE CORONAVIRUS: séptimo día

Llevamos una semana de encierro. Trabajando en casa con un estrés que no me esperaba porque no es nada fácil atender a los alumnos a través de una plataforma digital. Y eso que yo la llevo usando desde hace años y mis alumnos están acostumbrados a trabajar con ella desde principio de curso. Pero claro, no todos mostraron interés en ella al principio, y como era solo una herramienta más de entre toda las que uso en mis clases, no ha sido necesario hasta ahora para realizar todas las tareas y aprobar para los que ni se registraron al principio. En este momento, estos alumnos son los que me están generando más problemas porque ni siquiera saben cómo entrar en la plataforma y yo no puedo indicarles cómo porque no puedo comunicarme con ellos de una manera que me entiendan Por otro lado, muchos que sí saben entrar y hasta ahora lo han hecho regularmente, se encuentran que no pueden acceder, tan solo porque las plataformas on-line están saturadas. Así que, entre una cosa y la otra, la impotencia de no poder resolver con facilidad estos problemas me ha tenido y me tiene de los nervios. 

Acabo de escribir en Facebook un mensaje para todos aquellos padres que se han dedicado a criticarnos por los deberes que hemos mandado a los alumnos como si fuéramos poco más que torturadores de sus hijos. Lo trascribo a continuación porque, si algo he de destacar de esta semana es el malestar que me han causado todos estos comentarios, aunque no se hagan de forma personal. 

Quiero hablar aquí a los padres que critican los deberes que los profesores han mandado. 

Quiero decir que la situación estaba pensada para dos semanas. La cosa ha cambiado y también tienen que cambiar las estrategias. Como profesora, cada día que pasa me siento más estresada y más asustada, pienso que mis alumnos, sin ser, tal vez, tan conscientes de la dimensión de las circunstancias que estamos viviendo, también pueden estar estresados y asustados, así que no estoy por la labor de estresarles aún más pretendiendo tener la misma rutina que en clase. Porque, por más que lo pretendamos, no es lo mismo. Si fuera igual, no haríamos falta como profesores.

 Ahora, no me tienen delante para interaccionar cuando explico, ahora no escuchan las anécdotas que les cuento para que la clase sea más amena, ni ellos me pueden contar las experiencias que han tenido respecto de los temas que tratamos en clase. 

Ahora, no me tienen para que les llame la atención cuando se despistan, que hasta las regañinas sirven para algo dentro del aula. Ahora, no tienen mis palabras de ánimo... 

Todo lo deben gestionar solos o, como mucho, con unos padres que también tienen que trabajar en casa en el mejor de los casos y a los que ponerse a hacer de profes les cuesta. Eran sólo dos semanas y además nos ha pillado a todos de golpe y tenemos que ir asumiendo que no se pueden hacer las mismas cosas, de la misma manera. 

También a nosotros nos falta la facilidad de poder coordinarnos. Por mucha intranet que tengamos, nada suple la comunicación y el intercambio de opiniones que ocurre en las reuniones, en la sala de profesores, en los departamentos y hasta en los mismos pasillos cuando nos cruzamos en los cambios de clase. Todo eso falta y en este brutal cambio, la primera directriz que recibimos de parte de la Delegación fue que nos niños tenían que seguir con su formación. Así que, en base a eso, hemos hecho lo que cabía esperar, mandar las tareas que se suponía estaban programadas para esas dos semanas, pensando que eran dos semanas... Pero no van a serlo.

 Vamos aprendiendo, como todos, a adaptarnos a lo que esta crisis nos va generando cada día. Yo he tomado una decisión después de una semana en la que he trabajado 300 veces más de lo que mi horario habitual dispone. Llevo sin dormir bien cinco días porque me desvelo pensando en cómo hacer mejor mañana las cosas, porque mi trabajo es tratar con el material más sensible que existe: los niños, sus hijos. Y no conozco ningún profesor que no sienta de esta manera, porque les voy a decir algo: puede que en alguna época fuera cierto eso de que "los profesores viven muy bien", pero en estos días, les puedo asegurar que eso no es nada cierto, sobre todo porque no sentimos el respeto ni de padres, ni de alumnos, ni de los gobiernos que, en vez de mirarse al espejo, inventan en cada legislatura una ley nueva, como si jugarán a las cartas con la educación.


Si ya de por sí la semana ha sido harto complicada para mí, he tenido que leer muchos comentarios en Facebook criticándonos por el tema de los deberes. Nadie sabe lo que cada uno de nosotros se está esforzando en casa por sacar esto adelante. Cada tarea que he mandado han de multiplicarlo por 180 en mi caso, ése es el número de alumnos que tengo y ésas son las tareas que, en cada caso, he de corregir. Así que, si por mí fuera, no mandaba ni una. Pero, si no se mandan tareas, también se nos criticaría por cobrar sin hacer nada, ¿no?



La cuestión es criticar. Éste sigue siendo el deporte nacional.



Miren, nosotros también tenemos familia, también tenemos otras prioridades en estos momentos, pero, al menos yo, pienso que todo esto va a pasar y no puedo parar mi vida. No quiero dejar que el virus se coma la poca normalidad que puedo tener, así que no me importa dedicarle a mi trabajo todas las horas de más que requiera. Pero, sinceramente, trabajaría más tranquila si sintiera que los padres valoran nuestro esfuerzo. Yo salgo al balcón todas las tardes a aplaudir la labor de los sanitarios, y me emociono cuando algunos de ellos comentan en televisión cómo eso les sube el ánimo. Yo no quiero que me aplaudan por mi trabajo, pero me encantaría no tener que leer más comentarios despectivos hacia nuestra labor. Eso ya sería una gran ayuda.



Nunca pensé que me afectarían tanto esta clase de críticas porque las llevo escuchando desde que era niña. Los profesores por aquí, los profesores por allá... Ya entonces me sentaba mal porque mi madre también era profesora y yo veía la cantidad de horas que trabajaba en casa, la de cursos de verano que hizo para seguir formándose en su profesión y los desvelos que, en más ocasiones de las que piensan, producen los alumnos. Pero ella me enseñó a no molestarme por esas cosas... Sin embargo, esta semana he llorado, lo confieso, porque a mí me ha tocado pasar esta cuarentena sola en casa y me meto en las redes más que nunca para sentirme acompañada y, sin embargo, cada vez que lo hago encuentro que alguien nos critica... Me siento atacada y ni siquiera me conocen, ni conocen mi dedicación.



Yo he tomado una decisión al respecto de cómo gestionar las siguientes semanas de reclusión, pero mi decisión está basada en el ensayo y error. A todos nos ha cogido esto por sorpresa. Nadie estaba preparado, no lo tenía previsto en mi programación, ésa que hacemos cada año al empezar el curso. Ahora nos tenemos que desviar de lo programado, pero nadie se ha parado en comprender esto. Lo más fácil y rápido es protestar y criticar. Y, por supuesto lo harán delante de sus hijos, lo cual fomenta aún más el, cada vez menos, respeto que nos tienen. No sé yo si esto es muy educativo... 


Tal vez, sería mucho más útil que esos padres que critican nos hicieran llegar sugerencias en vez de críticas. Tal vez, si pensaran que estamos en el mismo barco, igual llegáramos a buen puerto. No sé, es solo algo que se me ha ocurrido... Pero bueno, entiendo que en estos momentos hay que sacar los nervios de alguna manera y, quizás, cargar contra los profesores sirva para que se relajen. Bien está si les sirve.

Y así concluye el segundo capítulo de "Mis días de Coronavirus". Espero que la próxima semana sea un poquito mejor.

sábado, 5 de octubre de 2019

LA GRAN ESTAFA

Éste es mi espacio y ésta es mi opinión. Espero que el hecho de usar mi derecho a la libertad de expresión (art. 20 de la Constitución española) no afecte negativamente a alguien a quien amo, porque mi deseo, más bien necesidad, es desahogar la indignación que me produce lo que precisamente le está pasando. Tampoco es que me lea mucha gente. No es éste un blog privado, pero casi... En cualquier caso, no daré nombres, por eso de proteger la intimidad de todos, que mi única intención es que lo que me está comiendo por dentro no lo haga más de lo que ya lo ha hecho. Simplemente voy a contar un cuento...

Erase una vez un chico que se enamora de una chica en su más tierna adolescencia. La chica le convierte en su mejor amigo, se acostumbra a contar con él para todo y tan útil le resulta esa amistad que le niega durante años el derecho a ser otra cosa por miedo a perder eso que tanto valora. El chico, que sigue colado por sus huesos, prefiere ser su apoyo, su hombro, su espalda, vamos una tabla de salvación entera para ella, que no tenerla de ninguna forma, así que acepta durante todos esos años el papel que ella le ha dado en su vida. Tuvo que comerse dos relaciones infructuosas que la chica tuvo con, curiosa la cosa, dos amigos de él.Tanto le llegó a doler que con el segundo intento tuvo que poner tierra de por medio y hasta se alistó en la marina por un tiempo.   Y no voy a entrar en detalles, porque ni en "modo cuento" me atrevería  a relatar ciertos aspectos de la historia, aunque tengan una vital importancia. Pero hay cosas con las que jamás debería jugarse y, aunque ella no parezca tener vergüenza, no es mi caso. Así que perdonadme si me salto unos meses cruciales en los que el chico, que ya había vuelto de su exilio, y que volvía a ocupar su eterno puesto de mejor amigo, estuvo a su lado para todo cuanto ella necesitó. Así fue hasta que, por fin, un día, ella decide que quiere que el chico sea algo más en su vida que ese amigo al que temía perder si le daba la oportunidad de tener una relación amorosa con ella. El chico no está muy conforme con que esa decisión ocurra bajo los efluvios de algunas copas, pero ya está muy cansado de seguir los dictados de su sentido común y se deja llevar sin más. A mi juicio, esos efluvios estaban más que estudiados, no fue un impulso sin más. Sencillamente, en su situación, la chica vio más que conveniente tener a su lado a quien sabía que jamás le fallaría, porque así se lo llevaba demostrando toda su vida. 

Así fue como, tras separarse de su antigua pareja, comienza con el chico, por fin, una historia de amor. No sabían muy bien cómo se lo tomaría la familia de él que, desde siempre habían visto como ella le daba calabazas. Con toda seguridad recelarían de las intenciones de la chica, por eso era mejor tener un cómplice, alguien de la familia que fuera más susceptible de ver con buenos ojos aquel giro en su historia. Y así fue como fui la primera a la que dieron a conocer su reciente relación. La estúpida romántica que yo era por aquel entonces se enamoró del final feliz que por fin el chico daba a su insistente enamoramiento, y se puso al servicio de esa pareja, sobre todo de ella, a la que ayudó en todo, hasta a la hora de que el resto de la familia de él diera la bienvenida al amor que no llegaba libre de cargos...

Al chico le costó también lo suyo creerse su nueva situación, no creáis, pero poco a poco todos fuimos creyendo, pues era evidente su felicidad; eran, como lo habían sido, los mejores amigos, un perfecto equipo a la hora de afrontar los obstáculos que surgían en el camino y, realmente parecía que era así como tenía que haber sido desde el principio...

Mi familia, que puede que recelara un poco al principio, no es más que una gente confiada, que no es capaz de ver la malicia en los demás, que siempre están dispuestos a ayudar; y, de forma natural, superado en primer escalón, integraron la presencia de la chica como parte activa de ese núcleo familiar. Pero hubo una circunstancia que hizo que para mí todo cambiara. Yo, que había sido la avanzadilla para ellos y que había bendecido antes que nadie esa unión, me bajé del autobús de la ceguera muy pronto. Tuve que convivir con ellos durante un tiempo que tampoco merece la pena explicar aquí con detalles, pero que supusieron un antes y un después en mi visión de aquella chica. Es normal que surjan conflictos en una convivencia, pero con ese espíritu de diálogo que caracteriza a los míos, cuando se dieron los primeros problemas traté de resolverlos. Y, como a la pregunta directa que le hice a ella sobre si se consideraba mi amiga o tan solo mi cuñada, ella contestó sin bacilar que yo era su amiga, traté de resolver el conflicto con ella y no a través de él. Hablamos en aquella ocasión de manera razonable, pero el problema se mantuvo y se agravó, con lo cual la segunda conversación tuvo un tono más duro, y como tampoco hubo una respuesta positiva, la tercera ocasión no hubo conversación. Sencillamente había colmado mi paciencia y mi reacción fue de hablar a gritos para quejarme de lo que ocurría. Esto lo presenció el chico, esta tercera y desesperada reacción, lo que condujo a la luctuosa situación de pasar un año y medio sin que él me hablara, porque, a pesar de lo justo que él suele ser, tratándose de ella pierde el norte, o tal vez, nunca fue consciente de las ocasiones previas en las que ella y yo habíamos hablado... No importa... Fue un tiempo muy duro para mí, pero un buen día, todo se arregló, y encima, aún tengo que agradecer a que ella intercediera... 

No, nunca más he creído que sea una buena persona. Y esto me ha traído problemas hasta con mi madre, porque cuando, en más de una ocasión, en alguna conversación nuestra he comentado que es más falsa que una moneda de plástico, he tenido que soportar las reprimendas y la directriz de ser cordial porque es la pareja de mi hermano. 

A todo llegamos a acostumbrarnos. Yo di por perdida la relación que tenía con él previamente y lo asumí en pro de la felicidad que siempre han vendido. Y, bueno, si él era feliz, pues ya está... Y estoy segura de que él era feliz de verdad, porque no hay más feliz que el que vive ciego de amor. Ella no sé, la verdad. Ahora dice que se le ha caído la venda de los ojos, y yo no me lo creo, como no me la he creído desde nuestro desencuentro. Para mí sigue siendo la misma cínica desde aquel día y la creo muy capaz de haber pasado 17 años engañando a todos hasta que, por alguna razón que puedo sospechar pero también me callo por no tener pruebas, ya no le resulta conveniente la relación con el chico. 

Pero lo indignante de esta historia no es nada de lo que he contado hasta ahora. Porque hasta este momento, a parte de mi sufrimiento en aquella época, en lo referente a su historia, no he contado nada raro: eran amigos, luego pareja y luego, a ella se le va el amor, y quiere dejarlo...

El problema no es que deje al chico y que le rompa el corazón. Esto duele, pero son cosas que pasan y, con el tiempo, se superan. El problema es cómo lo está haciendo. En las dos semanas que llevan separados, ella se ha dedicado a sembrar en su entorno la idea de que ha sufrido maltrato por parte de él. Que ella y el hijo que tienen en común han vivido con miedo. Y, lo peor de todo es que mientras ella echa al chico de su casa,  siembra las dudas y se busca un abogado y monta todo su puto teatro, mi hermano aún piensa que es que se está dejando influenciar por los demás, que ella no es así y que si recula, él la perdonaría. A duras penas hemos conseguido que acuda también a un abogado y se prepare para la que nos cae encima. Porque nos cae a todos. Porque en esta familia, a la hora de la verdad, demostramos lo que es el amor verdadero. porque nunca nos ha movido el interés. No es a ella a la que se le ha caído la venda de los ojos, es a él a quien se le tiene que caer de una bendita vez. 

El chico es grande,demasiado,  y cuando ya no tiene paciencia, vocifera, como yo aquella noche, solo que a él se le ve más grande... Y se le puede poner la cara roja de aguantar rabia, pero no es capaz de hacer daño, en ninguno de los sentidos a nadie, y menos a la mujer por y para la que ha vivido desde antes, mucho antes, de que fueran pareja. 

A mí me come el asco que me da lo que está haciendo, despotrico en voz alta y me desahogo cuando hablo con mi madre y con mi hermana, y la estampo contra la pared y la reviento en mil pedazos  cuando trato de expresar cómo me siento. Pero de ahí a que realmente piense en llevar a cabo tales actos va un mundo. Así que. ¿qué?, ¿soy una maltratadora? 

Sacar las cosas de contexto y dejar que la gente piense sin impedir que lleguen a conclusiones falsas es su especialidad. Lo ha hecho siempre. 

Yo no sé cómo van a acabar las cosas, solo sé que a mi hermano le espera un largo camino de espinas y que nosotras, su familia, lo caminaremos con él. Y voy a gastar mis energías en desearle lo mejor a él, no voy a gastar esfuerzos en desearle ningún mal a ella, porque ni eso se merece. Pero, aunque yo no lo vea, espero que la vida la ponga en su sitio algún día, porque hay que ser muy miserable para actuar como lo está haciendo.

También tengo otro deseo que me quema la piel, y éste es en relación a mi sobrino. Espero que, a pesar de ser solo un adolescente, tenga su propio criterio y sepa siempre que su padre lo ama y que sus tías y su "yaya" siempre le van a llevar en su corazón. 


jueves, 13 de junio de 2019

SUMA Y SIGUE (Nueva agresión a una profesora. ¿También tú te echas las manos a la cabeza?))

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Ayer, tras sonar el despertador, o mejor, dicho, tras que mis gatas me despertaran veinte minutos antes de que éste sonara, me levanté de la cama para iniciar mi rutina diaria antes de trabajar: poner de comer  a Tiza y Gea, darle las medicinas a la segunda, asearme, vestirme, limpiar el arenero, desayunar algo... Y, como siempre, mientras que hago todo esto, pongo la televisión para escuchar las noticias y que me sirva de cronómetro, porque tengo medidas las cosas que hago según el espacio  por el que vaya el noticiero (cada uno tiene sus manías...). Aún no había llegado a la parte del aseo, fue lo primero que escuché entre bol y bol de pienso gatuno: un alumno en Valencia ha apuñalado a su profesora por un desacuerdo con la nota que le ha puesto.

Pincha aquí para recordar el caso
Me acordé inmediatamente del caso de 2015 de Abél Martínez, al que otro alumno mató en
Barcelona. En esta ocasión, afortunadamente, la profesora ya está dada de alta y no hay que lamentar su pérdida, pero no dejo de pensar en lo que tiene que estar sintiendo...

Entiendo a las personas que se echan las manos a la cabeza y se preguntan dónde vamos a llegar, sin embargo, no entiendo mucho a esas mismas personas que se escandalizan de las conductas violentas de nuestra juventud y no valoran los intentos, a veces quijotescos, de instaurar una disciplina en los centros. Y digo quijotescos porque en estos momentos del curso yo me siento como Quijote luchando contra los molinos de viento. Me niego a tirar la toalla, pero me resulta una batalla perdida.  Si tuviera que hacer una lista de los  los molinos a los que nos enfrentamos los profesores para intentar inculcar unos valores positivos en nuestros alumnos, después de bastantes años de experiencia,podría decir que uno de ellos es  la falta de educación en los hogares, el primer lugar que debe servir de referencia y que, en muchísimos casos, son referencia de lo contrario. Los porqués de esta cuestión son tantos y tan variados que ya no me molesto en analizarlos, procuro no juzgar a los padres porque no siempre tengo todos los datos para hacerlo y, por algo más importante, porque no me soluciona nada de cara a intentar que esos alumnos conozcan otro camino más ético. Simplemente tengo asumido que, además de enseñar
biología, o más bien, antes de enseñar biología, mi principal cometido es la educación en valores. De hecho, he llegado a hacer que la biología que les trato de enseñar sea un continuo ejemplo de respeto: respeto al cuerpo, respeto a los seres vivos, respeto a la naturaleza...En realidad, todos formamos parte de un gran ecosistema y, desde ese punto de vista, la búsqueda del equilibrio es esencial, con lo que no es tan descabellado trasladar los mismos criterios al ecosistema llamado "Instituto". Y, como
parte fundamental del funcionamiento de este ecosistema están las normas de convivencia y de ejecución en el centro. Porque es la primera sociedad a la que pertenecen los alumnos y, por eso, mucho de lo que aprendan aquí, repercutirá en su modo de vivir. Así que, como decía, soy consciente de las carencias que muchos traen de casa, pero no me resulta un impedimento para querer mostrarles otro camino, para desear conseguirlo... Osea, molino derribado. No doy por perdido a ningún alumno mío porque provenga de una familia desestructurada, o por todo lo contrario, de una familia donde se le tiene tan mimado y sobrevalorado que vaya rezumando prepotencia por los poros, ni, por supuesto, porque sea de una familia de inmigrantes (que para algunos, no pocos, la culpa es de los que vienen de fuera, aunque después no, ellos no son racistas. Aunque este es otro tema del que mejor hablar en otro momento.)

Los medios.  Las redes. Los molinos modernos. Los contenidos televisivos a los que dedican demasiadas horas diarias. Otra cuestión preocupante, sin lugar a dudas, y a veces, mucho más influyentes que los propios padres. Para mí ya es una lacra. Y, a pesar de todo, tampoco esta gran muralla me resulta suficiente para que yo me desanime ni dé mi labor por perdida. No, porque aunque os parezca mentira, en muchas de  mis clases de tutoría, me han servido estos mismos contenidos para que ellos comprendan lo nocivo de seguir estos modelos. Y, por otro lado, no demonizo todo lo que sale de la tele o de las redes, que bien empleadas, pueden ser una herramienta muy potente para hacer las cosas bien y para que nuestros deseos de cambio sean más factibles. Molino en ruinas. Como veis no me desanimo fácilmente...

Con lo que aún no he aprendido a  lidiar es con el boicot que algunos compañeros hacen sobre nuestra profesión.  El molino supremo. Esto sí que me llega a derrumbar por momentos y me hace temer por la llegada a buen  puerto.

Si, como ya he expuesto antes, para muchos alumnos somos el referente en valores, es muy importante nuestro ejemplo, porque, déjense de historias, todos hemos aprendido a bese del ejemplo que otros nos proporcionan. Así que, aunque pueda parecer una estupidez, la importancia que nosotros les demos a las normas y cómo nosotros mismos las cumplamos será lo que ellos aprendan. Si alguno de nosotros no las sigue ni las hace seguir a su alumnado, supondrá un contagio negativo y en poco tiempo (mucho menos del que se tarda en implantarla), la norma dejará de seguirse y tendrá una consecuencia mucho mayor de la que la norma en sí misma pretende controlar. Esta consecuencia es que impepinablemente la autoridad del profesor se verá recabada. Y, posiblemente esa norma incumplida no sea la crucial para salvar al mundo, pero será un suma y sigue que finalmente desembocará en faltas de respeto a la "autoridad" que se supone que somos. Y un mal día, a un niño se "le va la pinza" y te agrede verbalmente y al otro día tenemos a otro que se le va el tendedero entero y te clava un cuchillo porque tú no importas, porque su escala de valores está totalmente distorsionada y entonces tú te echas las manos a la cabeza y le echas el muerto a la sociedad, a la tele y a sus padres, eludiendo tu responsabilidad.

Hay muchos, muchísimos profesionales como yo que nos "matamos" en pos de esta responsabilidad que nos caracteriza y luchamos día a día para que los alumnos comprendan las normas y su necesidad (no solo las acaten), que valoren la paz, que la deseen, que la entiendan como un trabajo que empieza por uno mismo. Nos volcamos en seguir formándonos para llevar a cabo una disciplina positiva, porque dejamos atrás técnicas obsoletas y castigos crueles que no hacen más que reprimir y conseguir en muchos casos el efecto contrario, pero que somos conscientes de que lo bueno no es la anarquía y el todo vale. Que si queremos vivir en libertad hay que tener muy claro la regla de oro que de tan pequeña a mí me enseñaron tanto mis padres como mis buenos profesores: QUE MI LIBERTAD TERMINA DONDE EMPIEZA LA DEL OTRO. Así que tratamos de buscar, aprender y enseñar el equilibrio. Mucho, mucho trabajo a nuestras espaldas... Demasiado trabajo para que unos cuantos lo desbaraten todo por no seguir unas sencillas normas, por pensar más en su ego que en el trabajo en equipo, por no ser conscientes, NI QUERER SERLO,  del efecto onda que esto supone.

En este final de curso, mi límite está siendo ya superado porque hasta la directiva de mi centro, a la cual respeto en lo profesional y en lo personal, a la que tanto he agradecido su visión sobre la disciplina que tanto comparto, con la que he trabajado codo con codo por ponerla en práctica viendo positivamente los resultados, se siente tan impotente como yo al pretender que ciertos compañeros entiendan lo que hacen cuando pasan de estos mínimos. Siento que, tras muchos intentos, ya descartan la idea de llamar la atención a estos "profesionales" porque saben, como yo, que de nada servirá. Y esto, amigos, sí que me derrumba. Tal vez sea que estoy muy cansada a las alturas de curso en la que estamos. Ojalá el verano me sirva para recuperar mis fuerzas para seguir adelante incluso con este nuevo muro (o viejo, porque no es la primera vez que tomo conciencia de la ineptitud de algunos que desempeñan esta profesión). Ojalá encuentre la manera de derrumbar este muro como he derrumbado los otros. Pero lo cierto es que en este momento estoy un poco hundida y con una profunda tristeza. Confieso que no sé luchar contra la rabia que me genera cruzarme cada día por los pasillos con estos compañeros y sentirme impotente y pisoteada. 

Tal vez, alguno de los que me leéis pensáis que estoy sacando las cosas del tiesto, pero,por suerte o por desgracia, he pasado ya por muchos centros y sé bien de lo que hablo. No quiero decir con esto que lo que ha ocurrido en Valencia sea por una mala labor en cuanto a la disciplina de ese centro en concreto. Las cosas nunca se deben a un solo factor. Solo digo que echar balones fuera nunca es la solución de nada. Solo digo que no ir todos juntos tirando de la carreta supone que la carreta  finalmente no tire. Solo digo que me jode un montón haber tenido la oportunidad de trabajar en un lugar con un proyecto educativo maravilloso y ver cómo este curso algunos lo han dañado estúpidamente. Yo aún tengo que conseguir mi plaza, que sigo con la interinidad en la espalda, pero desde luego, si por mí fuera sé muy bien qué tipo de examen deberían pasar aquellos que desean dedicarse a esta profesión en la que trabajamos con el material más sensible del Universo,  nuestros niños. Y no, no sería precisamente recomprobar cuánto sabe cada cuál de su materia, ni siquiera si sabe "programar". Os aseguro que no es eso lo que se necesita en las aulas.



Le deseo una pronta recuperación a esa profesora valenciana, sobre todo una recuperación de la herida emocional que seguro le habrá causado la experiencia que acaba de vivir.