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viernes, 30 de julio de 2021

LA AGONÍA DE UNA PLAZA

 


Han debido pasar nueve días para sentirme capaz de hablar acerca del último proceso de oposición al que me he enfrentado. Sin lugar a dudas el más duro desde que, allá por 2008, comencé con este interminable viaje. 

En aquella primera ocasión, no tenía ni idea de en lo que me embarcaba. Hacía casi diez años que había terminado la carrera y había hecho el CAP,  pero durante todo ese tiempo las oposiciones para mi especialidad habían estado congeladas en Andalucía, así que, no habiendo convocatoria, trabajé en esto y en aquello y en el camino fui olvidando, o quedándose muy, pero que muy adentro, todo cuando en mis años de Universidad había aprendido. Así que, como era normal, me apunté a una academia y aproveché el paro para dedicarme plenamente a prepararme. Tuve que celebrar entonces aprobar, aunque sin obtener la plaza, ya que esto me permitió, un año más tarde, empezar a trabajar como docente interina. En aquella ocasión, la convocatoria estaba pensada para reducir la tasa de interinidad, se le llamó a eso " la transitoria". Obtuve buena calificación en el proceso, pero, sin ningún tiempo de servicio, no soñaba ni de lejos en obtener la plaza entonces.

La convocatoria del 2010 fue exactamente igual. Oposité, ya que estaba obligada a hacerlo, y volví a aprobar, pero nuevamente sin plaza. En esta ocasión, saqué menos puntuación, pero claro, es que ya tenía que compaginar el trabajo con el estudio y eso es bastante difícil. No obstante, aún era mi segunda vez. Seguía con ánimo y fuerza.

2012. Ese curso tuve mi primera vacante de septiembre. Iba a estar todo el curso en el mismo lugar, así que ya podría organizarme mejor, sin tener que estar de mudanzas cada equis tiempo, por cambio de destino. Pero ese año, las condiciones habías cambiado. Ya no estábamos en la famosa "transitoria" en la cual no se hacía examen práctico (los problemas). Esto yo no lo preparé en las convocatorias anteriores porque sencillamente, como no lo pedían, no lo preparaban. Y ahora, me encuentro que después de 12 años sin haber tocado nada de eso, me tengo que enfrentar a la ingente variedad de problemas que en su momento realicé en cinco años de carrera: genética, ecología, bioquímica, cortes y mapas geológicos, sismología, meteorología, climogramas, identificación de especies, rocas y minerales y un sinfín de cuestiones posibles de ser preguntadas en esa parte del examen, porque en ningún lugar existe un temario fabricado para estudiar, te lo estudias TODO porque no se sabe lo que puede caer...

Sin posibilidad de apuntarme a una academia nuevamente porque no me llegaba el dinero, hay que recordar que durante todos estos años yo he pagado mi hipoteca y otra vida en aquel pueblo donde me mandaran, me vi incapaz de realizar por mi cuenta, sin ayuda, la no chica labor de estudiar para esta parte y, sabiendo que sería eliminatoria, comencé a sentir que estudiar solo los temas teóricos era una pérdida de tiempo, comencé a vivir cada día de la mano de la ansiedad que ya no me abandonaría en los años venideros. Para colmo, cambiaron el temario teórico... y luego lo volvieron a cambiar. Pero, después de estar desde septiembre con estas inquietudes que me quitaban el sueño,  llega abril y se cancela la convocatoria. Lo cierto es que respiré aliviada, pero nadie me iba a devolver los meses de angustia que pasé.

2014. Esta vez no sufrí demasiado. No sacaron plazas para biología. Aunque esto, como podréis imaginar, no lo supe en septiembre, al inicio del curso, el sufrimiento por no saber qué va a pasar duró hasta finales de diciembre.

2016. Zozobra nuevamente ante la inminente convocatoria. Seguía con el handicap de "los problemas". Como también tuve vacante, decidí apuntarme a una academia online con otra compañera. Por desgracia, aquel año tenía horario partido de diurno y nocturno. Ni siendo online podía asistir a las clases, lo que implicaba que me proporcionaban los videos grabados de las clases que yo podría ver el sábado (8 horas de clases en las que ya no podía interactuar para consultar, para que me supervisaran, etc). Claro que, además, el sábado también tenía que hacer las cosas de casa, corregir trabajos y exámenes de 1º y 2º de bachillerato y, ya si eso, vivir un poco con mi paupérrimo presupuesto. Y, para colmo, esa vez, cuando salió la convocatoria oficial, solo hubieron 54 plazas para biología. Ese año fue el primero en el que los interinos podíamos optar por permanecer en la bolsa sin necesidad de presentarnos al examen. Acojonada por lo que pudiera pasar yo pagué las tasas y me presenté, pero tenía claro que solo iba a aguantar la hora de rigor, ver cómo era el práctico y ya está. Por cierto, salió bola de uno de los temas teóricos que tenía medio preparados y, para entretenerme, empecé a hacerlo, aunque, una vez finalizó la hora, lo dejé y me fui.

2018. Por fin tengo vacante en Málaga y pensé que con el ahorro de no tener que pagar alquiler podría apuntarme a la academia que tanta falta me hacía para enfrentarme al práctico. Además, en una de las anteriores convocatorias lo que sí que hice fue rehacer mi programación ya que la primera la realicé por LOE, pero como es bien sabido, en este país, cada vez que hay cambio de gobierno, les gusta jugar con las leyes de Educación y tuve que programar por LOMCE, cómo no. Al menos eso ya lo había adelantado, pero no creáis que mi programación no ha sufrido más cambios. Resulta que como una es una profesora comprometida, siempre estoy formándome en metodología y pedagogía, a lo que sumo mi propia creatividad que tampoco se queda corta, así que conforme he ido poniendo en práctica todo lo nuevo en el aula, he ido introduciendo todo lo que me ha funcionado en mi programación (no sé ya cuántas versiones del documento original tengo guardadas en mi ordenador y en unas cuantas "nubes" y pendrives y discos externos (por si acaso, ya sabéis). En fin, a lo que iba. Contacto con una academia con la intención de incorporarme a un grupo específico de la parte de problemas, puesto que lo demás no me interesaba, ya que era solo en eso en lo que quería ayuda y no podía permitirme el lujo de perder el tiempo en la academia. Esto fue en septiembre. La chica que me atendió me aseguró que se formaría el grupo y que si no, me llamaba y que buscaríamos una alternativa. octubre, noviembre, enero... Por fin, llamé yo y me llevo la sorpresa de que finalmente no habría grupo específico. Esperando me podía haber quedado. Intenté volver a enfrentar los problemas por mi cuenta y riesgo y acabé mal, muy mal... No voy a entrar en detalles, pero uno de mis ataques de ansiedad me llevó a urgencias. Para ser honesta, no estaba bien en ese momento. El curso anterior fue el que trabajé en La Línea de la Concepción. El cuerpo es sabio y mi mente ya no recuerda el terror que tenía a ir a trabajar a aquel lugar, pero sí recuerdo que tuve que darme de baja y que acabé el curso cuestionándome si yo servía verdaderamente para esta profesión. Al llegar a Marbella, una lágrima de felicidad me cayó en silencio por la mejilla al darme cuenta del cambio tan positivo que supuso. Mi subdirectora me animó a participar en un curso de Mindfulness y, al llegar enero y ver el panorama de la academia decidí que ese curso mi prioridad no podía ser la oposición, que tenía que curarme de lo vivido y disfrutar de mi trabajo. Lo hice, a pesar de un maldito grillo que me comía la conciencia de vez en cuando, pero lo hice, disfruté, me inspiré, creé... Aquella convocatoria fue extraordinaria con respecto al número de plazas en biología pero todo hacía pensar que la siguiente también lo sería, así que la del 2020 sería la mía, no había problema...


Y, por fin llega el 2020. En julio de 2019 ya fui a apuntarme por adelantado a la academia. Empezamos la segunda semana de octubre. Éramos nueve en la academia Jesús Ayala. Nueve desconocidos que no sabíamos entonces la que nos esperaba. Después de tres semanas bastante infructuosas con nuestro preparador, el tío nos deja tirados, su vida personal está hecha un asco y no se siente en condiciones de prepararnos... Nos tuvimos que buscar la vida y tras otra entrevista con un preparador personal, acabamos en otra academia en la que nos "hicieron el favor" de no cobrarnos la matrícula por deferencia a la academia anterior que le proporcionaba un grupo entero de opositores desamparados. Dicen que no hay mal que por bien no venga, lo cierto es que nuestro preparador de la academia Luis Vives fue magnífico, al menos para mí, ya que el grueso de la preparación fueron los problemas. Comencé a superar esa barrera, a refrescar conocimientos y a pasar los sábados en la academia y los domingos hasta 12 horas trabajando en eso. 

Entonces llega el primer palo. En diciembre, sale la previsión de plazas por especialidad. Tal y como se esperaba en 2018, la convocatoria de 2020 también era de muchas plazas, pero, claro, Biología es otro cantar: 89 plazas para toda Andalucía. A esas alturas de esfuerzo, de pasta... me dije, bueno, no voy a pensar en las pocas plazas, solo necesito una, sigo pa´lante. Y sigo, aparco mi vida social hasta niveles de bajo cero, me digo que el sacrificio se verá recompensado y dedico cada minuto en el trabajo a hacer todo cuanto puedo en el centro, para tener tiempo en casa de estudiar. Mis compañeros y yo ya somos una pequeña familia. la verdad es que no sé qué hubiera hecho sin ellos todo este tiempo.  A veces, el sábado, después de la academia, nos tomábamos unas cañas que eran recibidas por mí como agua de mayo porque esos momentos eran los único que me he permitido de distensión. Pero eran suficientes para animarme y seguir en la brecha. Llegó marzo y con él el segundo palazo: se declara la pandemia y el estado de alarma. Confinamiento. Pasamos a modalidad on-line, lo cual no deseábamos ninguno y con el paso de los días, nuestro ánimo se ve también enturbiado porque empieza a no estar claro que vaya a haber convocatoria con la evolución del asunto. Terminé las clases de marzo, pero luego decidí no seguir pagando la academia. Preferí pagarle la mitad a una de mis compañeras y ella se conectaba conmigo para explicarme lo que se había hecho. Así salíamos ganando las dos. No obstante, las clases finalizaron al llegar la última semana de abril y además ya se había decidido el aplazamiento de la convocatoria a 2021. Es decir, este año, sabiendo que las plazas eran las mismas, he vuelto a tener que pasar el curso enclaustrada estudiando. Todos optamos por no volvernos a apuntar en la academia. Ya teníamos todo lo necesario. Nos hemos seguido ayudando unos a otros por What´s app y a pesar de todo, estaba tan enfocada en esto que puedo decir que la mayor parte del tiempo lo he llevado bastante bien. 

Parecía mentira, pero llegó el día de echar los papeles y también llegó el día de la presentación y del primer examen y de saber que superé la primera prueba, no de forma tranquila, todo hay que decirlo, porque está caro que esta convocatoria iba a ser una continua carrera de obstáculos. Luego sale el baremo y estoy muy bien posicionada dentro de mi tribunal, pero, desgraciadamente, el número de plazas es solo 4. Sin embargo, empiezo a hacerme ilusiones reales porque tras ese primer examen  y el baremo tengo el tercer puesto, con lo cual, una de esas plazas es para mí. Durante esos días estuve ensayando la programación y las unidades. Mi discurso es emocionante, todo el que me escucha me da consejos pero me aseguran que esa plaza es mía. ¡Ojalá no me toque exponer por la tarde! ¿Cómo? ¿No quieres lentejas? ¡Pues toma tres tazas! No solo me tocó exponer el penúltimo día, sino que fue por la tarde, y ni siquiera de las primeras, me tocó la última, en el peor día de calor de todos los del proceso. Pero el día 12 de julio a las ocho y media de esa calurosa y pegajosa tarde, después de todo el día en el instituto esperando y matando los nervios sin saber cómo, salí de allí feliz, liviana, orgullosa por haber llegado hasta el final y teniendo ya casi la plaza en mi mano. Los resultados de la segunda prueba no salieron hasta el pasado 19 de julio. No os quiero contar cómo se viven esos días entre el pánico y el entusiasmo de saberme con esa tercera plaza. Pero no, la valoración de mi programación fue un 8, la unidad u 6 y pico. La nota final de la prueba un  6,656... Nota final de la oposición 7,6... Dos personas con menos baremo que yo se me pusieron por delante, la última a menos de una décima, pero lo suficiente para dejarme en quinto puesto y no poder creer que la plaza que todo el mundo en mi entorno daba por conseguida se evaporaba ante mis ojos. Lloré, o sí, os aseguro que pocas veces en mi vida he llorado tan amargamente. Pero el día 20 me levanté con la cara hinchada, pero al menos habiendo dormido una vez que los nervios dejaron paso al vacío... Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero eso, como muchas veces he reflexionado, no tiene por qué ser algo bueno. Por la tarde, mi compañera Pilar, con quien sufrí el día de exposición, me envía un documento en el que se especifica con carácter provisional el reparto de las plazas reservadas a discapacitados que no se han cubierto y, ¿qué pensáis? ¡¡Sí!! Una de esas plazas va a parar a mi tribunal, con lo que ya no son 4 sino 5 plazas, la que yo necesito. ¡Otra noche sin dormir esperando al resultado final! Los seleccionados salen el día 21 de julio.

 Me levanté tempranísimo porque los nervios no permitieron otra cosa. Me fui a caminar, luego me quedé en la playa respirando la sal del mar y diciéndome que esta ve la suerte iba a estar de mi lado porque han sido tantos los sacrificios y el esfuerzo que me lo merezco y es justo... Dos horas de sol y mar. Recojo los trastos para volver a casa. Suena la señal del Whast´app. Pilar me escribe para decirme cuánto lo siente, que no se lo explica. la quinta plaza adjudicada el día anterior ha sido finalmente vuelta a retirar del tribunal. Volvíamos a la situación de 4 plazas que me deja a las puertas de conseguir todo por lo que llevo esforzándome desde el 2008.

Me había dicho que ésta sería la última convocatoria a la que me presentaba, pasara lo que pasara. Ahora, para darme una hostia en la cara, el gobierno se saca un decreto con el cual se pretende favorecer a los interinos. Decreto que, como en "la transitoria" raya, según parece lo anticonstitucional, así que a saber en qué quedará esto, así como ese ingente número de plazas que al parecer habrá en la siguiente convocatoria para reducir la interinidad tal y como demanda Europa, así que, ¿qué hago? ¿No lo voy a intentar si esta vez la he rozado? 

No os podéis hacer una idea de lo cansadísima que estoy de esto. Por más que trate de explicarlo, no os podéis poner en mi piel, a no ser que hayáis vivido lo que yo, pero, después de venirme a bajo, de despertar estos días, incluyendo hoy mismo, reviviendo el amargo final de este periplo, después de cancelar mi viaje vacacional porque no me fio de poder estar a la altura de mis compañeras de travesía y amargarles esos días de recreo y agobiarme yo por tratar de estar en condiciones sin estarlo, cada día que pasa saco un poquito de más ganas e ilusión para volver a la tarea a partir de este mismo mes de octubre.


Han pasado nueve días. Creo que debo felicitarme porque en otro momento de mi vida hubiesen sido muchos más para levantarme. No me apetecen muchas cosas como seguro me hubieran apetecido si el desenlace de esta historia hubiese sido el que esperaba, pero me agarro a las pocas que me van apeteciendo. Gracias, "Ágapes", nuestra comida del 23 de julio fue el primer escalón que subí para encontrarme mejor. Gracias, José Javier, por la ruta del martes pasado. El Barranco de la Luna fue inspirador, lo disfruté de veras porque fue otro paso para relativizar todo esto y pensar en los logros, que no todo es sacar la plaza. Gracias, Mª del Mar, por respetar mis "neuras" y por TODO. Gracias Águeda, Grato, Leticia, Francis, por haber estado tan pendiente de mí, por los ensayos, por vuestras esperanzas. Gracias mamá, por soportarme, que como siempre te llevas mi peor parte. Gracias nena, por ayudarme con las cositas de casa, por contar conmigo, porque SÍ.  

Gracias a todos, que habéis sido muchos compañeros los que os habéis interesado. No puedo nombrar a
todo el mundo, pero que sepáis que todos, en un momento u otro, me habéis servido. 

¡A ver si la del 2023 es la mía! 😏

jueves, 6 de agosto de 2020

NUEVO DESTINO... TOCA DESPEDIRSE

Nuevo destino para el curso que viene. Después de más de ocho años, por fin voy a trabajar en un centro que está a menos de un cuarto de hora de casa, así que estoy muy contenta. El IES Vega de Mijas será mi nuevo lugar de trabajo, así que tengo que decir adiós a Sierra Blanca.

Me voy después de tres años, en un momento en el que no podré abrazarme a nadie para las despedidas y la mascarilla me tapará medio rostro, con lo que ni siquiera nadie apreciará del todo en mi cara la mezcla de sentimientos que me embargan. No puedo estar más contenta por no tener que conducir por esa carretera hasta Marbella que, a diario, es un tormento y por rascar una hora bien larga al reloj para mi provecho; no puedo estar más contenta por no tener que pasar el día entero en el instituto cada vez que hay un claustro o sesiones de evaluación; también se verá beneficiado mi bolsillo, todo hay que decirlo… Pero, al mismo tiempo, no puedo evitar que parte de mí se sienta muy triste. En tres años da tiempo a crear ciertos vínculos, pero es que además yo supe que sería muy feliz en Sierra Blanca desde que puse un pie en su suelo.  Y así ha sido.

Muchos sabéis que llegué al “insti” después de una malísima experiencia en la Línea. Ese curso

acabé pensando que yo no sirvo para esta profesión. Así que lo primero que tengo que agradecer a Sierra Blanca es haberme devuelto la ilusión por lo que hago. Y realmente, si tuviera que resumir en una sola palabra mi paso por el centro sería ésa: ILUSIÓN.

Una ilusión que se ha visto traducida en un nuevo despertar de mi creatividad. Algunas de mis cosas se quedan en el Drive del centro y me sentiré honrada si a alguno le sirve en sus tutorías.

Una ilusión que también me ha iluminado cuando me he visto rodeada de personas que me han valorado y han apreciado no solo mi trabajo, sino a mí. Entre estas personas se encuentran componentes de la dirección del centro que en tantas ocasiones me ha animado en mi labor; mis enormes compañeros de departamento a los que he llegado a querer de todo corazón, incluyendo entre ellos a “esos dos” con los que no comparto materia, pero sí el espacio del departamento y los frutos  secos, tortas, y otras delicatesen que por allí hemos degustado: otros compañeros y compañeras que han sido en muchos momentos imprescindibles para mí, algunos que ya no están porque se fueron antes que yo, otros que son veteranos en el Sierra y me vieron llegar y otros a los que he dado yo la bienvenida cuando se incorporaron. Siempre he dicho que la interinidad (la mía o la de los demás) tiene esto de bueno, la posibilidad de que cada año sea una oportunidad de conocer compañeros nuevos que te influyen, de los que aprendes, a los que enseñas y que, en algunas ocasiones, se te clavan en el alma. Como no podía ser de otra forma, después de tres años, hay unos cuantos de esta categoría que siempre tendré asociados a Sierra Blanca en mi teléfono, en mi memoria y en mi corazón.

Y cuando hablo de compañeros no solo me refiero a profesores. Tan compañeros y tan importantes para mí han sido ciertas conserjes a las que voy a echar de menos.  Me consta que una de ellas también echa de menos antes que yo los pasillos de este instituto. ¡¡Qué lugares ésos, los pasillos de un instituto!! ¡Cuántas cosas se cuentan, se confiesan, se comparten en los breves encuentros entre clase y clase, cargando con los libros, las satisfacciones y las desazones de la última aula en la que estuviste! No, Los alumnos no tienen la exclusiva en esto de cruzar emociones en los pasillos…

Los alumnos y alumnas de Sierra Blanca… Para mí ha sido la primera vez que he podido tener la experiencia de seguir más de un año la evolución de mis alumnos de primero de ESO. Estaba acostumbrada a recibir en cada curso a unos desconocidos que, con el paso de los meses se convertían en lo más importante de mi vida y que, al final, me daban las gracias y yo a ellos, nos deseábamos lo mejor e incluso algún que otro regalillo, y luego se difuminaban poco a poco hasta desaparecer porque ya empezaba en otro lugar a querer a otros nuevos para los que yo también era una novedad. En Sierra Blanca he podido aunar ambas preciosas experiencias: tres años recibiendo a “mis novatillos”, aprendiendo sus vidas y la satisfacción de un guiño de cariño al cruzarme con los que te echan de menos en segundo, y la alegría de volver a darle clases a unos cuantos en tercero maravillándome de lo que se madura en tan solo dos años. Si bien tengo bonitos recuerdos de muchos alumnos en muchos otros centros e incluso mantengo el contacto personal con algunos de ellos, del Sierra me queda además este recuerdo experiencial. Y, desde luego, como siempre, también a ellos y a muchos padres debo agradecer el cariño que me han brindado y el respeto por mi trabajo. Porque, aunque todos deberíamos contar con ese respeto, no siempre se siente y yo puedo decir con orgullo que no son pocos los que me han transmitido su satisfacción por mi labor. Si la gente supiera cuánto motiva este reconocimiento para seguir dándolo todo, nadie dejaría pasar la ocasión de decirle a un hijo, a un hermano, a un profesor, a un padre, a un desconocido, lo bueno de lo que hace que a uno repercute de alguna manera. Tal vez, si tuviéramos más ejercitada esta costumbre en vez de la de criticar lo que no nos gusta del de enfrente nos iría a todos mucho mejor. Nadie me discutirá que es una muy buena forma de fomentar la felicidad. Éste es el objetivo de un ejercicio que hago todos los años con mis alumnos y que espero recuerden. Les hice escribir mensajes para hacer feliz a otros, conocidos y desconocidos, y lanzarse a la calle a repartirlos para disfrutar de las reacciones de la gente a la que se los entregaban. Una forma de comprobar que hacer feliz a otros te hace primero feliz a ti.  Una experiencia que puse en marcha en este instituto porque lo que empecé a vivir en este instituto me hizo recordar lo que yo misma sentí siendo una adolescente cuando se me ocurrió con una amiga hacer esto mismo una Navidad.

Creo que lo que estoy intentando decir es que mis tres años en Sierra Blanca me han renovado y me han hecho ser mejor persona. Una vez más, gracias.

Claro que… la cabra tira al monte… Por más que ponga en práctica, no solo en clase sino en mi vida, lo que aprendí en el curso de Mindfulness y el de Disciplina positiva que aquí realicé, mi carácter es en muchas ocasiones difícil de domar, por decirlo de alguna manera. Y, por mucho que el fondo sea

bueno, a veces, las formas no son las más adecuadas, así que no quiero irme de aquí sin disculparme, una vez más, por todas aquellas ocasiones en las que he podido ser tosca, impaciente, hasta desagradable con alguno de mis compañeros. No voy a justificarme con nada, sé muy bien que esta es mi tarea pendiente a superar. Solo puedo decir que estoy en ello. Siempre estoy en ello.

No me quiero alargar más, aunque ya sea tarde para escribir esta frase, porque ya he veo que me he enrollado como una persiana, como suele ser mi costumbre (ya digo que la cabra tira al monte). Voy a cerrar ya esta carta de adiós diciendo que no quiero deciros adiós. No tengo intención por el momento de cambiar de teléfono, ni de ciudad, ni de correo electrónico (excepto el corporativo, claro), así que aquí me tenéis para cuando queráis. No he querido nombrar a nadie en concreto en estas líneas por estar completamente segura de que se me pasaría alguien, pero espero que todos a los que llevo en mi corazón sepan perfectamente que así es. Os quiero.


miércoles, 6 de mayo de 2020

GEA: 25 de mayo de 2005- 6 mayo de 2020. D.E.P.


     Gracias, Gea. Gracias por estos casi quince años en los que has sido mi compañera. Gracias por
este último esfuerzo para estar conmigo un último año más. Porque de alguna manera sé que te has quedado conmigo, aun estando ya muy cansada, porque mis lágrimas y mi cariño no te dejaron irte la primavera pasada. Mi amor, esta vez me ha costado también la misma vida verte nuevamente dejar de comer y he intentado de nuevo hacer algo más para que remontaras, pero no ha sido así. En los últimos días, a pesar de nuestras visitas a la veterinaria, sus intentos por hidratarte y mi confianza en que eso sirviera para que volvieras a querer comer, te has ido a un rincón y no has querido ni mi compañía. Supongo que tenía que ser yo ahora quien te devolviera el favor y darte permiso para descansar de una vez.

     Me ha costado mucho tomar la decisión de dormirte para siempre. Perdona porque no te he podido dejar ir sin llorar demasiado mientras veía cómo la sedación te iba haciendo efecto. Espero que pudieras también entender mis palabras que te decían una y mil veces lo mucho que te quiero y que era tu momento de marchar sin importar lo triste que el momento fuera para mí. Siempre he creído que me entendías más de lo que pudiera yo imaginarme, así que quiero pensar que, en estos momentos, también me has comprendido.

    Hace unas horas, aún estabas aquí y me debatía sobre si estaba haciendo realmente lo correcto. Curiosamente, después de tres días sin querer estar junto a mí, cuando en mi desespero te he preguntado en voz alta si querías irte, si de verdad era ese tu deseo, te has puesto en pie y te has acercado para rozar por última vez tu frágil cuerpo contra mi mano. He querido interpretar tu gesto como una afirmación a mi pregunta. Tal vez no haya significado eso, tal vez no haya significado nada, pero, Gea, ojalá que sí.

    Te voy a echar mucho de menos. Pensaba que teniendo a Tiza y a Mayo esto iba a doler menos,
pero no es cierto. Ahora no dejan de venir a mi mente un montón de recuerdos contigo. Mi “gata interina”, me has acompañado en todas las aventuras que la docencia me ha hecho disfrutar en cada pueblo en que me ha tocado trabajar y vivir por algún tiempo. Las dos adaptándonos a todas esas casas de alquiler, las dos disfrutando de volver a nuestra casa luego. Sin duda, gracias a que venías conmigo echaba de menos el hogar, porque tú eras ese hogar.

    También he recordado aquel tiempo sin trabajo en el que tan mal lo pasé. Muchos días no quería salir de la cama, pero estabas tú, tenía que cuidar de ti y soy muy consciente de que, en más de un

momento, fuiste mi tabla de salvación. Nunca fuiste especialmente sociable, lo sabemos muy bien, pero, tal vez por eso, cuando buscabas mi cariño era todavía más importante. Solo conmigo te has mostrado así. Me siento afortunada de haber sido tu mamá humana y de que, poco a poco, me devolvieras el cariño que yo te quise dar desde que llegaste a mi vida. Fuiste el regalo de una amiga seis meses antes de


comprar nuestra casa. No te esperaba si quiera, pero te quise desde que entraste aquella noche en mi habitación y nunca dejaré de quererte. Te llevo tatuada en mi piel, parte de ti cuelga ahora sobre mi pecho, pero en el lugar más importante del que nunca te alejarás será de mi corazón.






   


   GEA,  DIOSA DE MI TIERRA, has iniciado tu viaje a ese mundo de sueño infinito escuchando mis palabras entrecortadas por el llanto, pero quisiera que allá donde estés lo que te acompañe no sean mis lágrimas, sino  la no menos infinita gratitud y el no menos infinito amor que te tengo. 

GEA, DIOSA DE MI TIERRA, hoy he levantado un pequeño altar para recordarte, aunque no sea necesario para hacerlo, porque tú te lo mereces. Mi “flaquita”, TE ADORO.


No son más silenciosos los espejos ni más furtiva el alba aventurera; eres, bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos.Por obra indescifrable de un decreto divino, te buscamos vanamente;más remoto que el Ganges y el poniente, tuya es la soledad, tuyo el secreto.Tu lomo condesciende a la morosa caricia de mi mano. Has admitido,desde esa eternidad que ya es olvido,el amor de la mano recelosa. En otro tiempo estás. Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño.

 A UN GATO   (Jorge Luis Borges)

sábado, 25 de abril de 2020

MIS DÍAS DE CORONAVIRUS. seis semanas de confinamiento

Hoy es el cumpleaños de mi hermana. Ya la felicité por facebook, luego una llamada telefónica...pero no he comido con ella, no le he dado un regalo y no le he dado un beso. No es la primera vez que no podemos estar juntas para uno de nuestros cumpleaños, pero, en esta ocasión, estar tan cerca y, sin embargo, tan obligadas a estar separadas se me está haciendo cuesta arriba. 

En fin, se me está haciendo cuesta arriba ya casi todo, como a todos...

La primavera se está yendo por la ventana. La lluvia de abril me deja un paisaje verde bajo un cielo plateado que disfrutan libres los pájaros a los que puedo escuchar de tertulia en las copas de los eucaliptos de aquí enfrente. Y, con bastante frecuencia, una bandada  realiza su baile de exhibición demostrando su sincronía dominando es espacio que habitan. Hoy, más que nunca, se me antoja envidiable tal libertad. 


Eso frente a mi casa. Luego, las redes se han inundado de imágenes, para nosotros, insólitas, como
flamencos en una playa de Málaga, ciervos trotando en otra en Huelva, cabras montesas saltando barandillas en el centro de un pueblo, peces en los canales de Venecia, caballos en libertad, delfines... la naturaleza entera disfrutando, por fin, de este planeta que, tan suyo es como nuestro, pero que el ser humano ha acaparado para sí, echándolos, haciendo que huyan de nuestra presencia que, ya aprendieron hace tiempo, tan dañina les resulta.

Se me hace cuesta arriba seguir aquí encerrada, echo de menos poder bajar a la playa a caminar, ver el mar, respirar la sal y dejar que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, y deseo que todo esto pase ya para volver a ver a los míos, para disfrutar de una cena en compañía, para, sencillamente, pasear por mi pueblo. Pero, una parte de mí, siente tristeza al pensar que cuando todo esto pase para nosotros, ellos volverán a tener que retirarse para sobrevivir. Me da pena pensar que el planeta, que ahora respira, volverá pronto a tener el aire viciado con nuestra polución. 

Todo el mundo dice que de todo esto vamos a aprender mucho y que van a cambiar muchas cosas para bien... Yo no sé... Deseo que así sea y que la batalla que cada año libro en mis clases tratando de concienciar a mi alumnado sobre la importancia de proteger nuestro planeta con nuestros hábitos de consumo, sea ahora una batalla menos quijotesca, y, en vez de sentirme sola ante los molinos de viento, haya toda una sociedad concienciada que respalde mis esfuerzos. Pero, lo siento, no soy tan
optimista. No, cuando veo cada vez que bajo al supermercado, como la acera de la calle colindante se llena de guantes azules de gente sucia e inconsciente; no, cuando ya se ven imágenes de pescadores sacando estos mismos guantes y mascarillas usadas en sus redes. ¿Realmente estamos aprendiendo algo?

Es cierto que no se puede extender estas conductas a toda la población y seguro seremos más los cívicos que los incautos, pero no dejan de ser demasiados, no dejan de ser suficientes para que el océano se pudra por dentro y para que todo lo que no debería ser sea. Así que no puedo dejar de sentir algo de pena cuando pienso que pronto se acabará la tregua para nuestro planeta.

He empezado a escribir estas palabras estando bastante de bajón. Luego, una llamada telefónica de mi amiga Mª del Mar ha interrumpido mi escritura y también ha interrumpido mi estado melancólico, así que el espíritu que motivó el texto se ha evaporado en parte, aunque, por desgracia, no deja de ser verdad lo que siento al respecto de la conducta de mis congéneres. A veces, bastantes, me avergüenzo de haber nacido siendo Homo sapiens.

domingo, 29 de marzo de 2020

MIS DÍAS DE CORONAVIRUS: décimoquinto día

Esta segunda semana de confinamiento ha estado centrada, para mí, en las noticias referentes a las oposiciones. Si la anterior  semana vi cómo mi nivel de ansiedad subía por culpa de todo lo que el trabajo a través de las vías digitales con los niños y con los padres está suponiendo, esta semana he subido y bajado como en una montaña rusa entre dos estados de ánimo, la ansiedad absoluta y la depresión posterior cuando mi cuerpo no tolera más adrenalina en sangre.

El lunes, habiendo reflexionado sobre cómo he de tomarme las cosas con los niños y padres de un modo más relajado para que esto no me sobrepase, habiendo cambiado mi filosofía con respecto a la importancia en este momento tienen que mis alumnos envíen sus tareas de manera adecuada y habiendo llegado a la conclusión de que me tiene que importar bastante menos cómo lleguen y tan solo quedarme con que me muestren su interés por trabajar, sea de la manera que sea..., me levanté tranquila, descansada y hasta feliz. Aunque esta sensación duró bien poco. 

El sábado anterior dimos nuestra primera clase online en la academia. Nuestro preparador ha hecho todo lo posible por estar a la altura y nosotros, que no somos niños, nos adaptamos lo mejor que pudimos y agradecimos su esfuerzo, pero también comentamos que, al igual que nosotros tenemos que adaptarnos a esta solución para las clases sin tener culpa de nada, la academia debería también adaptarse a estas circunstancias, a pesar de no ser tampoco culpables, pero no nos parece justo pagar el precio tan alto de las clases que recibimos cuando está muy claro que la calidad no es la misma. Primero, porque nuestro preparador no está preparado para dar una clase online con la misma soltura que una clase presencial; segundo, porque la calidad de la conexión en estos momentos no es la óptima; y tercero, porque no todos nosotros tenemos en casa los instrumentos necesarios para llevar a cabo con éxito la clase. Entendimos que era de lo más lógico escribir a la academia para solicitar un ajuste de los precios mientras que la situación no cambie y me comprometí a escribir esa carta y a enviarla, cosa que hice el lunes al levantarme. 

Poco después recibí un mail en el que se me decía que a lo largo de la mañana me llamaría el director. Así fue. Pero no sé muy bien para qué me llamó. Tan solo me dejó decir "buenos días". Después de esto, tan solo habló él, en un tono bastante desagradable, dando una y otra vez las razones, o mejor dicho, la única razón que tuvo a bien a darme para rechazar nuestra solicitud. En cualquier caso, la negativa no fue en ningún momento algo que me afectara. Ya contábamos con ella, pero las formas de este señor fueron indescriptibles. El no dejarme intervenir, el hablar como una locomotora para evitar que pudiera tener una conversación y el hacer que finalmente tuviera que gritarle para, tan solo poder acabar el monólogo sin sentido que repetía como una cotorra, hizo que me fuera subiendo el ritmo cardíaco hasta que me faltó el aire. 

Tuve la lucidez de grabar la conversación a partir del minuto 15 de escucha obligada y pude enviar este audio a mis compañeros para que fueran conscientes de lo que había pasado, lo cual estuvo bien porque, al menos, ellos pudieron empatizar conmigo e hicieron que me sintiera un poco mejor, pero lo cierto es que me rompió el día. Después de todo esto tuve que seguir estudiando, pero ya podréis imaginar de qué manera...

En realidad, toda la semana ha sido un caos en cuanto a seguir mi rutina de estudio, porque hemos estado pendientes de noticias sobre si se van a llevar a cabo la oposiciones o no este año. Han tenido dos reuniones, miércoles y jueves, y no han sido capaces de tomar una decisión en firme que nos quite esta incertidumbre de encima y que nos permita decidir si seguimos estudiando ahora o no, si dedicamos todas estas horas de encierro a la exclusiva tarea de trabajar y estudiar, o si es mejor que aparque las oposiciones para realizar otras actividades que nos permitan desconectar un poco de este encierro. Por Dios, han aplazado hasta el año que viene hasta los juegos olímpicos, y, sin embargo, no han podido tomar una decisión clara acerca de la convocatoria de oposiciones. Aunque todo apunta a que serán aplazadas hasta el 2021, lo cierto es que aún estamos a la espera de que eso sea oficial. Me parece vergonzoso, aunque no me coge de sorpresa que este retraso en la toma de decisiones firmes se realice a ritmo de caracol. Es a lo que estoy acostumbrada desde el 2008, cuando, por primera vez, decidí opositar y quedé, desde entonces, en manos de un sistema que se aleja mucho de ser transparente y que tenga en cuenta la salud mental de los opositores. 

De lo que me he dado cuenta desde entonces es que las oposiciones son un negocio que mueve
mucho dinero, para empezar el de las putas academias. En la que estoy ahora mismo, no han sido capaces de aliviar nuestra situación actual, pero eso sí, ya se han adelantado a la comunicación oficial del aplazamiento para hacernos ofertas para el curso que viene:

  • El que siga con las clases hasta finalizar el curso, aunque sea con esta mierda de clases online al mismo precio desorbitado de 160 euros, el curso que viene podrá optar a unas clases especiales de 2 horas semanales por 100 euros (ni siquiera han dividido por dos el precio).

  • El que decida cortar la formación y reanudar el curso que viene, lo hará al precio especial de antiguo alumno de 145 euros.
Lo de abaratar los dos meses que nos quedan era inviable, claro, pero ya se frotan las manos con la idea de que el curso que viene tendrán el doble de alumnos, los nuevos y los pobres desgraciados que hemos echado el dinero a la basura este curso. Lo de rebajar era inviable porque, ya veis, son un negocio nuevo, que no se pueden permitir asumir estos ajustes, ¿verdad? No lo creo. Simplemente, más bien creo que es un negocio que se mantiene desde hace años porque jamás van a anteponer la humanidad al dinero. 
Mi idea es terminar de una buena vez el curso y el año que viene, si es que me apunto a alguna academia, buscarme otra para no pagarle a ésta en la que me han mostrado tan poca buena voluntad. Pero, claro, cuando me pongo a pensar, las demás no son mejores, ya descarté la primera en la que estuve por otros motivos que no voy a contar ahora, pero que me parecieron igual de faltos de vergüenza. Así que, lo que trataré será de utilizar el material que ya tengo y montármelo por mi cuenta, a ser posible, con la ayuda de mis compañeros de penas, que sí que nos hemos demostrado desde el principio, que, a pesar de competir por las mismas miserables plazas, estamos dispuestos a ayudarnos en todo lo que podamos los unos a los otros. 

Pero la realidad en estos momentos es que ya mi fuerza de voluntad para continuar estudiando se ha venido abajo. No sé si remontaré y la semana que entra mañana conseguiré dedicarle tiempo a esto, aunque no sea con el ritmo que llevaba, porque si no lo consigo, sé que olvidaré gran parte de lo que he conseguido refrescar este año, con lo que no me quedará más remedio que agachar la cabeza y apuntarme de nuevo a la academia. En eso estoy, en sacar de nuevo ganas y elaborar una nueva rutina, más laxa, pero que me sirva para no dejar del todo el estudio y no olvidar todo lo que me he esforzado durante estos meses en re-aprender.

En fin, éste es un poco el resumen de lo más relevante de la semana en lo que a mis preocupaciones se refiere. Luego está el resto del mundo, empezando por el mundo más cercano a mí, que es mi familia. No quiero pensar, pero pienso, y me preocupa cómo todo esto afecta económicamente a la ya precaria situación económica de mis hermanos. No consigo nada con preocuparme, lo sé, pero, por más que quiero seguir los consejos de mi madre acerca de andar, andar y no pensar en cuánto queda, sino en dar el siguiente paso, no puedo evitar todo el tiempo dejarme llevar por mi conducta mental de siempre. Es demasiado sobre-esfuerzo hacer lo posible por cambiar mi modo de sentir las cosas aun a sabiendas de que mejoraría mi estado de ánimo. Hay días que lo veo con una claridad meridiana y me resulta hasta absurdo no sentir así en otros momentos, pero otros días me levanto con la losa de la preocupación sobre el pecho y no consigo respirar sin sentir que me falta el aire. Y esos días, flagelarme por no conseguir permanecer en equilibrio y con confianza tan solo es una carga más, así que, nuevamente llego a la conclusión de que los días hay que pasarlos como llegan. Esta semana no ha sido la mejor, pero, tal vez mañana sea mejor. Tan solo soy capaz de llegar a este nivel de sosiego. 


sábado, 21 de marzo de 2020

MIS DÍAS DE CORONAVIRUS: séptimo día

Llevamos una semana de encierro. Trabajando en casa con un estrés que no me esperaba porque no es nada fácil atender a los alumnos a través de una plataforma digital. Y eso que yo la llevo usando desde hace años y mis alumnos están acostumbrados a trabajar con ella desde principio de curso. Pero claro, no todos mostraron interés en ella al principio, y como era solo una herramienta más de entre toda las que uso en mis clases, no ha sido necesario hasta ahora para realizar todas las tareas y aprobar para los que ni se registraron al principio. En este momento, estos alumnos son los que me están generando más problemas porque ni siquiera saben cómo entrar en la plataforma y yo no puedo indicarles cómo porque no puedo comunicarme con ellos de una manera que me entiendan Por otro lado, muchos que sí saben entrar y hasta ahora lo han hecho regularmente, se encuentran que no pueden acceder, tan solo porque las plataformas on-line están saturadas. Así que, entre una cosa y la otra, la impotencia de no poder resolver con facilidad estos problemas me ha tenido y me tiene de los nervios. 

Acabo de escribir en Facebook un mensaje para todos aquellos padres que se han dedicado a criticarnos por los deberes que hemos mandado a los alumnos como si fuéramos poco más que torturadores de sus hijos. Lo trascribo a continuación porque, si algo he de destacar de esta semana es el malestar que me han causado todos estos comentarios, aunque no se hagan de forma personal. 

Quiero hablar aquí a los padres que critican los deberes que los profesores han mandado. 

Quiero decir que la situación estaba pensada para dos semanas. La cosa ha cambiado y también tienen que cambiar las estrategias. Como profesora, cada día que pasa me siento más estresada y más asustada, pienso que mis alumnos, sin ser, tal vez, tan conscientes de la dimensión de las circunstancias que estamos viviendo, también pueden estar estresados y asustados, así que no estoy por la labor de estresarles aún más pretendiendo tener la misma rutina que en clase. Porque, por más que lo pretendamos, no es lo mismo. Si fuera igual, no haríamos falta como profesores.

 Ahora, no me tienen delante para interaccionar cuando explico, ahora no escuchan las anécdotas que les cuento para que la clase sea más amena, ni ellos me pueden contar las experiencias que han tenido respecto de los temas que tratamos en clase. 

Ahora, no me tienen para que les llame la atención cuando se despistan, que hasta las regañinas sirven para algo dentro del aula. Ahora, no tienen mis palabras de ánimo... 

Todo lo deben gestionar solos o, como mucho, con unos padres que también tienen que trabajar en casa en el mejor de los casos y a los que ponerse a hacer de profes les cuesta. Eran sólo dos semanas y además nos ha pillado a todos de golpe y tenemos que ir asumiendo que no se pueden hacer las mismas cosas, de la misma manera. 

También a nosotros nos falta la facilidad de poder coordinarnos. Por mucha intranet que tengamos, nada suple la comunicación y el intercambio de opiniones que ocurre en las reuniones, en la sala de profesores, en los departamentos y hasta en los mismos pasillos cuando nos cruzamos en los cambios de clase. Todo eso falta y en este brutal cambio, la primera directriz que recibimos de parte de la Delegación fue que nos niños tenían que seguir con su formación. Así que, en base a eso, hemos hecho lo que cabía esperar, mandar las tareas que se suponía estaban programadas para esas dos semanas, pensando que eran dos semanas... Pero no van a serlo.

 Vamos aprendiendo, como todos, a adaptarnos a lo que esta crisis nos va generando cada día. Yo he tomado una decisión después de una semana en la que he trabajado 300 veces más de lo que mi horario habitual dispone. Llevo sin dormir bien cinco días porque me desvelo pensando en cómo hacer mejor mañana las cosas, porque mi trabajo es tratar con el material más sensible que existe: los niños, sus hijos. Y no conozco ningún profesor que no sienta de esta manera, porque les voy a decir algo: puede que en alguna época fuera cierto eso de que "los profesores viven muy bien", pero en estos días, les puedo asegurar que eso no es nada cierto, sobre todo porque no sentimos el respeto ni de padres, ni de alumnos, ni de los gobiernos que, en vez de mirarse al espejo, inventan en cada legislatura una ley nueva, como si jugarán a las cartas con la educación.


Si ya de por sí la semana ha sido harto complicada para mí, he tenido que leer muchos comentarios en Facebook criticándonos por el tema de los deberes. Nadie sabe lo que cada uno de nosotros se está esforzando en casa por sacar esto adelante. Cada tarea que he mandado han de multiplicarlo por 180 en mi caso, ése es el número de alumnos que tengo y ésas son las tareas que, en cada caso, he de corregir. Así que, si por mí fuera, no mandaba ni una. Pero, si no se mandan tareas, también se nos criticaría por cobrar sin hacer nada, ¿no?



La cuestión es criticar. Éste sigue siendo el deporte nacional.



Miren, nosotros también tenemos familia, también tenemos otras prioridades en estos momentos, pero, al menos yo, pienso que todo esto va a pasar y no puedo parar mi vida. No quiero dejar que el virus se coma la poca normalidad que puedo tener, así que no me importa dedicarle a mi trabajo todas las horas de más que requiera. Pero, sinceramente, trabajaría más tranquila si sintiera que los padres valoran nuestro esfuerzo. Yo salgo al balcón todas las tardes a aplaudir la labor de los sanitarios, y me emociono cuando algunos de ellos comentan en televisión cómo eso les sube el ánimo. Yo no quiero que me aplaudan por mi trabajo, pero me encantaría no tener que leer más comentarios despectivos hacia nuestra labor. Eso ya sería una gran ayuda.



Nunca pensé que me afectarían tanto esta clase de críticas porque las llevo escuchando desde que era niña. Los profesores por aquí, los profesores por allá... Ya entonces me sentaba mal porque mi madre también era profesora y yo veía la cantidad de horas que trabajaba en casa, la de cursos de verano que hizo para seguir formándose en su profesión y los desvelos que, en más ocasiones de las que piensan, producen los alumnos. Pero ella me enseñó a no molestarme por esas cosas... Sin embargo, esta semana he llorado, lo confieso, porque a mí me ha tocado pasar esta cuarentena sola en casa y me meto en las redes más que nunca para sentirme acompañada y, sin embargo, cada vez que lo hago encuentro que alguien nos critica... Me siento atacada y ni siquiera me conocen, ni conocen mi dedicación.



Yo he tomado una decisión al respecto de cómo gestionar las siguientes semanas de reclusión, pero mi decisión está basada en el ensayo y error. A todos nos ha cogido esto por sorpresa. Nadie estaba preparado, no lo tenía previsto en mi programación, ésa que hacemos cada año al empezar el curso. Ahora nos tenemos que desviar de lo programado, pero nadie se ha parado en comprender esto. Lo más fácil y rápido es protestar y criticar. Y, por supuesto lo harán delante de sus hijos, lo cual fomenta aún más el, cada vez menos, respeto que nos tienen. No sé yo si esto es muy educativo... 


Tal vez, sería mucho más útil que esos padres que critican nos hicieran llegar sugerencias en vez de críticas. Tal vez, si pensaran que estamos en el mismo barco, igual llegáramos a buen puerto. No sé, es solo algo que se me ha ocurrido... Pero bueno, entiendo que en estos momentos hay que sacar los nervios de alguna manera y, quizás, cargar contra los profesores sirva para que se relajen. Bien está si les sirve.

Y así concluye el segundo capítulo de "Mis días de Coronavirus". Espero que la próxima semana sea un poquito mejor.

martes, 17 de marzo de 2020

MIS DÍAS DE "CORONAVIRUS": tercer día

Como toda España, me toca quedarme en casa viviendo este confinamiento impuesto por el estado de alerta con el fin de controlar los contagios de este nuevo virus que nos tiene en vilo a toda la humanidad;bueno, a Donald Trump parece que no, y a muchos  ingleses idiotas parece que tampoco.  Y en esto, como en casi todo, hay extremistas para los dos polos. De éstos que parece que con ellos no va la historia, que digo yo que se creerán estar hechos de una materia diferente a la del resto de la humanidad, y, por otro lado, los que se pasan tres pueblos con la histeria y arrasan los supermercados como si no fueran a salir de un bunker en medio siglo. 

Esta situación extraña, anómala, no vivida por ninguno antes, está sacando lo mejor y lo peor del ser humano. Quiero pensar que más lo mejor que lo peor, aunque lo cierto es que sólo estamos al principio de esta cuarentena. me pregunto cómo van a estar los ánimos dentro de unos días. Los que ahora muestran su lado más divertido, ingenioso, constructivo, positivo y solidario, de seguro que notarán cómo pierden fuelle. Yo no soy psicóloga, pero sí sé, por experiencia, que cuando tomas un roll de este tipo, la gente pronto se agarra a ti para aumentar su propio ánimo, y te sientes en la obligación de seguir jugando ese papel en sus vidas. Y te obligas a ti mismo, que seguro que todos comprenderían que no fueras la alegría de la huerta infinitamente, pero nos lo imponemos como si de eso dependiera la vida o la muerte del otro. En fin, repito, no soy psicóloga, pero creo sinceramente que, cuando os llegue el momento de sentiros cansados, angustiados y con ganas de gritar, no reprimáis esas emociones. la cuestión no es obligarse a no sentir miedo, preocupación, impaciencia... la cuestión es reconocer estos sentimientos para poder gestionarlos, para poder pedir ayuda, que también la vais a necesitar. 

Y si cuento con que el más optimista de todos pasará por un bajón, lo que no quiero ni pensar es cómo van a estar los que ya el primer día se están comportando como energúmenos... ¡Miedito me da! 

Por mi parte, desde el sábado que fui por última vez a la academia y que, después de tres días de intentona en el supermercado, pude hacer mi compra semanal habitual, llevo metida en casa sin salir para nada, a excepción de cinco minutos ayer para sacar la basura, más de 48 horas. Y lo llevo bien, la verdad es que no es muy diferente del resto de mis días desde septiembre que empecé de nuevo con la tortura de las oposiciones. Pero claro, ahora falta la salida al trabajo. Llevo tres años cogiendo a diario carretera para trabajar en Marbella y todos los días he deseado no tener que ir a trabajar por quitarme el coche... Ahora viene al caso el dicho ese de "ten cuidado con lo que deseas". Porque lo del coche, ok, pero a mí me gusta mi trabajo y me gusta echar mis ratillos de risa con mis compis de departamento y hasta "pelear" con los niños  (en el buen sentido). Así que, aunque aprovechando el tiempo extra para estudiar con más tranquilidad, me falta, como a todos, mi rutina. Nuestra amada rutina a la que nunca le decimos lo que la queremos, y hasta menospreciamos. 

Ahora, teletrabajo: hoy he teletrabajado desde las cinco y cuarto de la madrugada porque me he desvelado y he dicho, pues venga, a teletrabajar... no sé yo cómo les va a sentar a mis alumnos cuando se levanten hoy y vean todo lo que les he organizado para que ellos también teletrabajen. 

Y, después de teletrabajar un par de horas, ya que tenía en marcha el ordenador, me he puesto a escribir aquí, por entretener un poco al insomnio, que oye, éste no entiende de cuarentenas. Lo bueno de teletrabajar es que tengo un horario flexible..., luego me echaré a dormir y ya estudiaré esta tarde... 

Probablemente, si es que alguno de mis habituales me lee, estará teniendo la sensación de que estas líneas son inconexas, sin una clara intención, o mensaje concreto que transmitir. Es cierto. Me he puesto a escribir sin un objetivo, así que van saliendo ideas de aquí y de allá sin más concierto que el de entretener mi mente reclusa. Así recuerdo que, de adolescente, escribía mis diarios. Eran renglones sueltos en los que mezclaba lo que hacía durante el día con recuerdos o sentimientos que me desbordaban. No escribía ni para mí, solo escribía como respiraba o como las hormonas me dictaban. Era dejar que las letras viajaran solas sin que yo las controlara por cualquier lado de mi cabeza, aleatoriamente, sin seguir ningún patrón. 

Resulta divertido hacerlo. Sonrío. Mi gato está tumbado a mi lado, como suele hacer. Escucho su respiración tranquila y confiada. Lo adoro. No he conocido mayor ternura que la que este bichito me ofrece. ¿Veis? ¡A qué vendrá ahora hablar de mi gato! Bueno... pues, en realidad, sí que los pensamientos que parecen destartalados, finalmente se ordenan. Lo cierto es que he sentido esta infinita gratitud por su compañía porque, en estos momentos, él y mis otras dos gatitas son los únicos seres vivos con los que voy a convivir durante esta clausura y, con toda seguridad, son ellos los que harán que no pierda el norte en más de una ocasión. Ahora que no tengo nadie que me abrace, Mayo se deja abrazar y me devuelve el gesto durmiendo con su carita apoyada en mi mejilla y, a veces, le gusta echar su patita sobre mi cuello y ronronea, ronronea de una manera sanadora. 

Y, sintiendo esto, me pregunto cómo puede haber gente que haya abandonado a sus animales por
miedo al contagio. ¡¡¡Ignorantes y desalmados!!! Hay muchas cosas que veo en la gente que me hace amar aún más a mis animales. Esto me hace recordar algo que todos los años les digo a mis alumnos. Cuando hablo del cambio climático, de sus consecuencias, de la responsabilidad que tenemos los seres humanos sobre el mediambiente... Cuando les explico sobre el Universo y se preocupan al saber que el Sol se agotará destro de 5000  millones de años, pero les parece menos preocupante que ahoguemos los mares en plástico... Siempre les comparo nuestra especie con una plaga. No tenemos depredadores que controlen nuestra población, al menos no de esos que son grandes, que rugen y que vemos... pero la vida se abre camino y la Tierra busca la manera de sobrevivir. Un virus, invisible, más que minúsculo, ni siquiera una célula, es lo único que hace posible que disminuyan las emisiones de dióxido de carbono... No deja de ser curioso. Si supiéramos aprender, aprenderíamos a cambiar nuestras costumbres para no dañar como lo hacemos, porque está claro que capacidad para cambiar nuestros hábitos tenemos, lo estamos viendo. Pero, no creo que esto vaya a ocurrir. La pandemia pasará y nos dejará secuelas, con suerte durante un tiempo tengamos algo más de conciencia, pero, finalmente, volveremos a cometer los mismos errores. Creo que esta es la condena del ser humano. Este virus puede que no sea el único al que debamos hacer frente. La Tierra esconde bajo el hielo amenazas que estamos liberando a fuerza del calentamiento que hemos provocado con nuestra inconsciencia. Habrá, seguro, más virus que vengan a recordarnos que no somos el centro del Universo, y que si desaparecemos, ya está, punto, importará muy poco en ese Espacio infinito.

Ojalá todo lo que ahora está ocurriendo sirviera para sacar nuestra mejor versión de ciudadano, y nuestra mejor versión de ser humano. Ojalá aprendiéramos de esto a  valorar mucho más, no solo nuestra rutina, sino nuestra vida como parte de un todo que es nuestro planeta. No soy muy optimista al respecto, aunque ojalá me equivoque y la conciencia medioambiental que muchos tenemos se imponga sobre la irracionalidad del consumismo que muchos siguen manteniendo y que, por desgracia, sigue imperando.

 Hoy he escrito porque en este álbum de mi vida deberá estar para el recuerdo esta experiencia que nos toca pasar a todos, porque, por desgracia, estamos viviendo un momento histórico, que en unos años se reflejará en los libros de texto. En esos libros de texto también se hablará de las consecuencias económicas que esta epidemia mundial va a acarrear, pero ojalá en esos libros, también se hablara de las consecuencias positivas, de un cambio de conciencia global que desde este momento hizo posible frenar el cambio climático. Ojalá eso fuera lo que esos libros de historia dijeran. No soy muy optimista al respecto, pero bueno..., tal vez, una pequeña esperanza sí que tengo.

No sé si este post será el único en este paréntesis de la normalidad, o será el primero de una serie en el que relate cómo van transcurriendo mis días. La verdad es que, ayer no me apetecía hablar del corona-jodido.virus porque estoy aburrida de desayunar coranavirus, almorzar coronavirus y cenar coronavirus, pero es inevitable. Y también era inevitable, que más tarde o más temprano echara un rato en este barco, que, una vez más, es un refugio de mí misma. Un lugar con el que huir para no perderme. 


martes, 31 de diciembre de 2019

A LAS PUERTAS DE UNA NUEVA DÉCADA

Faltan exactamente  dos horas y media para entrar en el 2020. No me encuentro con muchas ganas de ponerme a reflexionar sobre el pasado año. Como siempre,  han habido cosas buenas y también malas, y como siempre el balance depende de cómo quiera uno tomárselo, así que esta vez, no me apetece poner en balance nada. No, porque lo único que importa es mi deseo de hacer volcar esa balanza hacia la esperanza pase lo que pase. Y sé que lo conseguiré porque este trabajo ya lo tengo conseguido, aunque a veces, ciertamente se me olvide. Lo importante es que el recuerdo viene cada vez con más facilidad a mí para guiarme de nuevo por el sendero que inicié hace un par de años. El sendero del agradecimiento que consiste en no renegar de nada de cuanto ocurre porque todo ocurre por algo que finalmente tiene su razón de ser. El sendero de la confianza en que, precisamente por eso, todo va a ir bien. 

2020 tendrá también sus cosas buenas y sus cosas malas, y todas deberán suceder. Por eso hoy, si algo tuviera que desear será que sepa aceptarlas ambas como regalos de vida. Que no es siempre fácil, pero que a pesar de las,seguro ciertas, rabietas y reproches momentáneos ante las situaciones que no me gusten, en lo más profundo de mí siga albergando esta certeza sobre la aceptación de la que soy consciente cuando me hallo en calma. 

Que no se me olvide respirar. Cerrar los ojos y tomarme un momento para sentir mi paz interna, porque está ahí aunque a veces se rodee de un agitador y ruidoso caos que parece quiera ahogarla. Que siempre tenga a mi alrededor personas que me tiendan la mano cuando no sepa yo sola llegar a ella. Como hasta ahora las ha habido. Que yo misma sirva alguna vez para que otro encuentre la suya. 

El Universo se desenvuelve como debe aunque a veces no lo entendamos. Tal vez no debiéramos preguntarnos tanto esos motivos y sencillamente dejarnos fluir como la energía que realmente somos. Supongo que la materia que nos liga al suelo hace que no siempre lo consigamos. Pero hasta entonces, si algo tengo que desear será que no me castigue a mí misma por ello. La única forma de seguir fluyendo es perdonarnos por errar, o más aún: dejar de pedir perdón, porque no hay culpa en ser humano, solo responsabilidad de aprender a girar cuando el camino se vuelve oscuro.

Esta última noche del año es una noche de paz para mí. No sé cómo explicar cómo me siento en realidad, pero lo cierto es que hace un momento era tan tangible esa paz que he tenido la necesidad de compartirla de alguna manera con estas palabras, pero a penas creo que me podáis entender... ¡me encantaría poder retener esta sensación!

Feliz año a todos...

sábado, 5 de octubre de 2019

LA GRAN ESTAFA

Éste es mi espacio y ésta es mi opinión. Espero que el hecho de usar mi derecho a la libertad de expresión (art. 20 de la Constitución española) no afecte negativamente a alguien a quien amo, porque mi deseo, más bien necesidad, es desahogar la indignación que me produce lo que precisamente le está pasando. Tampoco es que me lea mucha gente. No es éste un blog privado, pero casi... En cualquier caso, no daré nombres, por eso de proteger la intimidad de todos, que mi única intención es que lo que me está comiendo por dentro no lo haga más de lo que ya lo ha hecho. Simplemente voy a contar un cuento...

Erase una vez un chico que se enamora de una chica en su más tierna adolescencia. La chica le convierte en su mejor amigo, se acostumbra a contar con él para todo y tan útil le resulta esa amistad que le niega durante años el derecho a ser otra cosa por miedo a perder eso que tanto valora. El chico, que sigue colado por sus huesos, prefiere ser su apoyo, su hombro, su espalda, vamos una tabla de salvación entera para ella, que no tenerla de ninguna forma, así que acepta durante todos esos años el papel que ella le ha dado en su vida. Tuvo que comerse dos relaciones infructuosas que la chica tuvo con, curiosa la cosa, dos amigos de él.Tanto le llegó a doler que con el segundo intento tuvo que poner tierra de por medio y hasta se alistó en la marina por un tiempo.   Y no voy a entrar en detalles, porque ni en "modo cuento" me atrevería  a relatar ciertos aspectos de la historia, aunque tengan una vital importancia. Pero hay cosas con las que jamás debería jugarse y, aunque ella no parezca tener vergüenza, no es mi caso. Así que perdonadme si me salto unos meses cruciales en los que el chico, que ya había vuelto de su exilio, y que volvía a ocupar su eterno puesto de mejor amigo, estuvo a su lado para todo cuanto ella necesitó. Así fue hasta que, por fin, un día, ella decide que quiere que el chico sea algo más en su vida que ese amigo al que temía perder si le daba la oportunidad de tener una relación amorosa con ella. El chico no está muy conforme con que esa decisión ocurra bajo los efluvios de algunas copas, pero ya está muy cansado de seguir los dictados de su sentido común y se deja llevar sin más. A mi juicio, esos efluvios estaban más que estudiados, no fue un impulso sin más. Sencillamente, en su situación, la chica vio más que conveniente tener a su lado a quien sabía que jamás le fallaría, porque así se lo llevaba demostrando toda su vida. 

Así fue como, tras separarse de su antigua pareja, comienza con el chico, por fin, una historia de amor. No sabían muy bien cómo se lo tomaría la familia de él que, desde siempre habían visto como ella le daba calabazas. Con toda seguridad recelarían de las intenciones de la chica, por eso era mejor tener un cómplice, alguien de la familia que fuera más susceptible de ver con buenos ojos aquel giro en su historia. Y así fue como fui la primera a la que dieron a conocer su reciente relación. La estúpida romántica que yo era por aquel entonces se enamoró del final feliz que por fin el chico daba a su insistente enamoramiento, y se puso al servicio de esa pareja, sobre todo de ella, a la que ayudó en todo, hasta a la hora de que el resto de la familia de él diera la bienvenida al amor que no llegaba libre de cargos...

Al chico le costó también lo suyo creerse su nueva situación, no creáis, pero poco a poco todos fuimos creyendo, pues era evidente su felicidad; eran, como lo habían sido, los mejores amigos, un perfecto equipo a la hora de afrontar los obstáculos que surgían en el camino y, realmente parecía que era así como tenía que haber sido desde el principio...

Mi familia, que puede que recelara un poco al principio, no es más que una gente confiada, que no es capaz de ver la malicia en los demás, que siempre están dispuestos a ayudar; y, de forma natural, superado en primer escalón, integraron la presencia de la chica como parte activa de ese núcleo familiar. Pero hubo una circunstancia que hizo que para mí todo cambiara. Yo, que había sido la avanzadilla para ellos y que había bendecido antes que nadie esa unión, me bajé del autobús de la ceguera muy pronto. Tuve que convivir con ellos durante un tiempo que tampoco merece la pena explicar aquí con detalles, pero que supusieron un antes y un después en mi visión de aquella chica. Es normal que surjan conflictos en una convivencia, pero con ese espíritu de diálogo que caracteriza a los míos, cuando se dieron los primeros problemas traté de resolverlos. Y, como a la pregunta directa que le hice a ella sobre si se consideraba mi amiga o tan solo mi cuñada, ella contestó sin bacilar que yo era su amiga, traté de resolver el conflicto con ella y no a través de él. Hablamos en aquella ocasión de manera razonable, pero el problema se mantuvo y se agravó, con lo cual la segunda conversación tuvo un tono más duro, y como tampoco hubo una respuesta positiva, la tercera ocasión no hubo conversación. Sencillamente había colmado mi paciencia y mi reacción fue de hablar a gritos para quejarme de lo que ocurría. Esto lo presenció el chico, esta tercera y desesperada reacción, lo que condujo a la luctuosa situación de pasar un año y medio sin que él me hablara, porque, a pesar de lo justo que él suele ser, tratándose de ella pierde el norte, o tal vez, nunca fue consciente de las ocasiones previas en las que ella y yo habíamos hablado... No importa... Fue un tiempo muy duro para mí, pero un buen día, todo se arregló, y encima, aún tengo que agradecer a que ella intercediera... 

No, nunca más he creído que sea una buena persona. Y esto me ha traído problemas hasta con mi madre, porque cuando, en más de una ocasión, en alguna conversación nuestra he comentado que es más falsa que una moneda de plástico, he tenido que soportar las reprimendas y la directriz de ser cordial porque es la pareja de mi hermano. 

A todo llegamos a acostumbrarnos. Yo di por perdida la relación que tenía con él previamente y lo asumí en pro de la felicidad que siempre han vendido. Y, bueno, si él era feliz, pues ya está... Y estoy segura de que él era feliz de verdad, porque no hay más feliz que el que vive ciego de amor. Ella no sé, la verdad. Ahora dice que se le ha caído la venda de los ojos, y yo no me lo creo, como no me la he creído desde nuestro desencuentro. Para mí sigue siendo la misma cínica desde aquel día y la creo muy capaz de haber pasado 17 años engañando a todos hasta que, por alguna razón que puedo sospechar pero también me callo por no tener pruebas, ya no le resulta conveniente la relación con el chico. 

Pero lo indignante de esta historia no es nada de lo que he contado hasta ahora. Porque hasta este momento, a parte de mi sufrimiento en aquella época, en lo referente a su historia, no he contado nada raro: eran amigos, luego pareja y luego, a ella se le va el amor, y quiere dejarlo...

El problema no es que deje al chico y que le rompa el corazón. Esto duele, pero son cosas que pasan y, con el tiempo, se superan. El problema es cómo lo está haciendo. En las dos semanas que llevan separados, ella se ha dedicado a sembrar en su entorno la idea de que ha sufrido maltrato por parte de él. Que ella y el hijo que tienen en común han vivido con miedo. Y, lo peor de todo es que mientras ella echa al chico de su casa,  siembra las dudas y se busca un abogado y monta todo su puto teatro, mi hermano aún piensa que es que se está dejando influenciar por los demás, que ella no es así y que si recula, él la perdonaría. A duras penas hemos conseguido que acuda también a un abogado y se prepare para la que nos cae encima. Porque nos cae a todos. Porque en esta familia, a la hora de la verdad, demostramos lo que es el amor verdadero. porque nunca nos ha movido el interés. No es a ella a la que se le ha caído la venda de los ojos, es a él a quien se le tiene que caer de una bendita vez. 

El chico es grande,demasiado,  y cuando ya no tiene paciencia, vocifera, como yo aquella noche, solo que a él se le ve más grande... Y se le puede poner la cara roja de aguantar rabia, pero no es capaz de hacer daño, en ninguno de los sentidos a nadie, y menos a la mujer por y para la que ha vivido desde antes, mucho antes, de que fueran pareja. 

A mí me come el asco que me da lo que está haciendo, despotrico en voz alta y me desahogo cuando hablo con mi madre y con mi hermana, y la estampo contra la pared y la reviento en mil pedazos  cuando trato de expresar cómo me siento. Pero de ahí a que realmente piense en llevar a cabo tales actos va un mundo. Así que. ¿qué?, ¿soy una maltratadora? 

Sacar las cosas de contexto y dejar que la gente piense sin impedir que lleguen a conclusiones falsas es su especialidad. Lo ha hecho siempre. 

Yo no sé cómo van a acabar las cosas, solo sé que a mi hermano le espera un largo camino de espinas y que nosotras, su familia, lo caminaremos con él. Y voy a gastar mis energías en desearle lo mejor a él, no voy a gastar esfuerzos en desearle ningún mal a ella, porque ni eso se merece. Pero, aunque yo no lo vea, espero que la vida la ponga en su sitio algún día, porque hay que ser muy miserable para actuar como lo está haciendo.

También tengo otro deseo que me quema la piel, y éste es en relación a mi sobrino. Espero que, a pesar de ser solo un adolescente, tenga su propio criterio y sepa siempre que su padre lo ama y que sus tías y su "yaya" siempre le van a llevar en su corazón. 


martes, 9 de julio de 2019

MAYO LLEGÓ EL 3 DE JULIO

¡Que nooo! Que no me he vuelo loca. Mayo es el nombre del nuevo miembro de mi familia gatuna. En la noche del 3 de julio, al regresar de una reunión con unos amigos, unos maullidos desesperados tenían asomados a las terrazas a unos cuantos vecinos. Al principio pensé que era el gato de una pareja que parecía estar buscándole en la calle, así que, sencillamente, les deseé interiormente suerte para que recuperar al gatete y seguí con mi coche para aparcar en el garaje. Pero ya e casa, después de un buen rato, los maullidos seguían rompiendo la calma nocturna, así que me asomé a la terraza para curiosear cómo iba la cosa. Entonces me di cuenta de que la pareja a la que creí papás del gato ya se habían ido. Tampoco estaban ya mis demás vecinos asomados, por lo que parecía evidente que el gato no era de nadie y que nadie iba a hacer nada por él. Nadie no... claro... Se me partía el alma con cada gemido con lo que decidí bajar, al menos, pensé, le pondría comida...

Lo vi enseguida. Lo llamé agitando el bol de la comida y, poco a poco le vi acercarse. Sin embargo, si me movía lo más mínimo de mi incómoda posición en cuclillas, volvía rápidamente a a retaguardia, con lo que mi objetivo de alimentarle se estaba complicando. No sé cuánto tiempo estuvimos con ese tira y afloja, pero llegó un momento que di por perdido mi deseo de darle de comer. Le dije como si me pudiera entender que si no se acercaba me tendría que ir, que le dejaba algo de comida en la acera y ya está. Vacié parte del contenido del bol y me levanté para volver a casa. Cuando ya había cruzado la carretera eché un último vistazo y ahí estaba, siguiéndome como un perrito. Ni tocó la comida que dejé en el suelo, solo me seguía... Aunque cuando vio que me daba la vuelta, se quedó parado en medio de la carretera. ¡Ahora sí que la había hecho buena! ¡Hombre, que no te puedes quedar ahí en medio, que te va a pillar un coche!

No me quedó otra que hacer un nuevo intento para que se acercara en mi dirección. Le volví a tentar agitando las bolitas de pienso y esta vez el gatillo corrió sin dudarlo hasta mí, dejándome bastante aliviada de no saberlo en peligro de atropello... Le acerqué la mano para que me oliera y con algo de timidez se fue acercando cada vez más hasta que me tocó con su hociquillo. Y desde ese primer contacto, ya no hubo vuelta atrás. Comió y luego, agradecido, no dejaba de rozarse contra mi mano, buscando que le acariciase. ¿Qué iba a hacer? Pues no había más opción, ya me había seducido: me lo llevé a casa. Ya pensaría después cómo buscarle una familia, pero en la calle no iba a dormir una noche más.

Esa primera noche le acomodé en la terraza, que por más que tuviera ganas de comérmelo a besos, primero tenía que estar segura de que no portara parásitos que pudiera compartir conmigo o con mis chicas. Le puse más comida, agua e improvisé un pequeño arenero hasta la mañana siguiente.

Tiza y Gea, como es natural manifestaron su protesta ante la intrusión con bufidos varios, pero a los pocos minutos, Gea decidió que ya había visto lo que tenía que ver y se retiró a su trono, y Tiza se quedó velando al otro lado de la mosquitera observando al personaje que de repente había irrumpido en su cómoda existencia.

A las diez de la mañana ya estaba yo esperando en la puerta de mi veterinaria para presentarle al bichito y tratarle de pulgas y demás incordios que pudiera portar. Mientras la esperaba en la puerta de la consulta, comencé con la multidifusión para tratar de buscarle un buen hogar.

Fue al día siguiente que una ex-compañera de mi hermana se prendó de Mayo, como le llamé provisionalmente por haber calculado la veterinaria que debió nacer a principios de este mes. La chica contactó conmigo y concertamos una cita a la cual acudió con urgencia pues tenía muchas ganas de tenerle. Ella nunca había tenido mascotas de ningún tipo, así que no paró de hacerme preguntas a las cuales respondí de mil amores, haciendo también que recordara muchas anécdotas sobre Gea y Tiza, así que pasamos unas horas agradabes y tras acompañarle a comprar un trasportín, porque no había venido preparada para el traslado, mi pequeño huésped se fue con la que se suponía que iba a ser su nueva mamá.

Siguiendo mis recomendaciones , la chica dejó todas las ventanas de su casa cerradas antes de irse a trabajar, para evitar encontrarse con la triste circunstancia  de que Mayo (o Buda, como parece que ella quería llamarle) se hubiera marchado a su regreso. Aun así, cuando volvió del trabajo no le encontraba por ningún lado y me llamó desesperada. Le expliqué que si estaba todo cerrado el gato estaría en casa, que lo más probable es que se hubiera escondido y que incluso se hubiera quedado dormido, que lo mejor que podía hacer era relajarse, comer, ver la tele y esperar a que saliese por sí mismo, pero vaya, sabía de sobra que no me haría caso, porque por propia experiencia sé que se pasa muy mal creyendo posible incluso las fugas más inverosímiles. Le dije que si en unas horas no aparecía iría hasta su casa para ayudarle a buscarle, pero la vi tan desesperada que no pasaron esas horas, en una posterior llamada en la que me di cuenta de que no se iba a tranquilizar, me mandó su ubicación y acudí a su casa para tratar de ayudar a encontrarle...

No tengo palabras para describir lo que vi al llegar a esa casa. Era tal el desorden, las bolsas, la ropa, la de huecos atestados de cosas... Yo no veía una casa, veía trampas por todos lados. Pensé que si el gato no salía por su propio pie, sería imposible dar con él. Aunque nada más llegar sabía que estaba allí porque al escuchar mi voz maulló una sola vez. También había dejado una caquita en la ducha, cosa que no me gustó porque los gatos solo dejan de usar su arenero si no les gusta cómo está. Efectivamente, la novata mamá no había seguido mis indicaciones del día anterior así que comprendí la caca de la ducha. Inconscientemente, en mi cabeza no dejaban de sumarse motivos para no estar segura de si había elegido a la persona correcta, pero me dije que tendría que aprender, y eso tiene siempre solución. Eso sí, no dejé de aconsejarle sobre lo que yo haría para evitar más malos ratos como el que estaba pasando, consejos como por ejemplo que cuando se fuera a trabajar le retirase la comida, para que cuando ella volviera, tuviera hambre y acudiera más fácilmente a su llamada en caso de que se hubiera vuelto a esconder, o como que dejarlo todo cerrado no significaba que cerrara los cristales, que con dejar las persianas bajadas era suficiente, en fin, cosas así. En cuando al orden de su casa me corté un pelo en decirle por no ofender, aunque supongo que mi cara de sorpresa al llegar y mi comentario de que aquello era un parque de atracciones  (por no decirle el pasaje del terror), junto con mi expresión facial, que a seguro debía ser de desagrado sin poder ocultarlo, al más puro estilo Antonia Calderón, probablemente la ofendieron. He de decir que no pretendía ofender a nadie y desde luego, no le dije nada ofensivo, por más que mi cara reflejara mi disgusto. Seguimos buscando hasta que le escuché de nuevo y, por fin, lo ubiqué en una habitación. Apartando todos los trastos di con la caja de plástico que le había servido de refugio y al retirarla salió corriendo, casi volando en dirección al salón. Se volvió a esconder tras el mueble del televisor que estaba retirado de la pared, permitiendo que se quedara atrapado en una maraña de cables imposible...

En fin... No voy a seguir dando detalles del caos. En realidad, ya le habíamos encontrado, le saqué de entre los cables y me senté con él para tranquilizarle. Intenté que fuera ella quien hiciera esta operación, porque la casa se puede ordenar, pero a esas alturas necesitaba observar cómo se relacionaban entre sí. Rechazó el ofrecimiento de malas formas, diciéndome que no quería forzar al gato e intenté explicarle que el gato no es una persona, que un poco sí tenía que tratar de acostumbrarle, que lo intentara... 

No sé muy bien que le pasó por la cabeza a a muchacha en ese momento, pero su cara se transformó de manera desagradable y acto seguido comenzó a insultarme, empezando por decirme que yo era una egoísta. Os aseguro que no entendía nada, pero tras inútiles intentos por calmar esa actitud, me quedó muy claro que mi paciencia ya había llegado al límite. Todas las células de mi cerebro, de mi cuerpo entero me decían que tenía que sacar a Mayo de allí y, por si fuera poco, sus maullidos que volvían a ser tan estridentes como la noche que le recogí de la calle, parecían gritarme que no quería quedarse allí. No sé cuantos minutos pasaron en los que seguía escuchando como en un segundo plano los reproches de esa mujer mientras que en mi cabeza me debatía entre tratar de explicarle que lo mejor era que me lo llevase hasta que pusiera orden en esa casa y la adecuara para tener a la criatura o agarrar al gato y llevármelo a las bravas... Me sentía como en las típicas escenas de pelis en las que un individuo tiene  a ambos lados de la cabeza un diablito y un angelio dándole indicaciones encontradas... Finalmente, esta vez, ganó el demonio. Me lo llevé en un arrebato, sin mirar atrás, porque la sabiduría del instinto me dijo que ea mujer no iba a atender a razones y que, tal vez fuera capaz de enzarzarse en una pelea incluso, lo cual no estaba dispuesta a averiguar.

Así es como, tras un viaje en coche de 30 minutos y sin trasportín, Mayo regresó a mi casa, la suya desde ese mismo día, porque aunque por el camino iba pensando que aún tenía la opción de otra persona que parecía haberse interesado por él, al final, fue Tiza la que decidió que se lo quedaba ella.
Fue casi mágico ver que al llegar, Tiza le acogió como si le hubiera estado esperando, como si le hubiera echado de menos las horas que no había estado con él. Llevan cuatro días sin parar de jugar, haciendo croquetas de abrazos y durmiendo el uno junto a la otra de la forma más adorable que jamás he visto, así que, aunque no estaba previsto, aunque mi bolsillo se resienta y aunque parezca que esto es un poco una locura, me quedo con mis tres gatos sintiéndome muy feliz de estar dándoles una buena vida. De hecho, todo esto que ha pasado me ha hecho reflexionar sobre el deseo de tener un animal en casa. Debe ir más allá de la pretensión de recibir cariño por parte del animalito, o incluso más allá de querer dar cariño a un animal. A veces te encuentras que el gato no es cariñoso, como mi Gea, sin embargo, yo la amo desde siempre, cada día más, a pesar de que tan solo en los últimos años se ha mostrado más receptiva a los mimos que siempre quise ofrecerle. Su carácter siempre fue esquivo, pero, aunque no le ha gustado nunca mucho el contacto físico, siempre buscaba dormir a mis pies, eso fue durante años lo más que podía recibir de ella, pero no ha sido motivo para no estar completamente enamorada de ella. Luego llegó Tiza, tan amorosa como trasto, la que se ha cargado mis cortinas recién estrenadas y otras cosas... Y ahora Mayo, capaz de hacerme disfrutar de estas adorables escenas de juegos y siestas compartidas... He caído en la cuenta de que realmente, lo que me apasiona, lo que realmente hace que tenerlos me compense no es solo su compañía y su más o menos cariño explícito, lo que verdaderamente me hace feliz y por lo que sé que siempre habrá un felino en mi vida es que me hace sentir orgullosa saber que le puedo dar y le doy una muy buena vida. Creo que en definitiva, ellos hacen que sienta que soy una buena persona.

Me sentí muy mal por mi forma de llevarme a Mayo de la casa de esa mujer. Nunca sabré a ciencia cierta cómo hubiera reaccionado si le hubiera dicho amablemente, a pesar de sus insultos, que lo mejor para él era que me lo llevara, pero en ese momento seguí mis impulsos y lo hecho, hecho está. No obstante, me hubiera gustado explicarle que antes de decidir tener un animal en casa debería preparar el nido, hacerlo acogedor y adecuado, un sitio seguro y agradable. No vale solo tener el deseo de tener una mascota... Y, por supuesto, tener muy claro que es una responsabilidad para toda la vida. 

¡Aynnnsss! Bueno... Es hora de cenar, para mí y para mis chicas y chico, así que os voy dejando... Es
hora de dejar de mirar la pantalla y deleitarme mirándoles a ellos. Buenas noches.