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domingo, 4 de enero de 2026

MAPA DE DESEOS

 

Feliz 2026.

Pasé la Noche Vieja en casa, en compañía de mis gatos y calentita, abrazada por mi mullido pijama peluche, como yo lo llamo. 

Lo hice así porque así lo quise y, de hecho, os tengo que decir que me lo pasé muy bien: no pasé la noche sin pena ni gloria, realmente lo pasé muy bien. 

Cené temprano, como es mi costumbre, así que temía que se me hiciera larga la espera para tomar las uvas, pero nada más lejos de eso. Resulta que me puse a pensar en esos deseos que iba a pedirle a cada campanada y me di cuenta de que no sentía que me falte nada y que, si algo puedo desear es que siga sintiéndome como me siento en esta etapa de mi vida.

Así que me dio por jugar con la IA y le pedí que me hiciera una lista de anhelos. Me gustó la lista y, llegado el momento, tomé cada uva leyendo el propósito correspondiente. No sé por qué, pero me resultó divertido y especial. 

Y, como me metí tanto en el asunto y me gustó tanto mi ocurrencia y mi lista, llevé al siguiente nivel lo que la IA  había generado para mí: lo he convertido en un proyecto de Altered Art. El resultado lo podéis ver en la imagen, aunque ciertamente la fotografía no le hace honor al producto real, todo hay que decirlo. Pero bueno, está colgado en mi nevera para recordarme cada día lo que le pido a la vida que, en definitiva, solo depende de mí. Eso es lo que importa.

Dice mi hermana que, según la ley de atracción, es decir, la creencia pseudocientífica de que la mente a través de los pensamientos (conscientes e inconscientes) influyen sobre las vida de las personas, argumentando que son unidades energéticas que devolverán a la persona una cantidad de energía similar a la emitida, yo ya estoy en el camino de conseguir la preciada lista al haberla plasmado en mi proyecto.

No soy yo muy de creencias positivistas. Los que me conocéis me habéis oído renegar de todo eso en muchas ocasiones. A ver, psicológicamente, su eficacia se explica por sesgos cognitivos como el sesgo de confirmación (notamos más lo que buscamos) y la formación figura-fondo, que hacen que prestemos atención a lo deseado, y por mecanismos como el efecto placebo y la motivación que generan acciones, aunque no cambien la realidad directamente.  Así que, no es una ley científica, sino una filosofía de vida con bases, como decía antes,  pseudocientíficas. Y yo reniego porque puede ser peligrosa si promueve la represión emocional, lo cual ocurre en más casos de los que podamos imaginar. Pero en fin, reconozco que puede ser útil para la motivación si se complementa con acciones concretas. Así que, sea mi pequeño proyecto de  scrapbooking mi lienzo de motivación para este 2026 y cada uno de sus días una oportunidad para realizar las acciones concretas que den forma real a lo abstracto de cada deseo. 

Para terminar este post de entrada de año, esta mañana se me ha ocurrido volver a jugar con la IA y he terminado generando una canción con mi lista de deseos a partir de la composición del lienzo. El resultado se me antoja más que satisfactorio, así que ya tengo banda sonora matutina, a ver si la motivación me dura. Por lo pronto, la comparto y así, como estará de acuerdo mi hermana, ya he dado otro paso atrayendo mi suerte.

viernes, 14 de junio de 2024

ADIÓS AL CLUB DE LOS MIOPES

    Aún recuerdo con nitidez, aquél día de estudio en mi casa materna junto con mi compañera y amiga Rocío, hace ahora más de 30 años. Era ya la hora en la que el padre de ella venía a recogerla para llevarla a su nido. Le esperábamos en la calle. Debía aparecer subiendo una cuesta con su coche. Para pasar el rato (recuerden que en aquella época lo de los móviles estaba aún por llegar), además de charlar de mil quinientos asuntos trascendentales, nos inventábamos cualquier cosa. En aquella ocasión, el invento fue diagnosticar mi miopía. No recuerdo con certeza cuál fue el detonante, supongo que ella vio algo y me lo indicó y yo era incapaz de verlo, por lo que sorprendida mi amiga de que no alcanzara a ver lo evidente, sospechó que algún problema en mi sentido visual debía estar aconteciéndome.

    Así fue como, procedimos a aplicar el método científico y tras la observación del hecho y el planteamiento de la hipótesis de mi posible miopía, diseñamos y llevamos a cabo la experimentación que debía corroborarla o refutarla. El experimento fue rudimentario, pero no por ello menos eficaz: situadas ambas a la misma altura de la carretera, debíamos observar al siguiente coche que avanzara cuesta arriba hacia nosotras y debíamos ambas decir "ya" cuando vislumbráramos con nitidez la matrícula del vehículo. 

    En el primer intento, después de decir ella la palabra establecida debieron transcurrir bastantes segundos para que yo la secundara. Mientras ella esperaba a que yo articulara el monosílabo, me miraba perpleja y, también hay que señalarlo, muerta de la risa.

    

Como disciplinadas científicas, repetimos el experimento con los siguientes coches que fueron llegando, para asegurarnos que no hubiera ningún error en nuestras conclusiones. Lo cierto es que no solo sirvió para constatar la ausencia de error en el diagnóstico, sino para que mi amiga aumentara su asombro y descojone a partes iguales. Me preguntaba una y otra vez cómo narices podía estar viviendo y estudiando con tal falta de visión.

    Bien, ese fue el inicio de mi vida enganchada a las gafas. Por supuesto, detectado y diagnosticado el problema, no podíamos sino poner remedio para mejorar mi calidad de vida. Y sigo hablando en plural porque, aunque el problema era de mis ojos, mi amiga participó en primera persona de todo el proceso hasta verme con las lentes sobre el puente de mi nariz.

    El siguiente periplo fue la obtención de la graduación adecuada para encargar las lentes. Para ello, pedí cita en la Seguridad Social para oftalmología y las dos acudimos el día que correspondió. Recuerdo que fue por la tarde, en calle Córdoba, si no me falla la memoria. Recuerdo una consulta a oscuras porque las consabidas líneas de letras de diferente tamaño que te hacen recitar sentada a una

considerable distancia se disponían en un panel luminoso. O puede que lo de la oscuridad me lo esté inventando, la verdad, no lo sé. Tal vez lo recuerde todo oscuro porque el oculista que tuvo a bien graduarme era un hombre sombrío o, como poco, con ningún sentido del humor. Y es que, al principio, lo de las letras no fue muy mal, pero luego empezó a complicarlo todo, poniendo cristales de colores y preguntando que cómo veía la ristra de letras mejor, si con uno o con otro. Repitió tanto el quita y pon que llegó un momento en el que yo no acertaba a decidir cómo me resultaba más nítida la imagen. Y aunque fuera algo serio, por aquellos años mozos tendía a darme la risa en este tipo de situaciones en las que me sentía algo frustrada. El pobre hombre no me conocía y debía estar loco por irse ya a su casa. Si a eso le sumamos que no llegaba a mis veinte años, supongo que el médico pensó que nos estábamos choteando y zanjó el tema con la graduación que se le antojó.

    Nos fuimos de la consulta riendo por mi desgracia e indignadas por la poca paciencia del doctor. El siguiente paso fue llegar a la óptica, que en aquella primera ocasión fue General Óptica de la calle Larios, para encargar las que debían ser mis primeras gafas. Y aquello supuso el descubrimiento de la luz... El óptico que nos atendió era un chaval joven y amable y la estancia diáfana y agradable. Le hablé de mi recién visita al oftalmólogo y le entregué la graduación que me había anotado en un papel. El joven nos indicó que debía comprobarlo y temí volver a la tortura del quita y pon de cristalitos, pero nada más lejos. Me sentó frente a una máquina en la que debí apoyar barbilla y frente y en un pis pas me sacó un papelito con mi graduación: no se parecía ni por casualidad a la que el médico me había asignado.  

    Con esta primera prueba realizada, hubieron otras con más letras en ristras y cosas así, pero todo fue mucho, mucho mejor. A la semana siguiente ya tenía mis gafas y me sentí especial al llevarlas. Hay que ver con lo que se ilusiona una. 

    Con el tiempo han habido revisiones y cambio de lentes y el siguiente salto en la progresión natural de las cosas fue decidir hace unos pocos años optar por las progresivas. Entre una cosa y otra, hubo un intento de lentillas, pero casi me saco un ojo intentando quitarme una mañana una que finalmente no estaba en el ojo, así que con tan poca maña para ese asunto, descarté aquello como solución.

    Las progresivas fueron un aumento de comodidad, pero también han supuesto depender totalmente de las gafas las 24 horas del día, bueno, no exageremos, 16, que ocho horas son de sueño. En cualquier caso son demasiadas horas, demasiados cristales sucios a cada rato, demasiados empañamientos (no me quiero acordar de las clases en la pandemia) y demasiadas migrañas de tanto uso. Así que, por fin, hace apenas cuatro días, enfrentando el canguelo que me me daba someterme a la operación, lo he hecho: me

he operado de miopía y astigmatismo. ¡¡Ocho segundos de operación por ojo!! Eso es lo que ha durado el paso de ser miope a no serlo. No puedo describir la sensación que supone no tener que llevar las gafas para conducir, para mirar a lo lejos y ver sin contornos difuminados... Estoy feliz y a la par apenada. Apenada de no haberlo hecho hace veinte años y poder disfrutar de una vista clara sin depender de más artilugios. Desgraciadamente, con mi edad, lo único que mantenía a raya la presbicia era precisamente la miopía. Al eliminarla, me ha caído a plomo la vista cansada, así que seguiré necesitando gafas para ver de cerca. Con todo, salgo ganando, porque el uso de las lupas no es constante y ahora hago mucha más vida sin gafas que con ellas. 

    Tal vez, si hubiera sido más valiente, hubiera sido capaz de hacerme la cirugía de sustitución del cristalino por una lente intraocular trifocal, que me lo hubiera resuelto todo, pero eso ya era pedirle demasiado a mi valor y a mi bolsillo. Aunque quién sabe, quizá en unos años acabe dando el paso final y no solo deje de pertenecer al club de la miopía, sino también al de la presbicia, antes de que lleguen las cataratas. Voy a empezar una hucha, ja, ja, ja. 

sábado, 1 de septiembre de 2018

UNA AMIGA, LA TOSCANA Y VENECIA: UNA EXPERIENCIA “MUY PRECIOSÍSIMA… CLARAMENTE”

Hace ya casi un mes que partía para Italia. Probablemente debería haber publicado esto mucho antes, pero a la vuelta, el verano continuaba y un día por otro, nunca era el momento para ponerse a escribir. Ahora que llega septiembre, ya apetece más. Este post tiene como misión recordar los momentos vividos; sin embargo, lo empezaré del revés, dando gracias. Gracias María del Mar. Gracias por haber sido una compañera de viaje magnífica y, sobre todo, por haberte convertido en una de mis mejores amigas. Gracias por atesorar como yo la felicidad de los pequeños instantes que nos ha proporcionado nuestra estancia en Italia: desde las bellas imágenes que monumentos gloriosos han impregnado nuestras retinas hasta la sensación de trasportarnos en el tiempo callejeando por pueblos medievales; desde los sabores de quesos y vinos hasta el placer del agua fresca en las horas de calor; desde un paseo en góndola en Venecia hasta el placer del olor fresco de nuestra habitación de hotel; tu David
y mi caminata… lo mejor de lo vivido no estará en estas letras, es imposible, al menos para mí, plasmar aquí tanta felicidad, pero estoy segura de que tú lo comprenderás perfectamente. Desde el momento cero hasta unas lágrimas en aquel bar o aquella última noche en Bolonia. Ha sido un viaje ilusionante e inolvidable. Gracias, porque no habría sido igual con ninguna otra persona.
¿Recordamos un poco?

Pues venga, empecemos...








PRIMER DÍA
¡Menudo madrugón!  Cuatro y media de la madrugada. En mi caso, sin haber dormido absolutamente nada, emprendemos la marcha hacia el aeropuerto. Parecía que no iba a llegar el momento, pero, tras dejar el coche a buen recaudo, facturar las maletas y esperar desayunando, por fin llega la hora de embarcar.
Aterrizamos en Bolonia y desde allí todavía nos quedaba tomar el aerobús y un tren hasta Florencia, nuestro centro de operaciones. Tras descubrir gratamente que nuestro hotel era agradable y se ajustaba a lo que esperábamos, era un asunto de primera necesidad buscar un restaurante para hacer nuestra primera comida italiana, que eran ya cerca de las dos de la tarde.  Para el postre buscamos una de las mejores heladerías de Florencia, al pasar el puente de la Santa Trinidad. Ese día también cenamos estupendamente después de descansar merecidamente en el hotel un buen rato.
Nuestro primer paseo por la ciudad me produjo una gran impresión, pero no por lo hermosa que es, sino porque me sentía muy acogida, nada extraña allí. Al día siguiente fue nuestra excursión guiada por Florencia, momento para apreciar al detalle tanta grandeza.

SEGUNDO DÍA
Nuestra guía para la ruta por Florencia fue Simona, una chica muy agradable, profesora de inglés que se dedica a hacer de guía más por vocación que por otra cosa. Como nos dijo, es su pasión y su momento para ella. Se le notaba. El punto de encuentro fue la plaza de San Lorenzo, donde hay un mercadillo dedicado básicamente a la venta de artículos de piel, y donde al final, acabaríamos más adelante haciendo algunas comprillas y degustando queso y pan…, pero eso fue otro día, no adelantemos acontecimientos.
En la misma plaza, visitamos el templo de San Lorenzo, que posee una zona ajardinada. Simona nos contaba que le gusta mostrar este jardín a los turistas para que pudiéramos sentir el contraste del bullicio del mercado, con la paz que se palpa en el monasterio, que aún sirve como tal.
Cerca de allí, pudimos ver la primera casa de los Medicci cuando se instalaron en Florencia. Eran de las afueras, una familia de banqueros cuyo amor e interés por el arte hicieron de Florencia la maravilla que hoy podemos disfrutar.
Seguidamente, llegamos a  la plaza del Duomo donde nos impactó la catedral de Santa María del Fiore.  Una magnífica expresión del gótico florentino, cosa que a los franceses, al parecer, les extraña, ya que no se trata del concepto gótico al que ellos están acostumbrados, sino que es una reinterpretación de ese estilo arquitectónico que tiene su sello propio. Con mármol de tres colores distintos, provenientes de distintas partes del mundo, muy rica en detalles, francamente impresionante, como impresionante era la cola que había para entrar. Esto último no lo hicimos, aunque Simona nos dijo que la mayor parte de las obras de arte que había en la catedral ya no están allí, sino en un museo.
Luego, callejeamos por la parte medieval de la ciudad, para mí uno de los ratos más agradables de la
excursión, llegamos hasta otro mercado donde la curiosidad está en una figura de bronce que representa a un jabalí, aunque los florentinos le dan el nombre de “il Porcellino”, y según dicen trae suerte acariciar su morro y, además, si dejas caer una moneda desde su lengua y se cuela por la rejilla que hay en la base, significa que el regreso a Florencia está asegurado. Bueno…  la mía no coló, pero quién sabe si volveré en cualquier caso…
En el paseo dimos con un hotel, el Brunelesci, construido junto a una torre medieval que ahora forma parte del propio hotel y que nos ha resultado especialmente bonito, tras lo cual desembocamos en la plaza de la Signoria, donde está ubicado el ayuntamiento. Aquí pudimos contemplar distintas esculturas, un verdadero museo en la calle: la de Cosmo I, el primero de los Medici, un Neptuno, distintas representaciones mitológicas y religiosas como corresponde a una ciudad renacentista, que gustaba de los cásicos griegos,  y, por supuesto, una
réplica del David de Miguel Ángel, que más adelante pudiste contemplar en toda su real medida en la Galería de la Academia (pero no lloraste).
Abandonamos la plaza para sumergirnos de nuevo en el medievo y terminar en el Ponte Vechio, uno de los 17 que atraviesa el río Arno, aunque sin duda, el más especial, ya que fue el único que sobrevivió a los bombardeos de la segunda guerra mundial y que, además, tiene la peculiaridad de estar flanqueado por numerosas tiendas de joyería que prácticamente lo ocultan, en total 54 puestos que nuestra guía se molestó en contar un día.  En la otra orilla, caminamos hasta la plaza Piti, donde se encuentra el palacio Piti, que fue la última residencia de los Medici, que es de tal envergadura que el primer palacio parece una choza… y no lo era, ¿eh? Solo para visitar los jardines de esta última residencia se necesitan dos horas y media. Para hacernos una idea de la extensión… ¡Na, unas cuantas macetillas que tenían platadas!
Llegados a este punto, solo continuamos con Simona nosotras dos, y completamos la ruta, retrocediendo sobre nuestros pasos hasta llegar de nuevo a la otra orilla y finalizar en la plaza de la República, cerca de la catedral, con muchas tiendas de renombre y cafeterías con solera.
El resto del día fue tranquilo, volvimos a visitar la plaza de la Signoria para hacer fotos tranquilamente, comimos en una trattoria cutrecilla, pero con el encanto de la calle, descansamos y cenamos en el hotel, viendo como caía una granizada impresionante  y luego, cuando pasó la tormenta, nos dimos el lujo de tomarnos una copa de vino Chianti en el que se convirtió en nuestro bar en Florencia, el Colle Bereto, con muy buena música y para el que hay que tener también buen bolsillo…, pero un viaje es un viaje.

TERCER DÍA
Primera excursión fuera de Florencia: San Gimignano, Siena, Monteriggioni y Chianti.
Madrugamos para llegar al punto de encuentro con el resto del grupo y con la guía de esta excursión, que partía de Florencia. Resultó nuestra guía un absoluto desastre explicándose, pero nos proporcionó buenos motivos de sonrisas y, finalmente, acabamos cogiéndole cariño a este peculiar personaje que no paró de hablar durante los trayectos en el bus. De hecho, cuando ya no tuvo nada más que contarnos en el camino de regreso, se arrancó por Andrea Bocelli para ponerle la guinda al pastel.
La primera parada fue en San Gimignano. Un
pueblo medieval increíblemente bello (muy preciosísimo, como diría nuestra guía Tizziana). Paseamos por la calle de San Giovani, visitamos la torre en la que se ubica actualmente el ayuntamiento y nos deleitamos con las tiendecillas del lugar. Aquí compramos los típicos imanes de souvenirs para recordar nuestro viaje por la Toscana y también un “canolli” que estábamos obligadas a probar y que compartimos más tarde como postre de nuestra comida en Siena.
En Siena, comenzamos la visita con Tizziana, pero nos encontramos con la guía local en la Plaza del Campo. Es un impresionante abanico o concha rodeada de lugares para comer por doquier, que aún impresiona más por la cantidad de turistas allí concentrados.
Nuestra guía local se llamaba Helena y fue de agradecer que se explicara tan perfectamente. Por fin nos enteramos de que Siena, al ser una ciudad más antigua que Florencia, es básicamente gótica, aunque en su catedral podemos encontrar hasta cuatro estilos arquitectónicos y pictóricos, con obras de Miguel Ángel, Rafael y Bernini, entre otros.
Siena está dividida en 17 barrios que están representados por un animal. Nosotros visitamos el barrio del Águila. Cada barrio tiene su propia iglesia donde se bendice el caballo que participará en las famosas carreras que tienen lugar en la Plaza del Campo dos veces al año. El caballo literalmente entra en la iglesia para ser bendecido. No sé por qué, pero este hecho me emocionó sobremanera.  Los jinetes profesionales contratados por cada barrio montarán sin silla y competirán por el estandarte de seda pintado a mano por pintores de renombre y  cuyo motivo central es la virgen, ya que estas fiestas son de carácter religioso. Pudimos ver los estandartes ganados por el barrio del Águila en el museo en que se ha convertido la sacristía de la iglesia. Helena nos explicó el sistema de sorteo por el cual los barrios se convierten en participantes en las carreras ya que solo caben 10 caballos en el recorrido, por lo que no pueden participar los 17 barrios a la vez. Nos remarcó que en estas carreras el protagonista es el caballo, quien gana es el caballo, con o sin jinete: el primero en completar tres vueltas a la plaza.
Abandonamos Siena para hacer la siguiente parada en una fortificación donde respiramos un poco de paz después de una Siena abigarrada de turistas. Fue un paseo muy agradable por Monteriggioni. Aproveché para comprar unas bonitas postales pintadas y María del Mar para hacer las fotos de rigor que ahora ilustran este resumen.
Por último, para cerrar un día estupendo, nos dirigimos a una finca en la región del Chianti
donde degustamos tres maravillosos vinos, un aceite de oliva y otro de trufa y dos vinagres balsámicos maridados con productos locales que nos supieron a gloria (sobre todo el queso, mmmm).

CUARTO DÍA
Éste fue un día de “descanso” en Florencia. Por la mañana nos dedicamos a gestionar los billetes de tren para la excursión del día siguiente a Venecia y los de vuelta a Bolonia para el viaje de vuelta. Luego, volvimos  al mercado de San Lorenzo, a perdernos un buen rato entre los puestos
donde compramos los detalles para nuestras familias y amigos y alguna que otra cosilla para nosotras mismas. También compramos allí el queso y el pan con el que decidimos cenar esa noche en nuestra habitación de hotel: un picnic de lujo, he de decir. ¡Qué rico estaba! Pero antes, gastamos el día, como decía en volver a pasear por la que en estos días se ha convertido en nuestra ciudad, que así la hemos llegado a sentir. Volvimos al Ponte Vechio, volvimos a callejear por el medievo y volvimos a almorzar en el restaurante del primer día, el de “nuestro barrio”.
Por la tarde, tuvimos nuestro particular descanso de nosotras mismas, jejeje. Nos separamos para hacer actividades totalmente distintas. María de Mar visitó la galería de la Academia con el objetivo claro de ver al David de Miguel Ángel auténtico, que aunque la réplica era impresionante, no podía dejar pasar la oportunidad de estar junto al gigante de mármol que representa la perfección y la belleza del Renacentismo (aunque nosotras tenemos nuestras dudas acerca de las proporciones, todo hay que decirlo, ya podría el maestro Miguel Ángel haber sido algo más generoso con ciertas partes del marmóreo personaje).  Mientras tanto, yo me enfundé las mallas y me calcé las zapatillas de
deporte dispuesta a irme de caminata, tal y como suelo hacer en mi propio pueblo. Me fui alejando de la parte turística de la ciudad, escuchando música y a buen ritmo, confundiéndome con los florentinos. Por un rato ya no parecía una turista, sino una vecina más  inmersa en una rutina de lo más normal. Disfruté de ver a niños y abuelas en un parque, de ver trabajar a un mecánico en su taller, o de pescar en el río a unos cuantos jubilados.  Supongo que, en parte, hice un poco realidad un sueño que me ha perseguido durante todo el viaje: el de vivir algún tiempo fuera de los meses vacacionales en cada una de las ciudades y pueblos que me han encandilado para sentirlos más reales.
A mi vuelta, mi amiga ya estaba en el hotel. Nos duchamos, nos pusimos el pijama y arreglamos una especie de mesa en la cama donde dimos buena cuenta de las viandas adquiridas en la mañana.

QUINTO DÍA
Visitamos Venecia. Otro madrugón que mereció la pena. Al salir de la estación sentimos una gran emoción al pisar la ciudad de los canales. Desde el primer vistazo la belleza de esta peculiar ciudad nos cautivó. Venecia es para fotografiar cada uno de sus rincones. Y eso hicimos. Patearnos la ciudad, admirarnos de cada hueco, perdernos más de una vez entre callejuela y callejuela hasta llegar a la plaza de la Basílica de San Marco, comer ya desechas en un pequeño restaurante que nos pareció como estar en el interior de un barco, prometerle como mínimo un poema o una oración al “flatoril” que evitó una tragedia en mis tripas y, dicho sea de paso, el fracaso del día y preguntarnos más de una vez cómo pudo originarse la ciudad flotante.
En mi afán de salvarnos de la ignorancia, satisfacer nuestra curiosidad y culturizarnos un poco, me comprometí a buscar algo de información al respecto, ya que ese día no contábamos con guía que nos educara históricamente, así que a continuación, transcribo algunas partes de la historia de Venecia que he leído de un artículo del National Geographic.

Existen pocas ciudades como Venecia en cuyos orígenes se entremezclen tan intensamente hechos
reales, historias fantásticas y mitos creados artificialmente. De éstos, el más generalizado es el de su origen salvaje, la idea de que Venecia surgió de la nada, en un islote en medio de una laguna inhóspita donde hombres y mujeres habían buscado refugio frente a las invasiones de los pueblos bárbaros a partir del siglo V. Un relato tardío, elaborado en torno a 1400, situaba la fundación de Venecia en 421, once años después de la toma de Roma por el visigodo Alarico, e incluso determinaba el día, el 21 de marzo. El relato se basa, sin embargo, en un documento falsificado. En cambio, es cierto que en 452, al producirse la invasión de los hunos, fugitivos de tierra adentro se asentaron ya en la laguna veneciana. Pero esas gentes no descubrieron territorios desconocidos, sino que aquella zona pantanosa se trataba de un área bien integrada en el sistema administrativo del Imperio romano.

Lo que buscaban estos primeros inmigrantes era un refugio temporal a la espera de regresar a sus tierras de origen, pero se lo impidieron las posteriores invasiones, especialmente la de los lombardos, que ocuparon todo el norte de Italia a partir del año 568. Con ello, su estancia en la laguna se hizo permanente. En los siglos V y VI, la laguna acogió una serie de asentamientos marginales, pueblos de pescadores y construcciones fortificadas.
La vida de los habitantes de la laguna en estos años es vivamente evocada en una carta que Casiodoro, el principal ministro del rey ostrogodo Teodorico, les dirigió en 523 en un intento de asegurarse su lealtad: «Vivís como las aves marinas –les decía–, en hogares dispersos. La solidez del terreno sobre el que os asentáis sólo se sustenta sobre acacias y mimbreras, a pesar de lo cual no dudáis en enfrentar vuestro frágil baluarte a la saña del océano. Vuestras gentes cuentan con una inmensa riqueza en la pesca, suficiente para abastecerlas a todas. No hacéis distinciones entre ricos y pobres; vuestros alimentos son los mismos, y vuestras casas parecidas entre sí. Toda vuestra energía va a parar a vuestras salinas; en ellas reside vuestra prosperidad y capacidad para adquirir aquellas cosas de las que carecéis». Y al final Casiodoro les pedía: «Mostraos diligentes en la reparación de esas embarcaciones que, cual si se tratara de caballos, mantenéis amarradas junto a
las puertas de vuestros hogares…».

El nombre de Rialto deriva de la expresión latina Rivus Altus, que significa «río profundo», y hace referencia al canal más profundo de la laguna que bordeaba la isla: el actual Gran Canal. La isla, de tierras lodosas y muy vulnerable a las inundaciones a causa de su superficie completamente llana, había estado largo tiempo deshabitada, pero en el siglo VIII empezó su colonización. En uno de los islotes que la rodeaban, Olivolo, se erigió entre los años 775 y 776 el más antiguo de los obispados de la laguna, el de Castello, con

la iglesia de San Pietro. Tras el traslado a Rialto, el dux situó la sede de gobierno en su propia casa, antecedente del palacio ducal que surgiría siglos después en el mismo emplazamiento.
El último hecho crucial fue la llegada a Venecia, en 828, de las reliquias del apóstol san Marcos, que unos mercaderes venecianos habían traído desde Alejandría. Los restos se convirtieron enseguida en el símbolo religioso, político y militar de las comunidades de la laguna. Inmediatamente, por voluntad del dux, se inició la construcción de la basílica que debía custodiarlos.

El pequeño archipiélago que rodeaba Rialto se iba convirtiendo en el corazón del Ducado, y su carácter urbano se iba haciendo más evidente, distinguiéndolo de otros asentamientos menores de la laguna dispersos entre Grado y Cavarzere. Estaba cada vez más poblado, era la sede de los poderes de la provincia y allí se multiplicaban los edificios eclesiásticos. Aun así, sólo a principios del siglo X los venecianos tuvieron conciencia de que estaban creando una nueva ciudad. En 899, la laguna sufrió una nueva amenaza de invasión, esta vez por parte de los húngaros, y para la defensa se construyó una muralla entre Santa Maria del Giglio y la zona de Castello; además, se colocó una enorme cadena en la entrada del Gran Canal para cerrar el paso a las posibles embarcaciones enemigas. Según el cronista Giovanni Diacono, fue entonces cuando «el dux Pietro [Tribuno] comenzó a construir con sus súbditos una ciudad en Rialto». Este pasaje, en el que por primera vez se habla de una ciudad en la laguna, es la partida de nacimiento de Venecia.

El crecimiento urbano descansó en la unión de la isla de Rialto con los núcleos autónomos de las
islas que formaban el archipiélago rialtino: Dorsoduro, Spinalunga (actual Giudecca), Luprio y Olivolo (actual Castello). Un documento de la década de 870 explica que «algunos hombres obtuvieron el permiso de cultivar pantanos y de construir casas en la zona oriental [de Rialto]; y así la isla llamada Dorsoduro, por autorización ducal, se hizo idónea para residir en ella». Para habitar entre amplios espacios de aguas saladas y áreas hortícolas era necesario desecar el terreno y asegurar las casas con fundamentos en forma de gruesos pilotes de madera. Durante todo el siglo IX las residencias fueron muy modestas y sencillas, con predominio de la madera, la paja y las cañas de los pantanos. Son muy escasos los documentos (menos de una decena) que hablan de edificios con más de dos plantas y paredes de piedra durante los siglos XI y XII. A finales del siglo XII, los únicos palacios realmente destacables eran el del dux y el del patriarca de Grado.

Curiosamente, durante mucho tiempo no estuvo claro cuál era el nombre de la ciudad. En teoría, Venecia era la provincia y Rialto la ciudad, pero, como escribía un jurista en 1311, «los habitantes de esta ciudad pueden ser llamados indistintamente habitantes de Rialto y venecianos. Y ten presente que los de Chioggia o Murano o los del obispado de Torcello que quieren ir a la ciudad de Rialto no dicen que quieren ir a Rialto, sino a Venecia». Y mientras los notarios venecianos databan sus documentos «en Rialto», los extranjeros lo hacían «en Venecia», aunque unos y otros se referían a la misma ciudad. En cualquier caso, Rialto-Venecia era una ciudad en expansión: era la capital de un Estado cada vez más rico, poderoso y autónomo, incluso comparándolo con la capital bizantina, Constantinopla. Hacia el año Mil, la antigua provincia marginal ya era la primera potencia del alto Adriático; más adelante su papel se expandirá más allá del Adriático, por el Mediterráneo.

Su ascenso culminó en 1204, en la cuarta cruzada capitaneada por los venecianos y que terminó con el saqueo de Constantinopla y la supresión temporal del Imperio bizantino. Éste fue sustituido por un Imperio Latino de Oriente del que Venecia era señora en «una cuarta parte y media» (es decir, en tres octavos). Una Venecia rica y poderosa que adquirió en ese momento una dimensión imperial y cuyas estructuras urbanas también se transformaron. Gracias al saqueo de la conquistada Constantinopla llegaron en abundancia a la laguna materiales preciosos (y para una ciudad de agua, incluso las piedras lo son). Pensemos, por su valor simbólico, en los cuatro caballos de bronce que pasaron del hipódromo de Costantinopla a la fachada de San Marcos. Se abría una nueva etapa para la ciudad, convertida ya en una espléndida metrópoli, dispuesta para nuevas conquistas.


Creo que de todas las excursiones, ésta fue la más cansada. Llegamos al hotel casi creyendo que era un milagro sentir el aire acondicionado y el ya familiar olor de nuestra habitación. Hubo un retraso de dos horas en nuestro tren de regreso a Florencia. Entre eso, el increíble calor y todo lo que anduvimos ese día, sentarnos en nuestros asientos del tren por fin fue una auténtica bendición y llegar a “casa” el mayor placer que podamos recordar, jejeje. Pero, lo dicho, valió la pena, valió la pena, valió la pena.

 DÍA SEXTO

Excursión a Pissa y Luca. Otro madrugón que mereció la pena… “claramente”. Nuestro guía hasta Pisa fue Mateo. Gracias a Dios, un poco de calma tras el “huracán Tizziana”. Nos acompañó hasta el punto de encuentro con la guía local, Valeria, que resultó ser una chica bastante chistosa  y nos explicó de forma muy amena la historia de los edificios que se reúnen de una forma luminosa en una misma plaza: La Piazza del Miracoli. Admiramos el Baptisterio, la Catedral y la archifamosa Torre inclinada de Pisa, que realmente es un campanario de la catedral, claro que, por motivos obvios de seguridad, ya no tiene esa función. Hay fotos, pero nos resistimos a  hacer el “lila” sosteniendo o empujando la torre. Fue mucho más interesante hacer la foto a una gran ristra de turistas que intentaban tomar la pose. En fin… sin más comentarios. Además de estos tres edificios que son los que más llaman la atención, en la plaza se puede contemplar también los edificios del antiguo hospital y del cementerio, así que, como nos hizo ver Valeria, quedan reflejadas todas las etapas de la vida: nacimiento (baptisterio), vida (catedral), sufrimiento (hospital) y muerte (cementerio).
Tuvimos tiempo en Pisa de pasear, buscar un sitio para comer (el verde nos llamaba con desespero y
nos zampamos dos sendas ensaladas), y hacer algunas comprillas más (yo llevaba diciendo desde hacía ya dos días que no iba a comprar nada más, pero me atacó la fiebre del turista y me dejé llevar, ¡qué le iba a hacer!)
Luego, volvimos con Mateo al bus y nos trasladamos a Lucca. Nos encantó la paz que vivimos allí. Lucca aún no está tan explotada turísticamente y fue un descanso para nuestras emociones. No obstante, nuestro último guía (que me perdone, pero no recuerdo su nombre), nos mostró lo más relevante de su ciudad y sobre todo nos comentó muchos detalles curiosos de las construcciones, como las ventanas más bajas para los niños… Lucca destaca por sus murallas
caracterizadas por majestuosas puertas y baluartes, y allí estuvimos, paseando por ese casco antiguo, el Anfiteatro, la Torre de Guinigi y la Catedral de San Martín (en su fachada podemos encontrar la cabeza de Colón entre otros, curioso, ¿eh?). Terminamos la visita con la degustación del famoso Buccelato, el típico dulce de Lucca.  Tambien en Lucca hubo comprillas (una vez más, ¡qué le iba a hacer!)


 SÉPTIMO DÍA
Regreso a Bolonia. Para no ir estresadas, nuestro último día de viaje lo pasamos ya en Bolonia, desde
donde cogeríamos el vuelo de regreso a Málaga al día siguiente. Y esto nos brindó la oportunidad de pasear también por esta ciudad con gran tradición universitaria. Claro que, por esta razón,  en pleno agosto el número de habitantes debe verse reducido bastante. A mí me encantó ese paseo por sus calles antes de comer en el mercado de Mezzo. Disfrutamos de la tranquilidad de sus callejones y de la belleza de algunos rincones que, a priori, nos habían pasado desapercibidos. Comprobamos que la Torre de Pisa no es la única inclinada de Italia y nos tomamos un helado apaciblemente sentadas en la calle, antes de registrarnos en el hotel que nos alojaría esta última noche. De hecho, cansadas ya de toda la semana, decidimos relajarnos esa tarde en el hotel y no hicimos otra cosa más que tumbarnos en nuestras camas después de una refrescante ducha y permanecer fresquitas charlando de todo un poco bajo los efluvios del aire acondicionado. Sin entrar en detalles que no les importan a nadie, ya sabes, María del Mar, que la conversación me importó, que, si bien no me alegro de las lágrimillas, me siento orgullosa de que me las confíes y que hasta eso tiene un valor precioso (muy preciosísimo) en todo lo que significas para mí, así que, una y mil veces repetiría esos momentos, así como el resto de nuestra aventura juntas, no solo en Italia, sino desde que te conocí en Órgiva.
Aún quedaba la vuelta, mis nervios previos a coger un avión (discúlpame por ellos), el mal rato de tu maleta rota y de la llave de tu candado perdida… pero, finalmente, volvimos a ponerle buen cara al contratiempo y disfrutamos de una última comida a base de sushi y de mi regalo de cumpleaños para ti, que llevaba esperando ya algún tiempo. Sé que las manos de mi hermana hicieron su buen efecto y espero que disfrutaras de ese rato de relax, como yo he disfrutado de tu compañía esta maravillosa semana.

Ahora quedan las fotos, y estas palabras, y pronto haré algún montaje de vídeo que nos traiga nuevamente estos recuerdos… pero lo más importante es que queden ganas de seguir compartiendo instantes, más cortos o más largos, no importa, compartir vida. Aquí me tienes siempre: Cuenta conmigo. Un abrazo, amiga.

PD: Lo prometido es deuda y por eso aquí está mi particular homenaje al "flatoril":

Flatoril nuestro que estás en nuestro botiquín.
Santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu principio activo, 
así en las comidas como en las cenas.
El intestino nuestro que gasea cada día,
cuídalo hoy.
Perdona nuestros excesos
porque nosotros no perdonamos
las viandas que nos ofrecen.
Déjanos caer en la tentación,
pero líbranos del mal. AMEN.

domingo, 15 de julio de 2018

UNA ESCAPADA MUY DESEADA

Hace ya algo más de quince días que estoy de vacaciones. Este curso ha sido un regalo para mí y ha terminado con un broche de oro: numerosas muestras de cariño de mis alumnos a través de sus pequeños regalos e incluso de algunas lágrimas de una chiquilla arrepentida de no haberse portado demasiado bien en las clases; algo que, si os digo la verdad, para mí ha supuesto aún más regocijo,
pues aunque haya sido tarde, ella ha sabido valorar el esfuerzo de ésta que suscribe, así que, ¿qué os voy a decir? Si el curso pasado acabé pensando lo peor de mí como profesional por todo lo que me tocó vivir sin que acertara a gestionarlo de un buen modo, este año he recuperado mi confianza, mi autoestima y, lo que es más importante, mi ilusión. El último detalle hacia mi labor lo he recibido de parte de la dirección del centro. Me ha hecho gracia, es un diploma simpático que contiene una nota a pie de hoja que advierte que no es un diploma que conceda puntos para las oposiciones y demás, y, sin embargo, no creo que tenga otro diploma, por más oficial que sea, que tenga tanto valor como éste. Así que está colgado en mi muro de recuerdos importantes y, por supuesto, estará aquí y en mi corazón por siempre.

He agradecido que llegaran las vacaciones. Todos estábamos ya muy cansados y el calor pide playa y relax, no estar encerrados en las aulas, pero las comencé sin poder evitar un pequeño bajón de ánimo, porque prescindir de la rutina laboral sin más planes inmediatos que ir del gimnasio a la piscina o playa y luego una tarde llena de... nada, bueno, pues tuve mis días, para  qué decir más. Pero tampoco me he preocupado mucho. Ya estoy acostumbrada a que me pasen estas cosas y sencillamente, lo he tomado como lo que en realidad es, nada que tenga importancia. He respirado y he esperado a que las cosas vayan llegando. Y así, recibí la visita la semana pasada de mi amiga Patricia, a la que no veía desde hacía unos años y tuvimos un reencuentro muy grato. Una comida vegana que le serví con todo mi cariño y una tarde de piscina placentera. Espero, como le dije, que no dejemos pasar esta vez tanto tiempo en volver a vernos. A mí ese rato me sirvió para salir del "bajoncillo" y el verano ha tomado su verdadero color desde entonces.

Y esta semana, por fin, ha surgido la primera escapadita del verano. Hacía mucho que quería repetir una ruta que hicimos mi hermana y yo hace más de diez años por las playas de Cádiz. Esta vez hemos reducido la caminata de tres jornadas a una sola, pero bueno, no ha dejado de ser estupendo caminar el sábado toda la playa de Conil, el Palmar y Zahora hasta llegar al faro de Trafalgar. La idea era
hacer ida y vuelta, un total de 25 km, pero debido a nuestra poca previsión con respecto a la subida de la marea, junto con algún achaque de estos de los "taitantos", pensamos que mejor hacíamos parte de la vuelta por la carretera para evitar una zona que me resultaba más incómoda por la playa, y retornar a ella pasada esa zona. Se suponía que iba a ser cuestión de un pequeño rodeo, sin embargo, lo que el mapita no nos dijo es que para regresar a la playa pasada esa zona, todos los caminos que nos íbamos a encontrar eran pasos privados. Resultado: dos catetas caminando a pleno sol por la carretera de vuelta a Conil, poniendo en riesgo nuestros cuerpos serranos porque la carreterita no tiene ni dos centímetros de arcén, así que las circunstancias nos obligaron a seguir con cuidado hasta la gasolinera que nos indicó el mapa más próxima y desde allí, hacer los últimos kilómetros en taxi que, por cierto, como ya supondréis fue una clavada...

Así que no cumplimos con nuestro objetivo de kilometraje, pero sí con el propósito de pasarlo bien,
porque no hay palabras para describir el pedazo de baño de felicidad que nos dimos una vez llegamos al faro de Trafalgar y la horita que nos pasamos allí tumbadas en bolas retomando fuerzas. Ni el momento "campo de girasoles"... Eso no lo cuento porque es de estas coas que solo tienen gracia cuando las vives, pero nos reímos un rato en nuestro momento más desesperado de ruta suicida por la carretera y espero que mi hermana sí se vuelva a reír cuando lea esto. Cumplimos nuestro propósito de pasarlo bien juntas desde la noche de llegada a un pequeño hostal llamado "Batato", que nos sorprendió gratamente. Nuestra noche en Vejer resultó de lo más agradable. Un entorno privilegiado y echando a suerte en qué barecito debíamos degustar la gastronomía del lugar, porque cuesta trabajo decidirse entre tantos locales que surgen como setas en cada rincón...
Y luego unas copas y un baile al ritmo de música en directo en otro garito que nos recomendaron mientras flipábamos con las mejores alcachofas a la plancha que hemos probado nunca (sin desmerecer las alcachofas de mamá, que son pa´ morirse de gusto). Anoche, doloridas hasta las pestañas pero felices, dimos una última vuelta por el pueblo. A mí me parecía imposible estar dando un solo paso más después del día de "walking", y además en tacones y por suelo empedrado cuesta arriba y cuesta abajo, pero  la verdad es que valió la pena ver con la luz de la tarde la judería, el mirador, la iglesia y el castillo, y, por fin, encontrar la heladería que era nuestra última meta. Nos tomamos nuestro helado sentaditas en una de esas callejuelas encantadoras casi en silencio. Yo, dedicando todos mis sentidos a disfrutar únicamente de ese momento, como buena "mindfulnera". Y después
de ese helado que se ha convertido en el mejor que me he comido nunca, decidimos que lo único que queríamos era tumbarnos en la cama de ese hostalito nuestro y pasar nuestras últimas horas echando un sueño de diez horas que nos ha sentado de lujo.

Hemos regresado pronto porque mi hermana tenía un compromiso muy importante. Esta misma tarde salía para Madrid para acudir a la boda de una buena amiga. Desde aquí, que sé que a veces me lee, le doy un fuerte abrazo y que esa celebración solo sirva para reforzar la vida de amor que ya comenzó hace años y de los que ya tienen a sus dos mejores testigos: dos niñas preciosas que van a poder disfrutar de la boda de sus padres. A veces, empezar al revés las cosas puede ser más hermoso. A mí, particularmente,
me encanta la gente que lo hace todo como le da la gana y cuando le da la gana. ¡¡¡Felicidades!!!

Bien, es hora de ir acabando este post. El miércoles que viene me reúno con algunos compis de este curso para seguir con la que espero se convierta en una tradición. Será nuestra segunda quedada para comer en lugares con encanto y seguir en contacto. Brindaré por ello.

Como ya os dije al principio, no me preocupaba en exceso mis días de bajoncillo, tal y como llegaron, se fueron. Solo hay que aceptar que todos los días no pueden ser geniales, que no hace falta tener un plan para cada minuto de las vacaciones, que sencillamente es mejor dejar que todo fluya sin dejar que los días bajos sean un problema. Aceptar todos nuestros estados de ánimo con amabilidad es la mejor forma de ser feliz de verdad. Una vez más debo hacer esta reflexión en voz alta: no reniego de mis momentos bajos. Hay mucho aprendizaje en esos ratos para valorar lo bueno de la vida. Para mí, tener una actitud positiva no es no permitirme esos bajones, ni unas lágrimas, ni obligarme a no sentir tristeza. Para mí ser positivo es descubrir y reconocer que tengo un día malo, aceptarlo como parte de mis días, contemplarlo sin más,  sin recrearme en esa tristeza o esa melancolía o esa soledad, simplemente, dando por hecho que el siguiente será de otra forma, y punto.  Simplemente, diciendo también que sí a las propuestas de felicidad que te da la vida, como un rato en la compañía de una amiga, una escapadita con tu hermana o una comida con los compañeros. A ver qué más cosas me trae el resto del verano. 

domingo, 2 de abril de 2017

EMPEZANDO A HACER NUEVOS DEBERES...

Por si fueran pocas las cosas que una tiene que hacer, ¿no?

Bueno, la verdad es que, en este caso, es algo que me debo a mí misma desde hace mucho tiempo, y parece que ha llegado la hora de ponerse a ello.

Veo pasar mis días, mis mese, mis años, deseando hacer cosas que luego no hago, porque siempre me imaginé haciéndolas en compañía. No es nada fácil llegar a la conclusión de que si no las hago sola, es posible que nunca las haga y, aunque pueda haberme sonado triste durante mucho tiempo realizar según que tipo de actividades sin nadie al lado con quien compartirlas, más triste me está sonando ahora pasar la vida sin haber disfrutado de todo aquello que me apetece y puedo permitirme. 

Así que, tras intentar organizar una escapada con una persona con la que me hubira encantado vivirla, y darme cuenta de que hay poco o ningún interés, he decidido optar por no tomarme la cosa a mal y sencillamente, hacerlo de todas formas con el único y sencillo objetivo de darme el placer a mí misma y, de camino, sentir la satisfacción de superar esta barrera que, a priori, me echa para atrás.

Este fin de semana ha sido el inicio de lo que espero sean muchas aventurillas en solitario y he de decir que me ha sentado muy, pero que muy bien. 

Tal vez la clave sea empezar por cosas sencillas, que a penas me cuesten. Desde luego, después de mi primer pasito de ayer, ahora tengo muchas ganas de lo siguiente. Así que, mejor no pudo haber resultado.

Supongo que es como cuando fui a la playa sola por primera vez, o cuando decidí que para ir al cine no me hacía falta a nadie. Ya no recuerdo lo que me costó aquellas primeras veces, pero la verdad es que, aunque no digo que no a un rato de playa o a una sesión de cine en compañía, disfruto enormemente de mi rutina playera-buen libro estival, y, por supuesto, de tragarme un dramón en el cine sin tener que aguantarme las lagrimillas. ¿Por qué cualquier otra cosa iba a ser diferente?

Tenía muchas ganas de visitar una pequeña fábrica de cerveza artesanal de aquí de Málaga y he estado no sé cuanto tiempo proponiéndolo a uno y a otro, pero ya sea por falta de tiempo o porque no apeteciera, la cosa la he ido aplazando y aplazando... Hasta ayer. Y es que, después de haber estado más de un mes sin apenas poder moverme, ahora que me encuentro bien y que encima hace buen tiempo, me parece un crimen desperdiciar los días que me quedan antes de incorporarme a "infiertuto" , por eso, llamé el viernes a la fábrica e hice mi reserva. 

Me levanté, me arreglé (bien guapa que me puse), cogí mi coche y seguí las indicaciones del GPS hasta el garito en cuestión. Y a las doce en punto del medio día me reuní con el resto de la pequeña comitiva que íbamos a disfrutar de la cata de cuatro estupendas cervezas. 

La visita no fue gran cosa en cuanto a lo que había que ver. Un lugar pequeñito, con unos cuantos
tanques donde se dan los distintos procesos para la elaboración del caldo, y la explicación del procedimiento por parte del peculiar socio del proyecto que nos instruyó, mientras el otro no menos particular socio, nos alegraba el espíritu repartiendo muestras de las distintas cervezas que fabrican, en rondas que cada vez se tornaban más alegres, fruto, sin duda, del achispamiento que la ingesta de esos zumos de malta y lúpulo iba provocándonos.

Para la cuarta y última cata, ya habíamos pasado a la zona de bar donde concluía la visita. Y para entonces, la conversación ya era muy amena con una pareja que estaba de celebración de aniversario y con los dueños del "changüai". Lo pasé bien. Y, por supuesto, ya tengo otra tarea pendiente, que será ir a seguir degustando alguna de sus especcialidades en el barecillo que tienen en calle Carreterías: La Madriguera. Abren a las seis de la tarde, muy buena hora para que yo me pase algún viernes después de pasar por la consulta de mi psicóloga, que es la que más me ha animado a que me enfrente a esto que me parecía tan difícil.

Así pues, conocer la cerveza Malaqa, ha sido la primera de mis incursiones en lo que creo que voy a llamar "Mis aventuras en solitario"

Para hoy tenía ya otra propuesta para mí misma, pero bueno, mi hermanita ha venido conmigo y, mira, genial. Hemos ido al Palacio de Ferias y Congresos a visitar la feria de muestras de productos ecológicos Málaga Natura. De allí hemos salido pendientes de un sorteo para que un chef venga a cocinar a nuestra casa, con un par de tarros de mermelada artesanal (la mía de zanahoria, naranja y jengibre que estoy dispuesta a replicar en mis fogoncitos) y apuntadas a un taller de cocina vegana en Nerja para el domingo que viene. Y lo tengo claro: si mi hermana no pudiera ir, me voy yo sola. No pienso desaprovechar ninguna ocasión de hacer mis deberes e ir cumpliendo con este reto. Probablemente no aprenda nada que no pueda aprender yo sola por internet, como me he demostrado con mis últimos experimentos culinarios, pero a lo mejor, tomo nota para se yo la que imparta estos talleres alguna vez, ya sea con alumnos (si es que alguna vez vuelvo a tener alumnos receptivos), o para gente que quiera aprender y comer cosas ricas y sanotas. 

Pero antes del domingo ya hay algo pendiente en mi muro mental de tareas: el martes inauguro mi
temporada en el Lotero. Espero que no se fastidie el tiempo, porque es el día elegido para zamparme mi primer espeto después de un ratito de playa y lectura. No os pregunto si os apuntáis.

Feliz semana.

viernes, 19 de agosto de 2016

DESTINO 2016-17

Hace ya más de una semana que conozco mi próximo destino. Por fin, este año me han dado una vacante "informatizada", así que estoy muy contenta de saber que trabajo desde el día uno de septiembre y que, poco a poco, hay un progreso en mi situación interina. A ver si con un poco de suerte, la próxima convocatoria es la mía y consigo la plaza...

Pero ahora, lo que toca es celebrar la vacante y celebrar que, aunque ha sido difícil, he conseguido ya piso. El destino es la Línea de la Concepción... Por ahí me dicen que si es que me quiero volver gadittana o algo así, jeje... Yo hubiera preferido, como es natural, quedarme en Málaga, pero así son las cosas; más vale buscar el lado positivo porque si no... Y positivo es que estoy más cerca que el año pasado, así que no echaré tanto de menos mi casa pues vendré más a menudo. Y positivo es que, una vez más, tengo la oportunidad de conocer un sitio nuevo, que seguro que me brindará nuevas oportunidades de aprender. Reconozco que estos días he estado muy nerviosa en el sentido más negativo, porque hasta que una no sabe dónde va a dormir se pasa un poco mal, y viendo los precios de alquiler que se manejan en la Línea, os aseguro que pensar en mi bolsillo también me tiene bien preocupada. Pero una vez que ayer ya hice mi primer viajito al pueblo para conseguir la casa y ya está hecha esa gestión, todo se ve desde una perspectiva más serena. 

En cuanto al pisito, decir que es el mejor sitio que he alquilado sería mentir. Es viejito, casi todos los muebles también, con cajones que se atrancan y puertas que no encajan, sin embargo, lo importante lo tiene: un sofá que no me va a dejar la espalda hecha un ocho, una cama cómoda, electrodomésticos nuevos en la cocina y baño también reformado, que puestos a que haya algo reformado en casa, mejor que sea eso. Es muy luminoso y tengo una terraza que da a la bahia, así que espero ver desde allí alguna que otra puesta de sol. También tengo dos habiaciones extra, cada una con dos camas, así que espero que alguno se anime a ver esa puesta de sol conmigo. Haremos una pizza en un horno de butano, de los de antes, y brindaremos con un lambrusquito. ¿Os apetece el plan? 

Me han dicho que la zona no es muy buena y realmente el aspecto de las viviendas de por allí no es el de una urbanización de lujo como mi casita de Chiclana, pero vaya, por lo pronto, ya he conocido a mis caseros, que han vivido allí toda la vida y siguen volviedo cada verano al que consideran su hogar... tan mal no se debe estar, ¿no?  Y desde luego, la ubicación es estupenda para mí: cerca del instituto, cerca del centro, cerca de la frontera con Gibraltar, playa en frente, Mercadona detrás, farmacia, ambulatorio... Todo a un salto de mata. Perfect!! (¿Qué? ¿No soy suficientemente positiva?)

Hablar del instituto no puedo habalr aún, así que me reservo el tema para una próxima entrada, una vez que haya empezado el curso. Referencias tengo, claro, y aunque es inevitable no hacerse a la idea de que no voy a tener otros "ÚNICOS", como en Salobreña, prefiero hacer el esfuerzo de no condicionarme por las referencias que otros me den. Al final, después, tienes que conocer a tus alumnos uno por uno y tratar de  sacar de ellos lo mejor que puedan ofrecer, del mismo modo que cada curso una debe tratar de sacar de una misma lo mejor que puedes dar. Solo espero hacerlo un poco mejor que el año pasado y así cada vez. A ver qué tal. Ya habrá tiempo de hacer valoraciones generales a final de junio. 

En fin, ya huele a aventura. Pero, en esta ocasión, me voy a permitir disfrutar del final de mis vacaciones con esta nueva sensación de paz que hasta ahora no había podido saborear, teniendo siempre la incertidumbre calando mis huesos hasta bien entrado Septiembre, esperando por un puesto. 

Lo cierto es que estoy pasando unos ratos muy agradables y, por cierto, tengo que agradecer esto a mi visita de estos días. Aunque en realidad llevamos todo el verano compartiendo momentos estupendos, por unos días, además, se queda en casa, haciendo posible que disfrute un poco más de esta nueva amistad. Ojalá solo sea el principio y que el hecho de que cada uno se vaya para la costa opuesta al final del verano, no suponga un fin. Pero si así fuera, solo quiero que sepas que lo he pasado muy bien y que conocerte me ha hecho un poquito más feliz. Me gusta la pimienta en casi todos mis platos y tú has sido la pimienta de mi verano, jeje... 

Bien, voy a continuar con mis cosillas. Hace un calor de averno, así que una duchita fría más se impone antes de dormir.

sábado, 30 de julio de 2016

TRIBUTOS

Mis vacaciones de verano están ya en su punto medio. A un mes de que la rutina del trabajo se imponga, he hecho un alto en mis mañanas de arena, mar y lectura, y he cambiado tan agradable tarea por quedarme en casa al "calorcito" del ordenador. Pero algún día tenía que ser, que después lamentaría no haber dejado en mi álbum de recuerdos, la muestra de estas noches, que, sin duda, han puesto más notas de alegría a las, ya de por sí, anheladas vacaciones estivales. 

¡Qué bien lo he pasado cantando y bailando al son de las canciones de mi adolescencia, junto a Carlos y Fernando! Disfrutamos como hacía tiempo con La Hija de la Luna, que así rindió homenaje a Mecano. ¡Y qué gustazo volver a volverme loca con la música de mi vida entera, rememorando una vez más los momentos en los que The Beatles han sido la banda sonora de todos ellos! En esta ocasión, arrastré al evento a
mi sufrida hermana y también nos acompañaron Rocío y Luis, y Reme, a la que me alegré de ver inesperadamente a última hora. A pesar de no ser para mi hermana lo mismo que para mí, he de reconocer que la tía iba dispuesta a que yo lo disfrutara porque, vaya, bailamos antes de que nadie más se animara y cualquiera hubiera dicho que era una fan, fan... Gracias a los Escarabajos por exitir y hacer posible que alguien como yo, que nunca tuvo la oportunidad de asistir a un concierto real de los Beatles, lo pueda imaginar de esta forma. 







Os dejo unas cuantas imágenes de recuerdo, aunque lo mejor no está en este pequeño vídeo, lo mejor es justo lo que no está: cuando nos olvidamos de hacer fotos porque estábamos dando botes y desgañitándonos, rendidos ante la magia de las canciones que alguna vez, y siempre, nos han hecho volar.

domingo, 10 de abril de 2016

HERE COMES THE SUN

Aunque hoy vuelve a estar nublado y hasta ha llovido, está claro que la primavera está ya poniéndome el Sol en la cara. Es el tiempo en el que las ganas de pasarlo bien supera todo lo demás y este fin de semana ha sido el pistoletazo de salida. Mi "compi" (otra adquisición en esta aventura chiclanera) no había tenido una buena semana, así que el viernes me propuse estar a su disposición para alegrarnos el inicio de las jornadas de desacanso, así que tras mi previa visita al dentista en Coníl y un buen paseo que aproveché en darme por allí, me puse mona y me fui a recogerlo al instituto. Nos fuimos al Puerto de Santa María. Compi, te lo digo, esto de coger yo el coche, por la noche y a un
sitio que desconozco, nada más que lo hago por ti, jejeje. Pero no me arrepiento. Cenamos en un sitio muy chic, tomamos una copa en un barecillo donde no conseguimos bailar y conocí a un nuevo amiguito que, a pesar de ser, para mí, un chiquillo, me ha llegado al corazón en dos minutos. Me alegro de que, al final, decidieras venirte a Chiclana, porque ayer pasamos una tarde estupenda. Mi Aurorita y Paco también vinieron a hacerme una visita, así que, de manera improvisada, tuve la mesa del porche por fin llena de gente, disfrutando de una comida playera, más improvisada aún.

Y es que, aunque el Sol ya pica, el viento que siempre hace por aquí, no invita mas que a pasear un rato por la playa, lo de tumbarse en la arena a tostarse lo vamos a tener que posponer, aunque, nda nos impide tratar de colorear nuestra piel en un lugar más resguardado de Eolo, como pudo ser, de nuevo, el patio de mi casa de alquiler. ¡Qué ratito más a gusto, chicos! No hay nada como tomarse un cubata tranquilito, conversando y echando unas risas al Sol. 



Os puedo asegurar que tuve uno de esos momentos de felicidad del que eres consciente y, entonces, te lo callas, para disfrutarlo por dentro. Una amiga que, con el tiempo, me demuestra una y otra vez que tengo un tesoro; su amor, que me recuerda que todavía hay gente que se enamora; un "compi" que está claro que ya va a ser otro de esos tesoros: alegre, leal y loco; y un cielo de niño que me recuerda, en cierto modo, a la chiquilla que también fui. Alguien que cree que ya ha pasado por muchas cosas en su vida, pero que no sabe que acaba de empezar a sentir. Alguien que defiende sus valores con uñas y dientes, sabiéndose en posesión de la honestidad y haciendo de ella su bandera, sin que haya aprendido aún que su verdad, por más pura que sea, no es la única que existe. Me hace sentir una especial ternura, porque alguna vez, incluso ahora, de vez en cuando, todavía siento como él. Es precioso, y sé, por otra parte, que mucho habrá de aprender que, desgraciadamente, hará que la visión de su mundo de blancos y negros se llene de tonos grises intermedios, y no será malo, será madurar, pero, a veces, solo a veces, desearía que lo blanco y lo negro aún se distinguieran tan bien. Indudablemente, la suavidad de los grises, conocerlos y apreciarlos, hace que el espíritu se calme. Pero qué vitalidad hay en el radiante blanco, cuando además contrasta tan indecentemente con el absoluto negro. Así es más fácil huir de la oscuridad, ¿verdad?

Bueno, gracias a todos por este cóctel extraño que se inventó ayer en mi casa. Tal vez se repita o quizás nuca vuelvan a juntarse todos los ingredientes a la vez. Por si acaso, sirvan estas letras de recuerdo y, sobre todo, como os decía, de agradecimiento. Lo pasé realmente bien. Mil besos de chispeantes estrellas.